jueves, 18 de agosto de 2022

Hay personas

"Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que tú has pasado con ella.
Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla.
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado...
"
El Principito, Antoine de Saint-Exupéry

Hay personas que aparecen en tu vida y se vuelven tus maestros.
Hay quienes pueden enseñarte las lecciones más duras y las experiencias más amargas de formación y crecimiento mediante la envidia, el enojo, el dolor, la insensatez, bloqueando tu camino y complicando tu existencia para ponerte a prueba, para llevarte al límite.
O por el contrario, hay personas que aparecen para enseñarte con sus actos desde la bondad, desde la humildad, desde la entrega, con alegría, con paciencia, con amor.

Ese es mi tipo de personas. Aquellas que más allá de capacitarte con compromiso y responsabilidad, se vuelven maestros en el arte de la vida, dejando de lado espacios, momentos o lugares, cargos laborales, manuales o instructivos y todos esos pretextos, que más bien se tornan contextos, para dar paso a las situaciones más inesperadas, volviéndolas más maravillosas por permitirte seguir sorprendiéndote cuando ya has perdido la fe en la humanidad.

Hay personas que aparecen de la nada cual regalos que la vida te da como diciendo "ten, sí me he estado pasando de lanza últimamente, así que sonríe un poco porque hay más bichitos raros como tú dispuestos a escuchar tus perspectivas", y sí, hay personas a quienes les bastan dos o tres frases para comprender tus desvarios mentales, que pueden entender de lo que hablas y que te hacen sonreir en momentos donde sientes que todo está colapsando, con una simple palmadita que reconforta la esperanza, con una sencilla porrita de ánimo en un "tú puedes, lo estás haciendo bien".

Hay personas que son sonrisa y que son luz. No hablamos aquí ni de tiempos ni de edades, la conexión del intelecto es cuestión de madurez. Algunos le llaman inteligencia emocional, yo pienso que es pura química y buenaondita. En una semana puedes conectar con gente genial de maneras mucho más profundas e interesantes de lo que podrías hacerlo con personas a quienes llevas conociendo toda una vida. Y es que somos de quien nos cuida. Somos de quien nos ve cuando nos sentimos invisibles. Somos de quien nos abraza en esos días grises cuando las cosas no van del todo bien, y es fantástico que la mayoría de esos abrazos (reales y metafóricos) llegan sin siquiera saber la magnitud de lo que ocasionan, o más bien de lo que reparan. De quien quiera animarse a bailar una cumbia de repente, de ahí somos. Tan mágico como adivinar el número que estás pensando, tan espontáneo como un apapacho para el corazón en forma de paletita sabor cereza. Compartiendo los momentos de pequeños éxitos individuales o logros en conjunto, cubriendo tus espaldas en las novedosas y súbitas dificultades, aprovechando cada instante para volverlo una lección.

Más que casualidades, creo en las causalidades; y si bien puedo limitarme a razonarlo como una mera dosis de endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina que llega justo a tiempo, la verdad también es simplemente lindo encontrarse con que hay personas que son seres realmente humanos, que en verdad te salvan en todos los sentidos y de formas inimaginables, entre pláticas y enseñanzas sobre la delicadeza en la preparación de coctelería, canciones de The Beatles, Pixies y Los Bunkers, encontrándonos entre Habermas, Foucault, Beauvoir, el absurdo de Camus, historias de colombianas, el shalalalala lalala de Mr. Jones, y cucharas chiquitas bebés con jugos mixtos de zanahoria y naranja.

Siempre he dicho que el activo más valioso que tenemos es el tiempo. Por eso, cuando alguien nos brinda aunque sea un segundo de su tiempo, debemos valorarlo puesto que nos está regalando algo que prácticamente jamás podrá recuperar. Así que cuando tengamos enfrente a esas personas que se vuelven nuestros maestros, porque sí, hay personas que lo son sin siquiera notarlo, solo queda sentirnos profunda y sinceramente agradecidos con ellos y con la vida misma, pues si bien -citando una muy oportuna frase de Da Vinci- "una obra de arte nunca se termina, solo se abandona", el legado que nos dejan queda tejido para siempre en lo que somos a partir de ellos.
Tan efímero y perenne a la vez, así de mágico, así de real.

lunes, 1 de agosto de 2022

Sobre el sinsentido de vivir

"Aquel que tiene algo por qué vivir es capaz de enfrentar todos los cómos".
Friedrich Nietzsche

Preguntarnos por el sentido de la vida ha sido una constante desde que el mundo es mundo.
Llegando a un punto de quiebre, hoy dudo si vale la pena siquiera hacer esa pregunta para aceptar la respuesta que siempre hemos pretendido evitar: tal vez la vida no tenga un sentido.

¿Por dónde comenzar la búsqueda? ¿Cómo encontrar sentido en un mundo vacío, desastrozo, ilógico e inexplicablemente absurdo?

Nietzsche lo tenía claro: lo que sucede en el mundo es en gran parte resultado del azar. Encima de ello, existe algo que vuelve inútil a nuestra razón: el sufrimiento. Hemos hecho de este un grotesco y cínico lugar plagado de injusticias y crueldad inexplicable. Cuando sufrimos, la existencia se vuelve intolerable, y nos vemos inmersos en la afanosa necesidad de encontrar algún modo de justificar nuestra existencia en este mundo.

En un sistema donde los valores cada vez valen menos y donde ya todo es insignificante precisamente porque a nada le damos un significado, hemos conseguido hacer de esta búsqueda un vil mercado: coachings, videítos motivacionales, libritos de autoayuda vendiéndose como pan caliente, lo que a su vez nos señala la intensidad de los intentos en masa que la humanidad tiene por cubrir el vacío que genera esa profunda e imperiosa necesidad, sin ver que por el contrario, con el objeto de sumergirnos aún más en el engranaje capitalista de comerciar con las emociones, dichos productos no resuelven ninguna búsqueda, sino que surgen solo para enseñarnos a vivir pese a la falta de sentido.
Si la vida es algo insignificante, carece de cualquier otro valor que no sea el que nosotros mismos pretendamos atribuirle. Por eso es que Camus acertó al decir que la vida es básicamente una sucesión de acontecimientos inútiles, vacíos y ausentes de significado, que repetimos cada día por tradición, por costumbre, por inercia.

La vida en sí misma no tiene sentido, lo que ya de por sí es un absurdo.
El mundo no nos debe nada. Es en esta existencia absurda repleta de dolor e incongruencia que nos vemos obligados a explicar esto de una u otra forma.
La existencia en sí es sufrimiento, Schopenhauer lo entendió todo. Pretender racionalizar el sin sentido de la vida es una tarea inútil y eterna. No es ser pesimista, es realismo puro, entendiendo que todo pensamiento tiene sus límites. Al cuestionarnos sobre el origen de las circunstancias, tanto de nuestras alegrías como de nuestras penas, de inmediato llegamos al abismo de aceptar de nuestra ignorancia y una falta de respuestas para las más grandes y trascendentales preguntas.

Aceptar la vida y su falta de sentido solo plantea el reto de asignarle motivos para querer seguir en ella, anhelando hallar cierta belleza en lo absurdo de las causalidades, sobreviviendo estoicos como Viktor Frankl y su profundo análisis existencial tras concluir que vivir es sufrir y sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Contemplar estéticamente las cosas y los hechos del mundo es lo único que nos salva, pues nos brinda un estado de serenidad que aleja los males inherentes al tremendo hecho de vivir.

No nos queda nada más que encontrar consuelo en un baño tibio o un vaso de leche con chocolate, algo así.
En mi caso, yo no creería más que en un Dios que supiera bailar.


*Now playing: "El loco" - Babasónicos