miércoles, 17 de mayo de 2006

Del triunfo del Barça y la globalización

En efecto, estamos contentos porque el día de hoy el Barcelona queda como campeón de la UEFA Champions League al ganarle 2-1 al Arsenal. En lo personal, creo que el partido pudo ser mucho mejor, para ser la final ninguno de los dos equipos lució como sabe hacerlo; no es que haya tenido mucho chiste ganar así, con mucha emoción y poco futbol, pero bueno, ahí está el merecido resultado.
En fin, el caso no es hablar del partido porque pues ni comentarista soy, el punto es que casualmente me encontré con esto en la red, me pareció muy interesante y pues... helo aquí.


La pelota en la Torre de Babel
Reflexiones que dispara la globalización presente en la Champions

Es curioso, aunque no sorpresivo, lo que ocurrió en las semifinales de la UEFA Champions League: cuatro equipos europeos con jugadores y entrenadores provenientes de 17 países y, en todos los casos, no hubo mayoría de futbolistas del origen del equipo. Es más, el Arsenal, no alineó ni un solo jugador británico. ¿Esta situación es consecuencia directa de la globalización? ¿Es porque cayeron las barreras transnacionales al crearse la Unión Europea? ¿Es porque la apertura hacia los comunitarios dio por tierra con todos los cupos que limitaban la contratación de extranjeros? ¿Es porque el mundo se convirtió en una pequeña gran aldea y ya no se puede hablar de fronteras claras? ¿O es directamente porque la plata de los poderosos los convierte en dueños del mundo, ya que pueden comprar cualquier talento que se les ocurra?

Se podría decir que es un poco de todo, pero esto sería no decir nada. Culpar a todos de cualquier situación injusta es lo mismo que no responsabilizar a nadie.

El mundo (¡oh descubrimiento!) ya no es lo que era antes. Así como se produjeron revoluciones políticas y económicas, la gran revolución de los últimos 30 años estuvo relacionada con las comunicaciones. Desde que entró en funcionamiento el primer satélite para acá, el planeta se ha ido achicando paulatinamente hasta ser lo que es hoy: un pañuelito. Si cae una roca en Afganistán, el ruido se escucha en Nueva York, Buenos Aires o Shangai, siempre y cuando haya alguien que tenga ganas de comunicar la caída de esa piedra.

Esto es interesante en un punto clave para el desarrollo de la humanidad. Ahora, ejercer la censura es más complejo: ya no es tan sencillo limitar el acceso a la información de la gente. Las compuertas de la TV, la radio, los medios y gráficos y fundamentalmente de Internet se abren en todos los sentidos y hacia todos los lugares.

El fútbol no ha podido escapar de esta lógica. La comunicación, el marketing, la necesidad de generar interés que exceda lo que ocurre en el campo de juego, ha movido a las grandes potencias del deporte a invertir sumas exorbitantes con tal de mantenerse en el primer lugar de ranking, más allá de los campeonatos que se puedan conseguir (Ejemplo claro: Real Madrid, un líder sin títulos).

Pero, ¿el poder económico es lo que se impone por sobre el resto de los valores? Hoy, y desde hace 30 años, sí; aunque la cosa tiende a cambiar. Porque el capitalismo es dinámico: de hecho, los clubes sin fines de lucro de antaño mutaron hacia sociedades con claras intenciones de conseguir rentabilidad o la figura de los mecenas (el caso del Chelsea o del Corinthians) es un fenómeno que se agota en sí mismo y que muy pronto será recordado como un eslabón más en la larga cadena de despropósitos que generó el fútbol. ¿Seguiremos viendo equipos multinacionales y multirraciales? Sí. La diferencia estará en que la procedencia de los jugadores ya no estará puesta en primer lugar. Se naturalizará la internacionalidad de los equipos y retrocederá el racismo: ya no interesará tanto el color de la piel sino el de la camiseta. El poderío económico seguirá siendo el rey, salvo que se profundicen algunas grietas que ya está mostrando el sistema actual. Seguirán salvándose unos pocos mientras la gran mayoría de los jugadores realizarán piruetas para conseguir buenos contratos que les permitan llevar adelante vidas dignas. Pero al menos habrá horizontes.

Esta columna puede sonar conformista, o al menos adaptada. Pero en rigor, lo que ocurre es que nadie sabe muy bien (ni el que firma estas líneas) dónde está puesto el acento hoy. Por ejemplo: ¿los globalifóficos son progresistas o son reaccionarios? Porque un mundo sin fronteras fue el sueño de muchos revolucionarios del siglo pasado. Y hoy, que hay movimientos en ese sentido, aparecen grupos que se oponen. Es cierto, la pregunta es quién decide en este asunto de la globalización. Pero también es verdad que las puertas se abren y que, una vez conseguido este paso inicial, nunca se sabe cuántas estarán en condiciones de seguir haciéndolo.

¿Es soñar demasiado pensar en un mundo que, amparado en la globalización, tome impulso hacia una comunidad internacional? ¿Que haya un retroceso del poder del dinero para reinvidicar cuestiones más vinculadas al humanismo? ¿Que se produzca un reacomodamiento ideológico de los diferentes actores sociales? ¿Que se genere un debate más profundo sobre qué capitalismo queremos ahora que el capitalismo es el amo del mundo? ¿O que se avance hacia una nueva conformación política más justa, con menos vanidad y con mayor acento en la calidad de vida que en la generación de recursos?

¿Es soñar demasiado? Puede ser. Pero la historia de la civilización nos indica que los sueños de hoy, bien pueden ser las realidades del mañana.



Mariano Hamilton
Publicado el jueves 20 de abril del 2006

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