"Y que tu espíritu se eleve en medio de este gran espectáculo universal."
O. Montiel
Here I go again. No me gusta usar la palabra "duelo", pero ahora me corresponde nuevamente vivir un proceso de adaptación emocional debido a una especie de pérdida. En ocasiones, se requiere toda nuestra energía para canalizar de forma prudente aquello que nos causa una pena. Sin embargo, esta vez es complejo, porque sé que me enfrento a una pérdida doble, y tengo prefectamente claro cuál de ambas me duele más.
El asombro de descubrirnos entre comentarios random que nos llevaron de Habermas a Foucault, las lecciones sobre mojitos y tés helados, mi separador hecho a mano, las porritas y el ánimo, su comprensión, su empatía y su paciencia, una mañana de sábado de debate cultural y la sorpresiva casualidad de un encuentro inesperado, los análisis socioculturales, una cata de mezcal que se prolongó por horas entre miradas curiosas ("¿estás incómoda?" "¡no!") hasta el cierre, un mensaje que se quedó en un universo paralelo, las conversaciones filosóficas y las anécdotas sobre historias de nuestro ayer, mis manos frías y el préstamo de "su panza" para calentarlas, la química, las repentinas preguntas curiosas, las paletitas escondidas entre los billetes -que derivaron en un simpático apodo temporal-, la Armanda y el pequeño Harry de Hesse, un fanzine bimestral -y Totopo, el xoloitzcuintle-, la cuestión sobre "ser servicial o diligente", su pregunta acerca de si aceptaría un día ir a su ciudad -"así de compas"-, las notitas en mi libreta de Kitty, o dentro de un libro -con la instrucción de "abrir aquí"-, o que sutil y secretamente me pasaba entrelazando nuestras manos por debajo de la barra, el foamy protector para una esquina puntiaguda, Dostoyevski, Sartre, Fromm, Lewin, Jung, Freud, Gorbachov, Manuel Medrano, mi sueño como un inimaginable presagio, mi chonguito y los leones y las gacelas, el acento español y las cucharitas bebés como testigas de nuestros chistes locales, el análisis grafológico de mi firma, Timothy y el ataque de los nazis, la definición de la palabra 'disidente', esa primera invitación por un Clamato, el posterior mini tour al mural de la calle 2 de Abril y la puesta de sol en el mirador, el perfume con aroma a Capitan Morgan, su interés y opiniones al leer mi tesis, la búsqueda de la mejor pomada para sanar quemaduras, una bici ya no tan necesaria, unos mocos invisibles, un lémur para la lluvia, su risa, DLD y una canción que según yo no es tan popular sonando en el auto mientras cantábamos a todo volumen con rumbo a las marquesitas bajo las lucecillas que alumbraban la noche, su perfil tan perfecto y tan concentrado mientras le veía leer los periódicos por la mañana, el atole de chocolate con el que en los días fríos más que a mis manos le regalaba calor a mí espíritu, esa flor desconocida a la que bautizamos como "la cadenita de Carmen", los sinónimos para responder el crucigrama de alguna revista, la promesa de su futuro en Florencia, la alocada intención de ir al concierto de Arjona, su abracito cada mañana acompañado de un "buenos días", las risillas y comentarios de las chefs en la cocina, su café matutino al ritmo del jazz y sus muy personales y significativas anécdotas compartidas al respecto, los nueve círculos del infierno de Dante, el garrafón que siempre quería ayudarme a cargar sabiendo que yo podía hacerlo, su armónica voz cantando mientras finalizábamos nuestras labores, su vestimenta clásica y su porte, su risa, las mil y un tardes de pláticas acompañadas de perlitas sabor moka o piña colada, un regalo sorpresa para celebrar su "no cumpleaños" 50 días después brindando con una Gringa, su carcajada al descubrir una descripción en mi viejo Blackberry, del cual yo amaba que supiera la contraseña -como amaba que todos supieran cuál era su lugar en mi auto o más aún, darle a ciegas mis llaves para conducirlo-, el intercambio de películas plagadas de mini post-it's, su amplio vocabulario y su caballerosidad al abrirme la puerta o cambiarse de lugar por las banquetas, el manejar sin rumbo por la carretera, su risa, un KitKat derretido, las imágenes campiranas en sus narraciones sobre su lugar de origen, la conexión en el silencio al escuchar mi canción favorita una tarde estacionados en medio de la nada, las raíces entrelazadas de los árboles en aquel parque a punto de cerrar al caer la tarde -mientras planeábamos volver a él en primavera para catar queso y vino en la Feria-, el playlist de regreso -que más que música sonaba a sugerencia, el tic reflejado en su mandíbula al apretar los dientes mientras escucha en silencio, un par de nieves en cono de la Michoacana y la divertida ocurrencia de la almohada azul que aún habita en nuestro bunker -para el que solo nos bastaban las horas de una tarde entera en el estacionamiento de algún supermercado como escondite, a la vista de cualquiera y a la vez como refugio entre toda la gente que pasaba alrededor sin percatarse-, mi primo sugiriéndole que "me quitara lo fresa", una papita extranjera sabor pollo, un amor incomprendido plasmado en un encendedor blanco, su risa, su consideración manifiesta en una exclusiva hamburguesa portobello, sus deliciosos platillos cada lunes y su atención a mi riguroso desayuno cada día, la coincidencia descrita por Macaco, la no planeada instauración oficial de "nuestros viernes" -bautizados así por él-, el sol que le gusta cuando no está, su risa, un capuccino y una bebida sabor "aromatizante Glade campos de lavanda" en una pequeña cafetería bajo un atardecer lluvioso, mi look de muñeca mexicana y él compartiendo el escenario del karaoke antes de nuestro baile durante esa patriótica tarde de drinks en un mesón, un par de esquites y el sol reflejado en mis ojos al atardecer en las bancas del parque sin garzas pero con viejitos bailando danzón, su guitarra, sus letras y su voz desarmándome por completo, una canción que no era tan de mi gusto hasta que la escuché en su voz y nunca más la pude volver a escuchar igual, su manera de escuchar lo que a nadie más le había contado, aquel primer mensaje el día en que la Tierra tembló, su risa, los audios con sus canciones -esas que no he podido ni querido parar de escuchar-, su pregunta sobre "conciencia y moral", la historia de un antecedente narrada sin pedirlo, su desvelada por la reunión a la que no fui aquella lluviosa noche de martes, y el análisis de nuestros animales favoritos la tarde en el jardín junto al río, un poema de María Elena Walsh, lo que yo sabía y escuché por otros y la chela que rechacé al terminar nuestro horario -prefiriendo una solitaria caminata-, el nudito con el crujir de mi estómago al confirmar la realidad después de una confesión no solicitada sobre algo "que no significó nada" -y el escrito compartido que surgió como incómoda catársis en su cuaderno-, Los Claxons sonando de fondo, Adela y sus consejos indiscretos al mencionarme "lo que tiene con su vecina" para "recomendarme mejor a Bob", Don Gilo y sus palabras tan llenas de verdad -una verdad cruda a la que no sé porqué no le di importancia aunque debí-, yo como fan de una entrevista radiofónica, una margarita apresurados en alguna terraza mientras por culpa de Nietzche le abría la puerta hacia algunas de mis letras, una segunda visita a aquel mesón con unos cuantos drinks de más y un par de frustrados oficiales deseosos de comprobar una supuesta falta a la moral, su risa, las obleas de nata, la dona de chocolate y el ojo de buey, sus pasos de baile, el aniversario y el juego de 'verdad o reto' -que para nosotros ya no era tan "reto"-, mi copiloto y el SuperQ luego de la casa de Rosy, el señor Medina y una llanta ponchada, la plática en francés con el canadiense de la 22, los alemanes de la 53 y los holandeses de la 55, la banquita enfrente del teacher, la dieta de los patos ("disculpe, tiene un momento para hablarle de..."), el tono de Mario Bros en momentos de suspenso, los ocasionales, discretos e inesperados microbesitos express en mi mejilla mientras me encontraba de espaldas sumergida en Facturalandia, su risa, el encargo de una misión en la tienda departamental para hacer sonreír a Adri, una bebida en Krispy Cream que jamás había probado, sus ojos y su lunar "en el exacto sitio donde tengo el mío", su sorpresiva pregunta sobre si iría con él a una carne asada en casa de su primo, su simpático "oh, pues" y lo "interesante" que le parece casi todo, su apoyo y esmero en ayudarme a montar la reservación por el cumpleaños de mi madre -y las bromas de Ale sobre la mesa que le asignará en su boda-, las noches de música y drinks riendo y divirtiéndonos con todos para terminar bailando como si no existiera nadie alrededor, su mano en mi pierna adormecida, la casa del Rolis y el compita afirmando que "somos un 24", su cara adormilada y su beso en mi frente, la gran banda sonora de GTA, el nulo remordimiento por desaparecer de nuestras responsabilidades escolares para ir juntos a almorzar con look de rockstars tras una épica noche, el escucharlo decir "nosotros" al tomar mis dedos sobre la mesa, su playera azul y un cepillo de dientes nuevo color verde -como la vida, como la esperanza, ese que ya es mío, que me sugirió dejar ahí "por cualquier cosa" y que según dijo que aún conserva-,las charlas de política, nuestras voces al unísono con Jarabe de Palo en el coche, la impresionante nebulosa de sus pensamientos, las orejitas de mi Halloween outfit, su risa, el amor a su lavadora y un excelente pretexto, los cuentos de García Márquez que me leía esa noche luego de estar juntos oyendo a Calle 13, la declamación de "poesía" urbana con el silogismo de Bad Bunny, los futbolistas "catarinos" [sic], las traducciones al "hungrío" [sic] y los dichos "muy bien dichos" que tanta risa nos daban, los esquites en las escaleras de Bellas Artes, unos pasos de ballet después del sushi, Zoé en vivo y él en mi memoria, las hipótesis, la cómica serenata con un par de alegres cómplices afuera de su reja hasta llegar a él, y con ayuda de sus vecinos descaradamente interrumpir su sueño (tal vez ellos lo sabían aunque quizás él no: sin él esa noche yo no hubiese ido a ninguna parte porque yo solo nado contigo), los tacos de madrugada, un artículo de Greenpeace y algunas oraciones condicionales escritas con una lluvia de plumones de colores, unas apresuradas papitas fritas acompañadas de una jarra de naranjada y la luminiscencia de Holbox, una cita sin plan pero con un abrazo cual si no nos hubiésemos visto en años, la portada del primer álbum de Jumbo y un kilo de palomitas -más dulces que saladas- regadas por todo el coche, su risa, su emoción por la boda de su hermana, todas las pinky promises cumplidas y pendientes por cumplir, los planes sobre Mafalda en un museo de CDMX, sobre cerveza artesanal, sobre la compra de insumos para la pasta y el vino, sobre un 2x1 en malteadas, sobre unas alitas en la ciudad vecina, sobre karaoke, sobre una tarde de pelis, las ocurrencias sobre una alberquita o un jacuzzi ("algo bonito"), sus increíbles ojos y su enorme sensibilidad, Janis Joplin a media luz, mis accesorios descuidadamente olvidados una y otra vez bajo su almohada con la total certeza de que habrían de volver a mí, la sobredosis de Skittles aciditos y sus simpáticas ideas hipocondríacas, su comanda en la guantera, la repentina y fascinante búsqueda de títulos en un puesto de libros en rebaja, su mirada reflexiva y meditabunda mientras veía en silencio a la nada, el estudio de la lírica de los panzones sombrerudos, el "aprovechar las oportunidades", su franqueza al afirmar que no suele ser honesto, mi teoría sobre el Martes del Mal, una cocada y unos huevitos de chocolate, ¿ya mencioné su risa?, los griegos y las constelaciones, sus fuertes brazos sujetándome para elevarme del piso (real y metafóricamente) mientras girábamos en un abrazo, los sillones relajantes que más que relax nos dieron risa, unos nachos y un par de cafés en una tarde lluviosa, el playlist de su celular con la que sin saber sería una canción de letras precisas en el momento preciso para susurrarle frente a frente, una peli en una función que por el horario no vimos, su interés en las historias de mis días como publicista, su mano sujetando la mía afuera de su casa después de una fantástica cena con boneless, nunca se lo diría pero mientras entrelazaba nuestros dedos lo que tejía era una trencita de emociones en mi corazón como hace mucho no vivía, como quizás con nadie había sentido hasta ahora. Una frase que mencionó dos veces y que no alcancé a escuchar bien mientras sostenía su mirada en la mía en el clímax del momento. La felicidad que hubiese sentido si lo que alcancé a entender fuera lo que creo que escuché. Lo que le hubiera respondido. El Mundial. Los "roles". Ortega y Gasset. La complicidad. Todo lo que nos dijimos. Todo lo que no. Todo lo que pudo ser y no fue, por ser la vida como es. Esos pasitos de salsa con los que bailando juntos inauguramos la fría mañana en que nos saludamos el día en el que, después de todo y de tanto, ya no hubo ni siquiera una despedida.
Sus muy esporádicos -aunque mágicamente oportunos- mensajes con palabras que son poesía en mí. Esas palabras que llegan justo cuando no me acompaña nadie más que una lagrimita de nostalgia bajo el cielo y las estrellas que -en efecto- observo sentada desde mi balcón, esas estrellas que menciona como si él supiera lo que estoy haciendo, con esa conexión universal de la que no hablamos mucho pero que está ahí, porque sí, porque hay cosas que no son fáciles de hallar y que inexplicablemente llegan para ocurrirte una vez en la vida, que no vuelven a suceder jamás, y que cada quien decide si dejar ir o no.
Siempre hubo una lista enorme de razones por las que no... aunque siempre las ignoré. Ahora tengo otra lista enorme de razones por las que quisiera presionar Bop It para continuar. Pero al parecer tal vez lo mejor para todos sea que me vaya así, deseando ser olvidada y sin dejar huella para ser fácil de borrar, aunque eternamente agradecida por el hecho de saber que existe, que es real, y que por un momento, existió junto a mí.
He salido de un lugar donde todo el mundo quiere más... mientras yo solo quería un amigo como él.

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