"A la primera persona que me ayude a comprender
pienso entregarle mi tiempo, pienso entregarle mi fe..."
Alejandro Sanz
Ojalá me hubieras conocido varios años atrás.
Dices que te agrado, y yo solo me pregunto qué hubiera sucedido si me hubieras conocido antes de haber estado tan rota y llena de desconfianza. Cuando creía absolutamente todo lo que me decían a la primera, cuando fluir me era más sencillo y no me cuestionaba tanto. Sin duda, convencerme era sencillo porque no tenía ningún tipo de recelo ni dudas, ni mucho menos me limitaba a expresar y demostrar todos mis sentimientos, así, sin temor.
Y sí, innegablemente me desbordaba en actos de amor. Porque en sí, actuar impulsados por amor es fácil, de hecho eso sí lo sigo creyendo.
El amor a la vida, a uno mismo, a nuestros semejantes, a las personas que nos hacen bien, tal vez por eso no me costaba ningún trabajo ser tan libre y abierta a decir, demostrar y dar todo, absolutamente todo, de mí. Cero arrepentimientos: uno da lo que tiene, lo que le nace, lo que es, y yo sí fui muy feliz compartiendo mi corazón, mis sonrisas, mis palabras llenas de cariño, mi confianza, mi tiempo. Entonces pienso que quizás te hubiera volado la cabeza conocer esa versión de mí.
Pero la vida sucede. Las experiencias nos enseñan y las lecciones se repiten hasta que se aprenden. El paso del tiempo te enseña que todos los pozos tienen un fondo, y que por más que uno quiera, si el pozo ha brindado agua hasta secarse, es irreal pedirle que siga dando más, al menos no hasta que se llene de vuelta. Y aunque a mí me gusta mucho aprender, pienso que me hubiera dolido menos aprender ciertas lecciones si mis actos hubiesen sido distintos, lo cual es un pensamiento absurdo, lo sé, porque si algo hubiese sido diferente, entonces no sabría todo lo que sé ahora, y tampoco sería la persona que soy hoy.
Y hoy, estoy aquí. Y hoy, estás aquí.
Así las cosas, mientras que en su Último vals Sabina enuncia algo que resuena en mí: "Yo que soy el cinturón negro en pesimismo.. que prefiero ser don nadie a ser Don Juan...", mientras soy solo esa chica escéptica que busca pasar desapercibida, que no le da su nombre a desconocidos, que no es de maquillarse tanto ni mucho menos salir en fotos, llegas tú, rompes con todo lo que yo tengo como normas personales desde hace años, y pintas mis días de colores que parecen ser fabulosos. Entonces (¡y aprovechando las fechas!), yo solo quisiera pedirle al querido Santa tener esa certeza -que bien sé que nadie puede tener- para asegurarme de que esos colores no se van a desvanecer, o al menos, que realmente estás consciente de lo que estás coloreando, y que realmente quieres hacerlo, sin ningún truco, sin ninguna intención oculta, sin ganas de andar destruyendo gente por ahí.
Lo mejor: la alegría de ir paso a paso para comprobar que eres diferente. Porque si así fuera, podrías descubrir que sí, sí puedo ser la mejor de las personas para tener a tu lado. La porrista, la escudera, el paraguas bajo la lluvia, la enfermera, y el simpático dolorcito en el abdomen después de una buena dosis de carcajadas. La mejor amiga, el mejor equipo. Lo digo así porque lo he sido, porque disfruto serlo, e incluso porque a veces me pregunto (y me entusiasmo imaginando) que si he sido capaz de amar tanto así a las personas incorrectas, ¡cuánto más amor podré dar a la persona adecuada para mí! Sí, tal vez yo ya no soy esa niñita romántica, ni "cursi", ni nada de esos clichés, pero sí soy alguien dispuesta a ser recíproca. Alguien que ama de forma mucho más sabia, más madura, más prudente. Alguien que distingue que las palabras solo se respaldan si vienen con hechos. Alguien que sabe perfectamente lo que quiere, lo que no, lo que acepta, lo que no, lo que permite, lo que no, y sobre todo, lo que vale, y que ya no tiene interés de estar con nadie que no comparta ese mismo valor. Antes, solo pedía que pisaran con cuidado puesto que bajo sus pies estaban mis sueños. Hoy, el pozo se ha vuelto a llenar, lo he llenado yo misma con todo el amor reservado para mí y para quien lo amerite (y lo quiera sinceramente), y mis sueños nunca más van a estar bajo los pies de nadie, sino en mis propias manos, mientras llegue alguien que quiera tomarlas para compartirlos y construirlos juntos. Ojalá se comprenda que en muchas ocasiones, los filtros en mis comentarios no son mera "penosidad", sino los límites seguros de mi instinto de conservación. Porque he visto la película ya un par de veces, y sé cómo ha concluido. La fe te hace ilusionarte, y yo estoy cansada de desilusionarme. Por eso leo entre líneas cuestionándolo todo... con la expectativa (¿y hasta esperanza?) de que hoy el guión pueda ser distinto.
Sin embargo, con todo y el "cobardismo" en que la situación se desenvuelve, ahora me reconozco como alguien valiente, y no por falta de miedo, sino porque actúo a pesar de él, y también porque entiendo que sobrepensar aniquila lo inexplicable. Si busco explicaciones lógicas a todo es porque quiero tener claros los 14 millones de escenarios de los que puedo estar rodeada, y bien sé que eso me hace sentir serena y preparada... aunque también pueda estar acabando con todo lo mágico de las coincidencias, sorpresas y casualidades, y definitivamente no es lo que pretendo. Porque eso, justo todo eso bonito, es lo que nos merecemos. Así que aquí estoy, observando con cautela mientras fluyo de la mejor forma que lo sé hacer ante lo novedoso e inesperado, con los pies muy bien plantados en el suelo de la realidad, pero con la vista observando las estrellas del firmamento que me cobija. Así, hoy tengo claro que nadie tiene porqué pagar los platos que alguien más rompió. Es más, ya los he reparado yo solita. Es por eso que hoy, siguiendo dicha analogía, me basta con esperar que quien deseé estar conmigo, al menos entienda que tengo razones para manejar con suma precaución esa vajilla. Porque aunque no lo haya dicho -y tal vez no me anime a decir tan pronto-, sí tengo ganas de reírme con alguien sobre nuestros chistes locales, alguien con quien admirarnos mutuamente, alguien que sí quiera tomar mi mano y lo haga con orgullo. Alguien que quiera bailar conmigo aunque diga que no sabe bailar, y que diga "sí" aunque no sepa para qué le pedí traer unas calcetas y su CURP. Alguien que me sorprenda, en todos los sentidos, alguien que preste atención a nuestras pláticas y recuerde los detalles importantes, alguien que disfrute saludarme cada mañana y ser escuchado cada noche. Alguien que, aunque diga no prestarle atención a las letras, sí ponga atención a los mensajes en las canciones. Alguien que se emocione tanto como yo al vernos y que no tenga ningún conflicto con mis hábitos de consumo (y que por el contrario, comprenda mi ideología y la respete sin juzgarme), alguien que no tema mostrarse en un mundo con discursos sobre una pseudo 'masculinidad frágil' (y todos esos estudios de género iniciados por Carrigan, Connell y Lee, 1985) y por el contrario, me parezca el más varonil, atractivo y caballeroso del universo al cubrirme del frío, abrirme la puerta del auto, o la silla al llegar a un restaurante. No porque dude que yo pueda hacerlo, sino como un mero gesto de aprecio, respeto y cuidado que venga sin esperarlo o pedirlo, sino de su voluntad.
Así como yo respeto el ajeno, valoro tanto mi espacio personal y mi tiempo a solas que solo me permito estar acompañada de quienes me ofrezcan una verdadera compañía. Porque la soledad más dolorosa no es la ausencia de alguien, sino la presencia de alguien que te haga sentir sola por no aportar una conexión sincera. En este punto de mi vida, yo no espero coincidir con alguien perfecto, sino con alguien real. Alguien que tenga virtudes, sí, pero también que esté lleno de defectos, siempre que esté dispuesto a trabajar en ellos. Todos cargamos equipaje en este viaje llamado vida, por eso solo espero que sus fantasmas puedan convivir con los míos. Porque es muy fácil aceptar lo agradable, lo estético, lo armónico. Lo interesante es caminar las altas y bajas, los pros y los contras, la "pasta de dientes apachurrada" o "la toalla en el piso", por mencionar lo menos. A mi mentalidad administrativa le resulta inevitable diagramar un FODA, un análisis estadístico, un plan de contingencia: distancias, horarios, cansancio, rutina, humor, gustos, hobbies. Todo eso que nos hace experiencias individuales completas pretendiendo compartirse. Por eso considero tan importante estar con alguien que entienda que lo que se rompe no siempre se tiene que desechar si es que se puede reparar primero. Que ante cada obstáculo también vea una oportunidad de mejora y que esté convencido de que todo sacrificio realmente vale no solo la pena, sino la vida. Que un puente se construye por ambos lados. Que siempre tengamos claro el porqué decidimos iniciar un plural. Que somos oportunidades de una sola vez en la vida, y que si tengo estándares altos, es porque sé perfectamente lo que yo también soy capaz de dar. Mutuo, sano, verdadero. Que tenga ganas de hacerlo suceder. Eso, simplemente: que tenga ganas.
Así como mi alma vintage sigue ilusionada añorando merch de los Red Skins -sabiendo que hoy eso es un reto-, pues qué le hacemos, cada día corrboro más que, en definitiva, a mí me gusta todo lo que no es fácil de hallar. Lo único, lo distinto, lo que no cualquiera tiene. Como las lantanas o las margaritas en un mundo donde predominan las rosas. Así, mientras me debato entre las ideas de Nietzsche afirmando que el amor es un sufrimiento que debería ser intentado, o el pensamiento aristotélico sobre el amor como la voluntad de querer para alguien lo que se piensa que es bueno, esta noche le creo a Erich Fromm y confirmo que tal vez simplemente el amar a alguien solo sea una decisión, una elección diaria, una práctica activa y consciente de nuestra libertad, sin ningún otro fin ni propósito que hacerle saber al otro cuánto valoramos el simple hecho de su existencia, para así hacernos mutuamente la vida más bonita. Y digo más bonita en forma colectiva, porque la vida es tan bonita como uno trabaje por lograrla, aunque qué mejor que hacerlo en compañía... si se tiene la fortuna de coincidir con la correcta, y por eso es que yo no quiero perder mi tiempo.
Pensándolo bien, qué bueno que no me conociste antes; es más, estoy orgullosa de que nos conociéramos hasta ahora, porque esa luz que aún no he irradiado al máximo sigue ahí, intacta, y tú pareces ya haberla empezado a descubrir. Si te agrada lo que has visto, y lo que has visto es apenas nada, es muy probable que te agrade aún más todo lo que aún no has visto. No sé, a veces pienso que todo lo vivido nos va preparando para los momentos precisos, para evolucionar hasta que estemos listos. El timing es una cosa realmente misteriosa, y elijo no perder la capacidad de asombro para creer que sí, probablemente cada paso que vamos dando nos lleva indudablemente al camino que merecemos recorrer. ¿Seremos tan inteligentes como para descifrarlo? ¿Seremos tan honestos para mantener real una emoción inicial y transformarla en un sentimiento durardero? ¿Seremos tan valientes como para avanzar hacia la vida y las aventuras que nos depare? Tampoco lo sé. Pero tengo en mi mano el boleto para despegar, ese que tengo guardado hace tiempo, listo para compartirlo con el mejor de los compañeros de viaje; y teniendo muy claro que es demasiado hipotético hablar en tiempo futuro, puedo estar tranquila sabiendo que lo único que tenemos es este momento, eso sí, con la idea de trabajar para que venga otro momento más, y otro más. Así que si hoy llegara alguien con la paciencia del mar que pueda demostrarme que estoy equivocada al dudar de todo, al cuestionarme las intenciones de los otros, al limitar mis muestras de afecto y exagerar en precauciones, entonces tal vez sí, 600 fotos serán solo el inicio, y probablemente muy pocas para atesorar cada momento de los 50 años que puedan venir... y de una temporada navideña bastante oportuna para grabarse en mi memoria.
*Now playing: "La promesa" - Melendi
Así sueñan las princesas...
¿y qué si la Luna es de queso?
domingo, 14 de diciembre de 2025
lunes, 4 de noviembre de 2024
Sugerencia
"Lo sé. Soy imposible de olvidar, pero difícil de recordar."
Claire Colburn, Elizabethtown.
Si te gusta lo que ves, imagina todo lo que aún no has visto.
Porque no soy todo lo que ves... pero tampoco ves todo lo que soy.
Y no voy a pedirte que te intereses por alguien que hasta ahora no te ha interesado lo suficiente. No es mi estilo.
Sin embargo, puedo sugerirte que, si lo haces, te enamores de una mujer de verdad. No te diré que busques a una mujer que lee, porque seguramente ya alguien te lo sugirió por mí, y su cultura y sed por la sabiduría es una opción que podrías elegir o no. Pero fíjate en aquella que te escuche, o que quiera hacerlo, porque te estará dando algo sumamente valioso e imposible de recuperar: su tiempo. Enamórate de una mujer que busque formas en las nubes, indica que es creativa y siempre te sorprenderá. Enamórate de una mujer que sea lo suficientemente valiente para aceptar que tiene miedo, pero que siempre actúe a pesar de él. Una mujer de verdad no mata hormiguitas sólo porque puede, enamórate de la que toma a la hormiguita en la uña y la devuelve a su filita. Eso significa que conoce la bondad y es capaz de empatizar con los que no tienen las mismas herramientas que ella, suma perfecta entre poder y humildad.
Enamórate de una mujer que no disimule ni esconda lo inteligente que es. Las que se hacen pasar por tontas son mucho más peligrosas que las que asumen con orgullo lo inteligentes que son. Además, ¿por qué quisieras estar con una mujer que se subestima para "atrapar" a un hombre? Enamórate de una mujer que sea abrazable, adorable, querible y cogible. Todas son importantes. Una mujer de verdad no se maquilla mucho. Es honesta y segura. El físico es efímero y se acaba, la esencia permanece y evoluciona. Además, las que se maquillan mucho envejecen más rápido. Enamórate de una mujer que comprenda la ideología de Mafalda antes que los estereotipos de Barbie. Porque no basta con ser bonita: hay que saberlo ser.
Enamórate de una mujer a quien le guste comer. La vida es más divertida comiendo pizza que atún. Enamórate de una mujer a quien le guste la música. No importa que no sea la misma que te guste a ti, porque tú no sabes en cuántas canciones será capaz de encontrarte. Si ella canta contigo (o por ti, o para ti), ya ganaste. La música puede unirlos cuando se alejen, curarlos cuando se enfermen y salvarlos cuando se pierdan. Enamórate de una mujer que disfrute cocinar, aunque no le guste lavar platos -pero que tenga dinero como para comprar un lavaplatos-. Muy importante.
Enamórate de una mujer que esté más preocupada por los ceros en sus cuentas que en las tuyas. Enamórate de una mujer que te dé el espacio que te permita extrañarle, que te extrañe, que te lo deje saber, y que aún así no exija nada que tú no quieras dar. Enamórate de una mujer que te quiera porque la haces reír y no porque le compras cosas; las mujeres de verdad pueden pagarse sus gustos y necesidades. Observa sus ojos, y enamórate de una mujer que respire profundo para calmarse cuando te ve. Enamórate de una mujer que no pueda esconder nada, de las miradas que la delaten y que te digan lo que necesitas saber. Enamórate de ella porque le brillan los ojos cuando te ve. Eso significa que está enamorada de ti.
Enamórate de una mujer que hable bastante, para que tú no tengas que hacerlo. Ella será sincera y real; la parte fácil es tuya: asiente y sonríe como si tuvieras idea de lo que está hablando. Enamórate de una mujer que sepa escuchar y que te escuche con atención, porque anotará en su memoria cada cosa que sea relevante para ti. Una mujer de verdad puede leerte sin palabras, enámorate de la que te haga pensar y que pueda hacerte sentir culpable y genuinamente arrepentido de vez en cuando. Que tenga ese poder sobre ti es el mejor antídoto contra la soberbia y el orgullo. Enamórate de una mujer que no sepa planchar, para que no pierdan ni un solo momento juntos. Enamórate de una mujer que sepa escribir “mensajitos” de amor. Los “mensajitos” reviven la emoción, y algunos hasta... pueden hacer que fluya un repentino bombazo de sangre a tu... ...corazón.
Enamórate de una mujer a quien le guste bailar, y que disfrute hacerlo como si nadie la estuviese viendo. Recuerda que bailar es la expresión vertical de un deseo horizontal. Si ella quiere bailar contigo, te lo estará diciendo todo. Enamórate de una mujer que piense en otras cosas, que haga otras cosas y que incluso piense en otras personas diferentes a ti. Enamórate de una mujer con hobbies, con intereses, con pasiones, con una vida propia. Que no seas sólo tú, para que no te asfixie. Enamórate de una mujer que sepa que el amor tiene que ser libre. El amor obligatorio sólo le hace daño a los involucrados. El amor obligatorio simplemente no es amor.
Enamórate de una mujer que no pida nada. Las mujeres de verdad no necesitan hacerlo, porque saben lo que valen y no aceptan menos de lo que merecen, lo que te pone a ti en un nivel de altura: alégrate si crees que pretende demasiado, porque eso sólo significa que sabe que tú lo puedes dar. Una mujer independiente no tendrá razones para causarte molestias y si bien puede defenderse, lo único que pedirá es sentirse segura y protegida a tu lado. Así, te necesitará tanto como tú la necesitarás a ella. Recuerda que si ella es increíble, no será tan fácil. Si ella vale la pena no te rendirás, y si te rindes no eres digno de ella. Aprende a valorar sus pequeños grandes actos, porque en cada cosa que hace te estará entregando una parte de su alma. Enamórate aún más si no se acompleja por los juicios ajenos, porque se mantendrá siempre íntegra y leal a lo que ella es. Enamórate de una mujer que ya haya sido rota, porque aun cuando ella ya haya sabido repararse, será capaz de amarte con cada uno de sus pedacitos.
Enamórate de una mujer que nunca deje de aprender, y así ella sabrá sorprenderte en cada vez. Disfruta a una mujer con sus propios misterios. Te deleitarás desenvolviendo cada uno de ellos. Si haces lo que nunca has hecho, verás lo que nunca has visto. Sedúcela con tu inteligencia, desvístele el corazón, porque así la ropa se caerá sola. Una mujer de verdad es capaz de cambiar una llanta o usar un taladro, aún con manicure francés o vistiendo lencería fina bajo sus prendas. Prefiere a una mujer con momentos de locura y no a una muy cuerda, porque la locura es libertad... ¡y las cuerdas atan! Una mujer que sepa reírse de sus defectos, aún cuando siempre busque trabajar en ellos. Una mujer así es admirable, interesante, precisa, impredecible, con una gran historia y una portada atractiva, pero un contenido inolvidable. Enamórate de una mujer que ame y deje amar. Que sea y que deje ser.
Enamórate de mí, o de alguien como yo, para que no me duela tanto.
*Now playing: "Ojalá que sí" - Ale Zeguer
Claire Colburn, Elizabethtown.
Si te gusta lo que ves, imagina todo lo que aún no has visto.
Porque no soy todo lo que ves... pero tampoco ves todo lo que soy.
Y no voy a pedirte que te intereses por alguien que hasta ahora no te ha interesado lo suficiente. No es mi estilo.
Sin embargo, puedo sugerirte que, si lo haces, te enamores de una mujer de verdad. No te diré que busques a una mujer que lee, porque seguramente ya alguien te lo sugirió por mí, y su cultura y sed por la sabiduría es una opción que podrías elegir o no. Pero fíjate en aquella que te escuche, o que quiera hacerlo, porque te estará dando algo sumamente valioso e imposible de recuperar: su tiempo. Enamórate de una mujer que busque formas en las nubes, indica que es creativa y siempre te sorprenderá. Enamórate de una mujer que sea lo suficientemente valiente para aceptar que tiene miedo, pero que siempre actúe a pesar de él. Una mujer de verdad no mata hormiguitas sólo porque puede, enamórate de la que toma a la hormiguita en la uña y la devuelve a su filita. Eso significa que conoce la bondad y es capaz de empatizar con los que no tienen las mismas herramientas que ella, suma perfecta entre poder y humildad.
Enamórate de una mujer que no disimule ni esconda lo inteligente que es. Las que se hacen pasar por tontas son mucho más peligrosas que las que asumen con orgullo lo inteligentes que son. Además, ¿por qué quisieras estar con una mujer que se subestima para "atrapar" a un hombre? Enamórate de una mujer que sea abrazable, adorable, querible y cogible. Todas son importantes. Una mujer de verdad no se maquilla mucho. Es honesta y segura. El físico es efímero y se acaba, la esencia permanece y evoluciona. Además, las que se maquillan mucho envejecen más rápido. Enamórate de una mujer que comprenda la ideología de Mafalda antes que los estereotipos de Barbie. Porque no basta con ser bonita: hay que saberlo ser.
Enamórate de una mujer a quien le guste comer. La vida es más divertida comiendo pizza que atún. Enamórate de una mujer a quien le guste la música. No importa que no sea la misma que te guste a ti, porque tú no sabes en cuántas canciones será capaz de encontrarte. Si ella canta contigo (o por ti, o para ti), ya ganaste. La música puede unirlos cuando se alejen, curarlos cuando se enfermen y salvarlos cuando se pierdan. Enamórate de una mujer que disfrute cocinar, aunque no le guste lavar platos -pero que tenga dinero como para comprar un lavaplatos-. Muy importante.
Enamórate de una mujer que esté más preocupada por los ceros en sus cuentas que en las tuyas. Enamórate de una mujer que te dé el espacio que te permita extrañarle, que te extrañe, que te lo deje saber, y que aún así no exija nada que tú no quieras dar. Enamórate de una mujer que te quiera porque la haces reír y no porque le compras cosas; las mujeres de verdad pueden pagarse sus gustos y necesidades. Observa sus ojos, y enamórate de una mujer que respire profundo para calmarse cuando te ve. Enamórate de una mujer que no pueda esconder nada, de las miradas que la delaten y que te digan lo que necesitas saber. Enamórate de ella porque le brillan los ojos cuando te ve. Eso significa que está enamorada de ti.
Enamórate de una mujer que hable bastante, para que tú no tengas que hacerlo. Ella será sincera y real; la parte fácil es tuya: asiente y sonríe como si tuvieras idea de lo que está hablando. Enamórate de una mujer que sepa escuchar y que te escuche con atención, porque anotará en su memoria cada cosa que sea relevante para ti. Una mujer de verdad puede leerte sin palabras, enámorate de la que te haga pensar y que pueda hacerte sentir culpable y genuinamente arrepentido de vez en cuando. Que tenga ese poder sobre ti es el mejor antídoto contra la soberbia y el orgullo. Enamórate de una mujer que no sepa planchar, para que no pierdan ni un solo momento juntos. Enamórate de una mujer que sepa escribir “mensajitos” de amor. Los “mensajitos” reviven la emoción, y algunos hasta... pueden hacer que fluya un repentino bombazo de sangre a tu... ...corazón.
Enamórate de una mujer a quien le guste bailar, y que disfrute hacerlo como si nadie la estuviese viendo. Recuerda que bailar es la expresión vertical de un deseo horizontal. Si ella quiere bailar contigo, te lo estará diciendo todo. Enamórate de una mujer que piense en otras cosas, que haga otras cosas y que incluso piense en otras personas diferentes a ti. Enamórate de una mujer con hobbies, con intereses, con pasiones, con una vida propia. Que no seas sólo tú, para que no te asfixie. Enamórate de una mujer que sepa que el amor tiene que ser libre. El amor obligatorio sólo le hace daño a los involucrados. El amor obligatorio simplemente no es amor.
Enamórate de una mujer que no pida nada. Las mujeres de verdad no necesitan hacerlo, porque saben lo que valen y no aceptan menos de lo que merecen, lo que te pone a ti en un nivel de altura: alégrate si crees que pretende demasiado, porque eso sólo significa que sabe que tú lo puedes dar. Una mujer independiente no tendrá razones para causarte molestias y si bien puede defenderse, lo único que pedirá es sentirse segura y protegida a tu lado. Así, te necesitará tanto como tú la necesitarás a ella. Recuerda que si ella es increíble, no será tan fácil. Si ella vale la pena no te rendirás, y si te rindes no eres digno de ella. Aprende a valorar sus pequeños grandes actos, porque en cada cosa que hace te estará entregando una parte de su alma. Enamórate aún más si no se acompleja por los juicios ajenos, porque se mantendrá siempre íntegra y leal a lo que ella es. Enamórate de una mujer que ya haya sido rota, porque aun cuando ella ya haya sabido repararse, será capaz de amarte con cada uno de sus pedacitos.
Enamórate de una mujer que nunca deje de aprender, y así ella sabrá sorprenderte en cada vez. Disfruta a una mujer con sus propios misterios. Te deleitarás desenvolviendo cada uno de ellos. Si haces lo que nunca has hecho, verás lo que nunca has visto. Sedúcela con tu inteligencia, desvístele el corazón, porque así la ropa se caerá sola. Una mujer de verdad es capaz de cambiar una llanta o usar un taladro, aún con manicure francés o vistiendo lencería fina bajo sus prendas. Prefiere a una mujer con momentos de locura y no a una muy cuerda, porque la locura es libertad... ¡y las cuerdas atan! Una mujer que sepa reírse de sus defectos, aún cuando siempre busque trabajar en ellos. Una mujer así es admirable, interesante, precisa, impredecible, con una gran historia y una portada atractiva, pero un contenido inolvidable. Enamórate de una mujer que ame y deje amar. Que sea y que deje ser.
Enamórate de mí, o de alguien como yo, para que no me duela tanto.
*Now playing: "Ojalá que sí" - Ale Zeguer
miércoles, 2 de octubre de 2024
Kit Kat
"Yo no sé cuan efímero es tu error, ya te perdoné...
adelanté las agujas del reloj, la lágrima secó...".
(Día especial, Shakira)
Sí, sigue siendo mi favorito.
Más que el chocolate, el simple hecho de que lo recuerdes.
Ahí, en ese que aunque ya no es nuestro lugar, sigue siendo el spot de referencia, bajo el sol que nos gusta cuando no está, entre un soundtrack patrocinado por cualquier tía con las joyas de ayer y hoy. Descubriendo que siempre sí habían garzas, re-conociendo sin pena, sin miedo, sin incomodidad. Cuando no se tiene nada, no hay nada qué perder. Y aunque sí es posible crear nuevos, no se puede vivir únicamente de recuerdos.
Si "idealizaste", tal vez la disculpa entonces te la deba yo, puesto que yo jamás me voy a arrepentir de absolutamente nada. Disculpa que yo sí haya creído todo aquello que parecía real. Solo la ilusión trae desilusión...
Si "actuaste de maneras poco sabias", si "ahora somos más maduros", si "a pesar de los años se siente como si hubiera sido ayer".
Si Momo, Bukowsky, El Principito o Dostoievsky. Si Foucault y el mito de la nave de los locos.
Si "mi inconfundible perfume se percibe desde que llego" o si el señor Medina es "un santuario".
Si "ambos queríamos extender los minutos". Eso no lo sé.
Pero si así debía de ser, que sea. Y si no vuelve a ser, lo demás te lo regalo, yo con eso me quedo.
Porque me gustabas mucho más que el aguacate.
Pero entendí que si aún [me] dolía, es porque [para mí] sí fue significativo. Es tan solo que a veces las conexiones terminan antes de que estemos listos para dejarlas ir.
Gracias por pretender darle un mejor cierre a esto, aún si estaba más que cerrado. El dos de octubre no se olvida, dicen. Aunque yo espero que este sí.
*Now playing: "Pausa" - Andrés Obregón
adelanté las agujas del reloj, la lágrima secó...".
(Día especial, Shakira)
Sí, sigue siendo mi favorito.
Más que el chocolate, el simple hecho de que lo recuerdes.
Ahí, en ese que aunque ya no es nuestro lugar, sigue siendo el spot de referencia, bajo el sol que nos gusta cuando no está, entre un soundtrack patrocinado por cualquier tía con las joyas de ayer y hoy. Descubriendo que siempre sí habían garzas, re-conociendo sin pena, sin miedo, sin incomodidad. Cuando no se tiene nada, no hay nada qué perder. Y aunque sí es posible crear nuevos, no se puede vivir únicamente de recuerdos.
Si "idealizaste", tal vez la disculpa entonces te la deba yo, puesto que yo jamás me voy a arrepentir de absolutamente nada. Disculpa que yo sí haya creído todo aquello que parecía real. Solo la ilusión trae desilusión...
Si "actuaste de maneras poco sabias", si "ahora somos más maduros", si "a pesar de los años se siente como si hubiera sido ayer".
Si Momo, Bukowsky, El Principito o Dostoievsky. Si Foucault y el mito de la nave de los locos.
Si "mi inconfundible perfume se percibe desde que llego" o si el señor Medina es "un santuario".
Si "ambos queríamos extender los minutos". Eso no lo sé.
Pero si así debía de ser, que sea. Y si no vuelve a ser, lo demás te lo regalo, yo con eso me quedo.
Porque me gustabas mucho más que el aguacate.
Pero entendí que si aún [me] dolía, es porque [para mí] sí fue significativo. Es tan solo que a veces las conexiones terminan antes de que estemos listos para dejarlas ir.
Gracias por pretender darle un mejor cierre a esto, aún si estaba más que cerrado. El dos de octubre no se olvida, dicen. Aunque yo espero que este sí.
*Now playing: "Pausa" - Andrés Obregón
miércoles, 10 de julio de 2024
El Gamborimbo mayor
Este es un texto más, ni el mejor ni muy diferente, entre varios que aparecen hoy entre mis conocidos. Tal vez no será muy meloso, ni cursi, ni lleno de halagos que suelen abundar hasta que alguien parte, siendo ya algo tarde a mi parecer. Lo que sí sé es que estas, como todas mis palabras, están llenas de honestidad, de historia, y más que elogios, de profundo reconocimiento.
Lo conocí muy chica, hasta sin saberlo. Eran días en los que mi yo prepratoriana tenía fascinación por hacer sus tareitas muy bien hechecitas, herencia de la miss Consuelo, maestra de Español que me inspiró en secundaria. Esa inspiración no solo no se fue, sino que en las ya mencionadas tareas iniciales de la prepa se sumaron a un espíritu investigador, por lo que surgió un monstruo ñoñil que buscaba lecturas por doquier. Entonces fue que una tía, quien ni siquiera vivía en mi ciudad, me recomendó un par de libros, y así continué con un hobbie -secreto- que he tenido desde siempre: escribir.
Entre aquellos libros, mi tía me obsequió algunas viejas ediciones tituladas "El guión" y "Principios básicos de Comunicación", carrera que, de nuevo, en ese entonces yo ignoraba que sería mi futura profesión. Así, ambos entraron a mi biblioteca personal.
Algunos años después, y solo porque así son los caminos de la vida (como cita la canción), ingresé a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. No, ni de broma para seguir el entonces trend de "salir en la tv". Todo lo contrario, en todo caso a mí me interesaba más todo el behind de scenes, y claro, el mundo de las letras. Escribir, escribir, escribir. Fue entonces que, desde el semestre 1 hasta el último día de clases de universidad, mi grupo y yo fuimos recibidos siempre por un muy solemne profesor.
Mi clase y yo teníamos una fuerte responsabilidad sobre los hombros, al ser nosotros la primera generación de comunicólogos de la Universidad La Salle Cancún. Esa responsabilidad (ahora como maestra lo entiendo) naturalmente estaba implícita e intrínsecamente relacionada con nuestros docentes. Varios pasaron por nuestras aulas. Varios no solo pasaron por ellas, sino también se quedaron en nuestros recuerdos e incluso, aún ahora tenemos la dicha de llamarles amigos.
En lo personal, yo siempre he visto con absoluto respeto a quien se pare frente a una audiencia a dar cátedra. Hay quienes imponen, hay quienes dan confianza, hay quienes generan admiración. Hay quienes cuentan historias interesantes. Él era uno de ellos. Me gustaba mucho que, al iniciar sus clases, siempre nos narraba alguna anécdota, alguna noticia, algo para despertar nuestro interés, o avivarlo, según cada caso. Tampoco mentiré diciendo que era mi profesor favorito o que yo estuviera en su top, pero sin duda en cada una de sus materias (y repito, él tuvo el valor de soportarnos durante 8 semestres) APRENDÍ. Las disfruté. De hecho, me parece que era en donde no se me hacía complicado tener buenas notas, y no porque fueran sencillas, sino que era bastante agradable para mí esmerarme en cumplir con buenos escritos para él.
La joya de esta corona fue el re-conocerlo. Porque no salía de mi asombro en aquella clase de guionismo cuando él nos pidió que como parte de nuestra bibliografía tomáramos como base una de sus obras. Sí, esa vieja edición obsequiada por alguna tía de alguna otra cuidad, ese pequeño libro que yo ya tenía en mi colección, era de su autoría. En mi cabeza, descubrir que oficialmente estaba frente a un autor publicado y reconocido desde años atrás, para mí fue elevarlo -aún más- a categoría de rockstar de idioma. Wow, no porque no tuviera desde siempre mi reconocimiento, sino que ahí más que nunca me dí cuenta de que cada nota, cada observación suya en mis apuntes, eran más bien autógrafos llenos de sabiduría. Más que alumna, me declare fan. Y repito, sin idealizarlo o que fuera de mis favs, pero sí otorgando mi máximo respeto y honor a quien tarde a tarde nos instruía en una materia que, al menos a mi grupito de amigos (que eran más prácticos que teóricos) no les fascinaba.
"¡Rana! -me decían-, rífate con el guión junto con el Alan, y ya nosotros editamos". Me lo decían como asignándome el castigo de hacer la parte escrita del trabajo en equipo, cuando esa tarea para mí era un placer. Y es que con él a cargo de la materia, incluso los temas que tocaban fibras delicadas en mí (como hablar de perros callejeros o sobre la fiesta brava) eran siempre oportunidades de desarrollar talentos.
"Me gusta mucho tu forma de escribir", me dijo un día, "tu forma de redactar es como leer tus pensamientos, cual si te escuchara platicarlos, y haces la narración amena, me agrada leerte". Quedé speechless. Acto seguido, sacó de su portafolios otro de los libros de su autoría, uno muy pequeñito y curioso que nada tenía que ver con las teorías de McLuhan o Weber, se titulaba "De gamborimbos y carreteras", y me lo obsequió. Nunca me sentí más honrada al recibir un presente, ese momento trascendió para siempre entre mis recuerdos universitarios por el poderoso significado que representó para mí.
Fueron tantos momentos que nos hicieron unidos a él, como cuando nos compartió la próxima publicación de su "Diccionario de comunicación", el cual orgullosamente se jactaba de decir que era inspirado por y para sus alumnos. Personalmente, tuvimos también algún desencuentro, como aquella vez a mitad de la carrera en la que yo había exentado con calificación perfecta su materia, y por llegar 3 minutos tarde a firmar el examen me retiró dicho privilegio. "Reglas son reglas", señaló molesto aún después de explicarle mi incidente. "Reglas son reglas", repitió. Mi inconformidad en ese momento no me dejó ver que él seguía dándome lecciones, no solo académicas sino profesionales, que por supuesto hoy no nada más agradezco sino que las replico con mis alumnos. De igual manera, un 9 final bajó mi promedio mas no borró todo lo que yo había aprendido con él durante el curso.
Dos años más tarde y varios chistes después (aún me rio con la pregunta que nos hizo sobre las mujeres y el delineador de ojos), a semanas de egresar, mis escritos sobre un revulsivo Chiapas, los hoyos funkies de los 80's, la entonces incipiente economía china elevándose cono dragón o el movimiento del '68 se iban profesionalizando, siempre bajo su guía; hasta esa tarde entre sus asesorías, cuando yo estaba llena de conflictos mentales acerca del tema a desarrollar para presentar mi proyecto final, con unas preguntas mayores pero contundentes me aclaró el panorama. Unas palabras que día a día resuenan en mi cabeza aún hasta hoy. Simplemente me dijo: "¿Quieres escribir? ¡Pues escribe! Solo pregúntate porqué lo haces, ¿porqué estás estudiando esto?, ¿qué quieres transmitir?". Todo fluyó a partir de esas premisas, y eso siempre se lo deberé a él. Nunca sabré si mi trabajo fue lo suficientemente bueno o no, pero tampoco olvidaré jamás que, cuando nos llamó uno a uno a si escritorio para darnos la calificación, me vio a los ojos, con esa severidad suya siempre envuelta en ternura paternal, y me dijo en tono nostálgico: "Yo en una de mis materias te quedé a deber un punto, ¿verdad? -haciendo alusión a aquella remota anécdota del examen exento, la cual yo francamente ya ni tenía presente y tardé un instante en conectar-... Pues bueno, aquí me falta donde ponerlo, porque claro que tienes tu 10. Ve por ese promedio que buscas para titularte...".
No, "profe", no. Nunca me debió nada, todo lo contrario, y el 10 yo ya lo tenía, todos los tuvimos, tan solo con tenerlo como maestro. Hoy con profundo asombro me entero de su partida. Inevitablemente conmueve, nos conmueve a todos quienes recordamos su encorvada silueta siempre enfundada en jeans que le daban ese aire relajado y cercano y siempre acompañada por un café en mano -sin importar la hora que fuese, mismo que le ganó el conocido mote cariñoso que nuestros compañeros de la segunda generación le pusieron-, su elocuencia y su cálida voz siempre sorprendiéndonos con vocabulario de alta gama (creo que ninguno de quienes fuimos sus alumnos superaremos el término de "párvulo" emanado de su léxico), su profesionalismo. Su cordialidad, sus merecidos regaños y sus oportunas risas. Su figura recargada en alguna barda del segundo piso mientras admiraba el atardecer en silencio hasta que alguno de nosotros llegábamos a hacerle plática. Su caligrafía inconfundible. Su legado en textos (como este), esperando con toda humildad rendirle honor a sus enseñanzas -y discúlpandome por el uso de anglicismos que tanto a él como a la Mtra. Alicia Uzcanga les parecían "innecesarios por ser siempre reemplazables"-.
Tal vez me haya explayado de más con mi escrito, sin embargo lo ofrezco a mis colegas comunicólogos lasallistas, para tener presente a quienes nos formaron; lo ofrezco a cada uno de nuestros maestros, para que sepan que no los olvidamos; lo ofrezco a su familia y amigos, si me leen, como un anecdotario más en memoria de un excelente docente que marcó muchas vidas, empezando por la mía al darme, con su ejemplo y sabiduría, la certeza de que las letras, claramente, más que mi hobbie son mi pasión. Aún no sé cómo puede agradecerse eso.
Así, este no será un adiós, o al menos lo ha de ser tan solo momentáneo, pues creo fielmente en ese místico entramado universal infinito que nos conecta a todos en una energía que trasciende, así como creo que algo del maestro Carlos Gonzalez Alonso permanecerá vivo en tantas y tantas generaciones que aprendimos de él.
No le he escrito a él, pero sí lo he hecho dedicado hacia él.
Ojalá lo hayamos reconocido lo suficiente en vida, ojalá lo sigamos reconociendo siempre.
Lo conocí muy chica, hasta sin saberlo. Eran días en los que mi yo prepratoriana tenía fascinación por hacer sus tareitas muy bien hechecitas, herencia de la miss Consuelo, maestra de Español que me inspiró en secundaria. Esa inspiración no solo no se fue, sino que en las ya mencionadas tareas iniciales de la prepa se sumaron a un espíritu investigador, por lo que surgió un monstruo ñoñil que buscaba lecturas por doquier. Entonces fue que una tía, quien ni siquiera vivía en mi ciudad, me recomendó un par de libros, y así continué con un hobbie -secreto- que he tenido desde siempre: escribir.
Entre aquellos libros, mi tía me obsequió algunas viejas ediciones tituladas "El guión" y "Principios básicos de Comunicación", carrera que, de nuevo, en ese entonces yo ignoraba que sería mi futura profesión. Así, ambos entraron a mi biblioteca personal.
Algunos años después, y solo porque así son los caminos de la vida (como cita la canción), ingresé a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. No, ni de broma para seguir el entonces trend de "salir en la tv". Todo lo contrario, en todo caso a mí me interesaba más todo el behind de scenes, y claro, el mundo de las letras. Escribir, escribir, escribir. Fue entonces que, desde el semestre 1 hasta el último día de clases de universidad, mi grupo y yo fuimos recibidos siempre por un muy solemne profesor.
Mi clase y yo teníamos una fuerte responsabilidad sobre los hombros, al ser nosotros la primera generación de comunicólogos de la Universidad La Salle Cancún. Esa responsabilidad (ahora como maestra lo entiendo) naturalmente estaba implícita e intrínsecamente relacionada con nuestros docentes. Varios pasaron por nuestras aulas. Varios no solo pasaron por ellas, sino también se quedaron en nuestros recuerdos e incluso, aún ahora tenemos la dicha de llamarles amigos.
En lo personal, yo siempre he visto con absoluto respeto a quien se pare frente a una audiencia a dar cátedra. Hay quienes imponen, hay quienes dan confianza, hay quienes generan admiración. Hay quienes cuentan historias interesantes. Él era uno de ellos. Me gustaba mucho que, al iniciar sus clases, siempre nos narraba alguna anécdota, alguna noticia, algo para despertar nuestro interés, o avivarlo, según cada caso. Tampoco mentiré diciendo que era mi profesor favorito o que yo estuviera en su top, pero sin duda en cada una de sus materias (y repito, él tuvo el valor de soportarnos durante 8 semestres) APRENDÍ. Las disfruté. De hecho, me parece que era en donde no se me hacía complicado tener buenas notas, y no porque fueran sencillas, sino que era bastante agradable para mí esmerarme en cumplir con buenos escritos para él.
La joya de esta corona fue el re-conocerlo. Porque no salía de mi asombro en aquella clase de guionismo cuando él nos pidió que como parte de nuestra bibliografía tomáramos como base una de sus obras. Sí, esa vieja edición obsequiada por alguna tía de alguna otra cuidad, ese pequeño libro que yo ya tenía en mi colección, era de su autoría. En mi cabeza, descubrir que oficialmente estaba frente a un autor publicado y reconocido desde años atrás, para mí fue elevarlo -aún más- a categoría de rockstar de idioma. Wow, no porque no tuviera desde siempre mi reconocimiento, sino que ahí más que nunca me dí cuenta de que cada nota, cada observación suya en mis apuntes, eran más bien autógrafos llenos de sabiduría. Más que alumna, me declare fan. Y repito, sin idealizarlo o que fuera de mis favs, pero sí otorgando mi máximo respeto y honor a quien tarde a tarde nos instruía en una materia que, al menos a mi grupito de amigos (que eran más prácticos que teóricos) no les fascinaba.
"¡Rana! -me decían-, rífate con el guión junto con el Alan, y ya nosotros editamos". Me lo decían como asignándome el castigo de hacer la parte escrita del trabajo en equipo, cuando esa tarea para mí era un placer. Y es que con él a cargo de la materia, incluso los temas que tocaban fibras delicadas en mí (como hablar de perros callejeros o sobre la fiesta brava) eran siempre oportunidades de desarrollar talentos.
"Me gusta mucho tu forma de escribir", me dijo un día, "tu forma de redactar es como leer tus pensamientos, cual si te escuchara platicarlos, y haces la narración amena, me agrada leerte". Quedé speechless. Acto seguido, sacó de su portafolios otro de los libros de su autoría, uno muy pequeñito y curioso que nada tenía que ver con las teorías de McLuhan o Weber, se titulaba "De gamborimbos y carreteras", y me lo obsequió. Nunca me sentí más honrada al recibir un presente, ese momento trascendió para siempre entre mis recuerdos universitarios por el poderoso significado que representó para mí.
Fueron tantos momentos que nos hicieron unidos a él, como cuando nos compartió la próxima publicación de su "Diccionario de comunicación", el cual orgullosamente se jactaba de decir que era inspirado por y para sus alumnos. Personalmente, tuvimos también algún desencuentro, como aquella vez a mitad de la carrera en la que yo había exentado con calificación perfecta su materia, y por llegar 3 minutos tarde a firmar el examen me retiró dicho privilegio. "Reglas son reglas", señaló molesto aún después de explicarle mi incidente. "Reglas son reglas", repitió. Mi inconformidad en ese momento no me dejó ver que él seguía dándome lecciones, no solo académicas sino profesionales, que por supuesto hoy no nada más agradezco sino que las replico con mis alumnos. De igual manera, un 9 final bajó mi promedio mas no borró todo lo que yo había aprendido con él durante el curso.
Dos años más tarde y varios chistes después (aún me rio con la pregunta que nos hizo sobre las mujeres y el delineador de ojos), a semanas de egresar, mis escritos sobre un revulsivo Chiapas, los hoyos funkies de los 80's, la entonces incipiente economía china elevándose cono dragón o el movimiento del '68 se iban profesionalizando, siempre bajo su guía; hasta esa tarde entre sus asesorías, cuando yo estaba llena de conflictos mentales acerca del tema a desarrollar para presentar mi proyecto final, con unas preguntas mayores pero contundentes me aclaró el panorama. Unas palabras que día a día resuenan en mi cabeza aún hasta hoy. Simplemente me dijo: "¿Quieres escribir? ¡Pues escribe! Solo pregúntate porqué lo haces, ¿porqué estás estudiando esto?, ¿qué quieres transmitir?". Todo fluyó a partir de esas premisas, y eso siempre se lo deberé a él. Nunca sabré si mi trabajo fue lo suficientemente bueno o no, pero tampoco olvidaré jamás que, cuando nos llamó uno a uno a si escritorio para darnos la calificación, me vio a los ojos, con esa severidad suya siempre envuelta en ternura paternal, y me dijo en tono nostálgico: "Yo en una de mis materias te quedé a deber un punto, ¿verdad? -haciendo alusión a aquella remota anécdota del examen exento, la cual yo francamente ya ni tenía presente y tardé un instante en conectar-... Pues bueno, aquí me falta donde ponerlo, porque claro que tienes tu 10. Ve por ese promedio que buscas para titularte...".
No, "profe", no. Nunca me debió nada, todo lo contrario, y el 10 yo ya lo tenía, todos los tuvimos, tan solo con tenerlo como maestro. Hoy con profundo asombro me entero de su partida. Inevitablemente conmueve, nos conmueve a todos quienes recordamos su encorvada silueta siempre enfundada en jeans que le daban ese aire relajado y cercano y siempre acompañada por un café en mano -sin importar la hora que fuese, mismo que le ganó el conocido mote cariñoso que nuestros compañeros de la segunda generación le pusieron-, su elocuencia y su cálida voz siempre sorprendiéndonos con vocabulario de alta gama (creo que ninguno de quienes fuimos sus alumnos superaremos el término de "párvulo" emanado de su léxico), su profesionalismo. Su cordialidad, sus merecidos regaños y sus oportunas risas. Su figura recargada en alguna barda del segundo piso mientras admiraba el atardecer en silencio hasta que alguno de nosotros llegábamos a hacerle plática. Su caligrafía inconfundible. Su legado en textos (como este), esperando con toda humildad rendirle honor a sus enseñanzas -y discúlpandome por el uso de anglicismos que tanto a él como a la Mtra. Alicia Uzcanga les parecían "innecesarios por ser siempre reemplazables"-.
Tal vez me haya explayado de más con mi escrito, sin embargo lo ofrezco a mis colegas comunicólogos lasallistas, para tener presente a quienes nos formaron; lo ofrezco a cada uno de nuestros maestros, para que sepan que no los olvidamos; lo ofrezco a su familia y amigos, si me leen, como un anecdotario más en memoria de un excelente docente que marcó muchas vidas, empezando por la mía al darme, con su ejemplo y sabiduría, la certeza de que las letras, claramente, más que mi hobbie son mi pasión. Aún no sé cómo puede agradecerse eso.
Así, este no será un adiós, o al menos lo ha de ser tan solo momentáneo, pues creo fielmente en ese místico entramado universal infinito que nos conecta a todos en una energía que trasciende, así como creo que algo del maestro Carlos Gonzalez Alonso permanecerá vivo en tantas y tantas generaciones que aprendimos de él.
No le he escrito a él, pero sí lo he hecho dedicado hacia él.
Ojalá lo hayamos reconocido lo suficiente en vida, ojalá lo sigamos reconociendo siempre.
domingo, 23 de junio de 2024
"Hola" (y adiós)
"La soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos"
Cien años de soledad, G. G. Márquez.
En su Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano explica que recordar viene del latín re-cordis, lo que significa algo así como "volver a pasar por el corazón". Y es que el tiempo se lleva los recuerdos, por eso son tan valiosos (para algunos). Pero la memoria no es la realidad en sí. Lo que extrañamos ya no existe. Es más, extrañamos el recuerdo de lo que fue, ni siquiera al hecho o persona en sí, porque como tal, ya no está. Pregunta aparte sería el cuestionar si es que acaso alguna vez estuvo. En el hoy, eso ya no importa en absoluto. Quizás entonces todo era nada y solo haya sido R.B. Zajonc y su teoría sobre el Efecto de Mera Exposición; o tal vez cuestiones de bioquímica cerebral, dosis de dopamina y oxitocina sumadas a ciertos remanentes de la memoria... pero solo eso.
Cuando alguien entra en tu vida y después de compartir un tiempo se marcha sin ninguna explicación, eso es todo menos cariño. Incluso si ese alguien alguna vez te preguntó "para tí, ¿qué es la lealtad?". La forma en que se va te lo dice todo, y esa persona que se ve al final es quien en realidad siempre fue. Entonces, ¿por qué ese impulso de dar relevancia a quienes no mostraron un mínimo interés? Quizá porque en algún punto entre el "hola" y el "adiós" hubo cariño, mucho cariño, incluso el obscuro y decadente Bukoswky decía que "hay fantasías que ni siquiera sabes que tienes hasta que entras en sintonía con la mente correcta". Lo que es significativo (para algunos) nunca es efímero. Sin embargo, si la única constante es el cambio, absolutamente nada dura para siempre. No importa lo mucho que la absurda melancolía desee revivirlo, desde los tiempos de Héraclito bien se sabe que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Nunca encontrarás a la misma pesona dos veces, ni siquiera en la misma persona.
Así que ya no más.
Hoy lo vi claramente y supe que ha sido (mucho más que) suficiente.
La nostalgia es un sentimiento muy fértil, pero ya fueron demasiadas letras al vacío. Ya no me da la vida (ni las ganas) para hacerle entender a la memoria que, por estar con alguien más, por momentos he dejado de estar conmigo. No hay necesidad. No soy muy fan del condicionamiento operante, y mucho menos de fingir lo que no siento, pero es tan real que ante repetidas conductas negativas la respuesta es que se pierda efecto ante el estímulo, y los encantos dejan de encantar. Así que Skinner, Watson, Thorndike, Pavlov, esta lluviosa noche yo los invoco, porque si el querer es una decisión, hoy decido ya no querer. Tan real que cuando en una chica nacen sentimientos por alguien, el único capaz de matar el sentimiento es ese mismo alguien. Tan real que sin memoria no hay pasado ni futuro y viviríamos en un presente infinito, pero tan real que así como requerimos de recordar para sobrevivir, también es necesario olvidar para lograrlo.
No se puede dejar atrás la nostalgia si se sigue buscando una lógica en los sentimientos. De cualquier forma, si extrañar (conjuguemos en tiempo pasado del ya no más) fue el precio necesario por haber vivido lo que (al parecer solamente yo) viví, perderlo y aprender de ello lo valió cada minuto de cada tarde en aquel (ahora lejano) otoño, y ya lo pagué con gusto. Me marcó muy hondo, y no hablaba de la piel, sino de la vida. Ojalá nunca me hubiera tocado, ojalá nunca (me) lo hubiera permitido. Lo echamos todo a perder.
Que se quede con mi pulsera de ojos turcos como amuleto olvidado bajo su almohada, con mi DVD de aquel documental mexicano que le presté para verlo juntos, y con una versión de mí que no todos conocen y que lo quiso de una forma muy bonita. Que se quede con eso pero con nada más, porque lo extrañé como si aún lo mereciera (siendo yo quien ya no merecía hacerlo), y aunque cero me arrepiento, es hoy cuando lo dejo ir todo (aunque una partecita de mí se vaya con él), con todo mi agradecimiento y con todo ese afecto que en mí había despertado y que hoy despido con un simple "cuídate mucho".
Ya era hora, hace mucho que lo era.
Prueba superada.
*Now playing: "Esta vez"- Julieta Venegas
Cien años de soledad, G. G. Márquez.
En su Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano explica que recordar viene del latín re-cordis, lo que significa algo así como "volver a pasar por el corazón". Y es que el tiempo se lleva los recuerdos, por eso son tan valiosos (para algunos). Pero la memoria no es la realidad en sí. Lo que extrañamos ya no existe. Es más, extrañamos el recuerdo de lo que fue, ni siquiera al hecho o persona en sí, porque como tal, ya no está. Pregunta aparte sería el cuestionar si es que acaso alguna vez estuvo. En el hoy, eso ya no importa en absoluto. Quizás entonces todo era nada y solo haya sido R.B. Zajonc y su teoría sobre el Efecto de Mera Exposición; o tal vez cuestiones de bioquímica cerebral, dosis de dopamina y oxitocina sumadas a ciertos remanentes de la memoria... pero solo eso.
Cuando alguien entra en tu vida y después de compartir un tiempo se marcha sin ninguna explicación, eso es todo menos cariño. Incluso si ese alguien alguna vez te preguntó "para tí, ¿qué es la lealtad?". La forma en que se va te lo dice todo, y esa persona que se ve al final es quien en realidad siempre fue. Entonces, ¿por qué ese impulso de dar relevancia a quienes no mostraron un mínimo interés? Quizá porque en algún punto entre el "hola" y el "adiós" hubo cariño, mucho cariño, incluso el obscuro y decadente Bukoswky decía que "hay fantasías que ni siquiera sabes que tienes hasta que entras en sintonía con la mente correcta". Lo que es significativo (para algunos) nunca es efímero. Sin embargo, si la única constante es el cambio, absolutamente nada dura para siempre. No importa lo mucho que la absurda melancolía desee revivirlo, desde los tiempos de Héraclito bien se sabe que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Nunca encontrarás a la misma pesona dos veces, ni siquiera en la misma persona.
Así que ya no más.
Hoy lo vi claramente y supe que ha sido (mucho más que) suficiente.
La nostalgia es un sentimiento muy fértil, pero ya fueron demasiadas letras al vacío. Ya no me da la vida (ni las ganas) para hacerle entender a la memoria que, por estar con alguien más, por momentos he dejado de estar conmigo. No hay necesidad. No soy muy fan del condicionamiento operante, y mucho menos de fingir lo que no siento, pero es tan real que ante repetidas conductas negativas la respuesta es que se pierda efecto ante el estímulo, y los encantos dejan de encantar. Así que Skinner, Watson, Thorndike, Pavlov, esta lluviosa noche yo los invoco, porque si el querer es una decisión, hoy decido ya no querer. Tan real que cuando en una chica nacen sentimientos por alguien, el único capaz de matar el sentimiento es ese mismo alguien. Tan real que sin memoria no hay pasado ni futuro y viviríamos en un presente infinito, pero tan real que así como requerimos de recordar para sobrevivir, también es necesario olvidar para lograrlo.
No se puede dejar atrás la nostalgia si se sigue buscando una lógica en los sentimientos. De cualquier forma, si extrañar (conjuguemos en tiempo pasado del ya no más) fue el precio necesario por haber vivido lo que (al parecer solamente yo) viví, perderlo y aprender de ello lo valió cada minuto de cada tarde en aquel (ahora lejano) otoño, y ya lo pagué con gusto. Me marcó muy hondo, y no hablaba de la piel, sino de la vida. Ojalá nunca me hubiera tocado, ojalá nunca (me) lo hubiera permitido. Lo echamos todo a perder.
Que se quede con mi pulsera de ojos turcos como amuleto olvidado bajo su almohada, con mi DVD de aquel documental mexicano que le presté para verlo juntos, y con una versión de mí que no todos conocen y que lo quiso de una forma muy bonita. Que se quede con eso pero con nada más, porque lo extrañé como si aún lo mereciera (siendo yo quien ya no merecía hacerlo), y aunque cero me arrepiento, es hoy cuando lo dejo ir todo (aunque una partecita de mí se vaya con él), con todo mi agradecimiento y con todo ese afecto que en mí había despertado y que hoy despido con un simple "cuídate mucho".
Ya era hora, hace mucho que lo era.
Prueba superada.
*Now playing: "Esta vez"- Julieta Venegas
sábado, 15 de junio de 2024
Timing
“You can erase someone from your mind.
Getting them out of your heart is another story.”
Eternal Sunshine of the Spotless Mind
Ahí estaba yo, doña estúp*da, cometiendo el mismo error más de dos veces en una misma mañana. ¿Por qué carambas te metes por esta calle si sabes que toda la zona centro está cerrada? Es tardísimo, hasta crees que encontrarás estacionamiento....
Bueno, no sé qué magia es esta, pero un único cajón en calle Mina se desocupa estratégicamente, como esperando por mí. Alabado sea aquel que se apiadó de mi mala suerte; pero ahora, dime, ¿por qué esa maldita mala manía de nunca revisar el celular? Si así lo hubiera hecho, sabría -antes de llegar justamente a la puerta del lugar a donde acudía- que no habría nadie porque me cancelaron hace una hora. Anda, corre, súbete al coche porque cada segundo que pierdes te demora todo el día... Y de nuevo, ¿por qué entras por este camellón si conscientemente sabes que podías tomar la otra avenida?
No, no se supone que debería estar ahí, ni en ese momento en ese lugar.
Ah, pero eso sí, la señorita muy cantorina al volante, como siempre, con esa playlist del viejo Blackberry de sieempre, escuchando las canciones que me llevan a momentos que jamás sucedieron con frases que me hacen recordar a las mismas lejanas personas de sieeempre. Focus, nena, en vez de estar pensando las mismas tonterías de sieeeempre, deberías enfocarte más en tu camino, porque mira, maldita sea, este semáforo que bien podías haber evitado tardará aún más por este gigantesco trailer que precisamente ahorita está intentando dar vuelta en U en un crucero... Es como un juego macabro en el que cada milimétrico movimiento altera los minutos de mi día por más que pretenda organizarlos de forma práctica. Hoy nada más no está saliendo el engranaje de la forma calculada.
OK, aprovechemos el rumbo porque no hay tiempo que perder, igual debías sacar una copia, y ya por ahí, pasar al banco. Y a ver qué tal, eh, porque mira que ni habrá lugar para estacionarse de nuevo... aunque bueno, místicamente lo hubo, otra vez. Agradecida con el de arriba, porque mira si tienes prisa, con tanto por hacer y tan poco tiempo no sería lo ideal detenerte a saludar a nadie, a menos, claro, que se te acerque el buen Arturo, ese alumno de la uni que acaba de egresar y quien con su tremenda sonrisa exclama un afectuoso: "¡hola, mi querida miss! ¡Qué gusto verla!". No puedo no detenerme a saludarlo, aunque eso implique tomarme un par de minutos más...
Llego a la copiadora. A lo lejos distingo que no había gente así que asumo que sacar la única fotocopia que requiero será algo rapidísimo, si no fuera porque me detuve un momento a ver un perrito que distrajo mi atención, y en el momento de voltear, dos pesonas se adelantan en la fila. Cómo es posible, ¡si solo fue una pausa de un par de segundos! Me recuerda a aquella escena del coche en The Truman Show, cuando Truman busca tomar una ruta y los extras proceden casi coreográficamente a saturar precisamente esa que Truman elige. Bien, perfecto. Asumo con serenidad que de nuevo los minutos se retrasan en mi lista de pendientes, y me pregunto en qué momento fue que ya pasa del mediodía...
Suspiro después de ver el reloj en la pantalla de mi celular, donde también veo una notificación de mi amiga Katya. What? Es raro porque es sábado y ella apenas si se reporta entre semana, en fin, no sé qué querrá decirme pero al ratito sin falta lo veré. Corre, sigue tu camino con la mayor velocidad que el tobillo aún torcido por el tropezón en días pasados te permita. Mientras, mi mente hace un repaso de todo lo que está planeado en el itinerario, pagar la renta, ir al súper, cuidado con la hojita de tu fotocopia, gran idea la tuya estarla paseando, ¿por qué no pasaste a la copiadora hasta el final del recorrido? Lo peor es que así lo pensaste, pero no lo hiciste, ¿por qué, por qué, por qué? Malísima tu planeación toda esta mañana, si sumamos todos los retrasos y desvíos, técnicamente ya ni tendrías que estar caminando ahorita por aquí.
En fin, mi remolino de pensamientos me acompañan al cruzar en automático la calle para adentrarme al mar de gente que se forma en dos filas sin fin sobre la banqueta a la entrada del banco. Tantas personas que vienen y van, tanta gente a mi alrededor, tantos rostros... hasta que precisamente uno de ellos topa de frente con el mío. No podría explicar, yo iba totalmente absorta en mis pensamientos, viendo hacia el frente desde mi minúscula estatura, pero sentí su cabeza girar mientras entre toda la multitud yo pasaba para -literalmente- chocar de lado con él, y me resultó inevitable voltear y mirarlo también. Esa cara me es familiar, muy familiar... Wow, qué lindísimos ojos, pero ¡¿por qué me ve tan fijamente, y por qué no lo reconozco?! Haciendo un disimulado repaso mental en una fracción de segundo, escucho un "hola", al cuál yo respondo igual, con un "¡hola!" algo más sonriente para dar espacio a mi mente para conectar que él es... espera, ese uniforme me dice que viene de... ¡¿QUÉ?! ¡Pero qué clase de micro-amnesia viví por unos segundos! ¿Cómo pude, cómo podría no saber quién era? Sus ojos y su voz haciendo click total para embarrarme de un golpe en la cara todo lo que la memoria de mi nostalgia recuerda aún hasta el día de hoy, pero que claramente no estaba preparada para inesperadamente volver a ver de frente, y mis manitas temblorosas lo confirmaron. Era él.
Claro que no venía solo, claro que venía en compañía de una chica.
Y no, claro que no, no se supone que yo debería estar ahí, ni en ese momento ni en ese lugar.
Como si efectivamente, cada segundo en mis demoras, cada paso en mis fallidas rutas, cada escala en mi planeación improvisada, me hubieran hecho llegar justo ahí, en el momento preciso, exactamente a lo menos planeado, vaya, ni imaginado.
Entonces, sin mayor intro, sin siquiera un acercamiento para un saludo en forma, él solo detuvo a su acompañante para incluirla como una especie de testigo ante su frase: "¡justo esta mañana hablábamos de ti en clase! ¡justo hoy platicábamos sobre ti!" Procedo a disimular mi asombro con un simple, pero amigable y contundente "¡ay, ajá!", para escuchar como respuesta un "Sí, sí sí, con la teacher Katya"...
Así, lo único que escucho es una abrupta solicitud para resolver un favor, o al menos para orientarse al respecto. ¡¿Qué?! Más de año y medio sin tener idea el uno del otro, ¿y para lo único que soy necesaria es para resolver una consulta técnica? Va, entendido. Cambio mi tono de inmediato, mi sorpresa se volvió -nuevamente- decepción. Sí, cuenten con ello, me dará mucho gusto ayudarles, sin problema podemos hacerlo (y lo digo sinceramente, esa extraña fascinación por ayudarle al prójimo es como mi superpoder y me hace patológicamente feliz).
Así, resuelto el tema, una tensa mini despedida, que no lo fue totalmente porque entre frases cliché de bueno, nos vemos, él le dijo firmemente a su compañera: "no, yo me quedo aquí, al ratito te envío la info, ¿va?"... Y entonces, frente a frente, en medio de una banqueta y entre toda la gente, su sonrisa y un: "ahora sí... ¡hola!" con su respectivo beso en la mejilla. Para ese instante, estoy segurísima de que doña estúp*da estaba sonriendo con una cara de ídem. Una breve intro sobre lo molesto del sol (como en aquellas tardes solíamos platicar), y un par de preguntas del tipo cómo estás, reconociendo entre risas que esas frases cliché no suelen decir mucho, pero al menos sirvieron para comenzar una recopilación express en la que al menos yo sí mencioné que estoy bien. Porque lo estoy.
Algunas risas, algunas referencias puntuales a chistes locales -que me asombra que recuerdes-, algunos datos, ponerse al día de una forma express y tan repentina no es sencillo y mucho menos con esa vibra de que ahora solo somos dos desconocidos que se conocieron bien y que ahora solo tienen recuerdos en común. Peor aún cuando salió el asunto del "debo irme, tengo que enviar un examen antes de las dos... pero realmente me gustaría quedarme... ¿te gustaría que, no sé, en uno de estos días saliéramos para platicar? Yo descanso entre semana... ¿Te sigue gustando el azúcar?... He cambiado cuatro veces de teléfono, ¿me puedes dar tu número de nuevo?..."
Así, algo que a simple vista se ve muy lindo, mis paranoicos y desilusionados sobrepensamientos cuestionan. ¿Porqué pretendiste guardar mi contacto en tu celular, pero te arrepentiste sutilmente y decidiste mejor hacerlo anotándolo en una libreta? (sí, lo sigo analizando), y como chiste del destino, lo escribiste utilizando la pluma verde que yo te regalé cuando nos conocimos, y tú mismo me lo hiciste notar. Wow, qué random es eso, tan significativo y a la vez tan irrelevante. Sigo también analizando cada frase, cada comentario de nuestro diálogo, y también queriendo borrar -como si se pudiera- esas últimas palabras tuyas relacionadas con la última vez que nos vimos y algo sobre "haber bebido como un idiota, y no haber podido tener una conversación bien". No, no no. No caigas tan bajo. No recurras a una excusa tan pero tan barata. Se dijo lo que se dijo y lo sabemos los dos. Ahora sugieres que estaría muy bien platicar para dar ¿muchas "respuestas"? No, totalmente irrelevante, si dudas no tengo. Hubiese preferido explicaciones, quizás, y ya ni al caso, porque pienso que los actos gritaron lo que las palabras callaron, pero si no las recibí en su momento menos las quiero ahora que no las necesito porque ya no me interesan, dejaron de interesarme cuando entendí que para mí, mi paz valía mucho más que eso y que para ti ni siquiera eso merecía.
¿Sí cachas que es por tí que ahora detesto a Dostoievsky? ¿Que hay canciones que amo pero simplemente no puedo volver a escuchar? ¿Que cada noche al salir de mi trabajo tengo que voltear la mirada hacia el lado izquerdo de esa avenida, porque pasar a diario por ese esa heladería y ese cafecito que están a la derecha simplemente me rebasa? Claro que no lo sabes, no tendrías porqué saberlo, y de hecho tampoco es un reproche porque sé muy bien que ha sido mi mente la que inevitablemente rueda en el mismo sitio como un ratoncito enjaulado que, aun teniendo la puerta abierta para escapar, se encariñó demasiado con el lugar que le causa una penita en su roedor corazón. Toda esa parafernalia sobre anotar un número que -bien sabemos- no vas a marcar (y que para empezar si hubieras querido tener lo habrías pedido a una de las múltiples formas que tenías para obtenerlo), toda esa bonita historia de "vernos y platicar", todo eso... Just don't. No lo hagas porque si te sentiste comprometido a decirlo -sobre todo luego de iniciar nuestro encuentro meramente pidiendo informes sobre un trámite que quieres hacer-, es completamente innecesario, con todo gusto te puedo apoyar a ti y a tus compañeras. Si fuiste sincero, venga, sorpréndeme, porque yo sí concido honestamente con eso de que "a veces es necesario tener con quién platicar tan a gusto"; pero en caso contrario, solo te pido que no pienses que soy tan tonta como para creer que te interesa dar "respuestas" y "platicar" tantísimo tiempo depués.
"Ahora usas tennis", me dices. "Ahora vistes de amarillo y no de rosa", como notando diferencias entre entonces a hoy.
Pero también me dices "ven acá" y me acercas a ti para darme un abrazo, como entonces, para despedirte con un chiste local donde me dejas saber que mi perfume aún permanece en tu memoria.
So, what. Un beso en la mejilla y cada quién seguimos nuestro camino, tan real como figuradamente se escuche, y lo único que entiendo es que los cálculos del engranaje del tiempo no están en mis manos pues parece que aunque hagamos planes al final solo somos juguetes del "destino" (o más bien de nuestro subconsciente), pero no sé porqué (o para qué) fue necesario que cada segundo y cada minuto de lo sucedido o no durante mi mañana no fueran errores, mala planeación o casualidades, sino causalidades que inevitablemente me llevaran hasta ahí para coincidir... y nuevamente, seguir como si nada.
Ps. ¿Quién le atribuye significados al comportamiento? ¿O es tan solo que, como dijo Aristóteles, la memoria es la bitácora del alma?
No lo sé, pero me da gusto verte tan (hipocondriacamente) bien.
*Now playing: "Ojos noche" - Elsa y Elmar
Getting them out of your heart is another story.”
Eternal Sunshine of the Spotless Mind
Ahí estaba yo, doña estúp*da, cometiendo el mismo error más de dos veces en una misma mañana. ¿Por qué carambas te metes por esta calle si sabes que toda la zona centro está cerrada? Es tardísimo, hasta crees que encontrarás estacionamiento....
Bueno, no sé qué magia es esta, pero un único cajón en calle Mina se desocupa estratégicamente, como esperando por mí. Alabado sea aquel que se apiadó de mi mala suerte; pero ahora, dime, ¿por qué esa maldita mala manía de nunca revisar el celular? Si así lo hubiera hecho, sabría -antes de llegar justamente a la puerta del lugar a donde acudía- que no habría nadie porque me cancelaron hace una hora. Anda, corre, súbete al coche porque cada segundo que pierdes te demora todo el día... Y de nuevo, ¿por qué entras por este camellón si conscientemente sabes que podías tomar la otra avenida?
No, no se supone que debería estar ahí, ni en ese momento en ese lugar.
Ah, pero eso sí, la señorita muy cantorina al volante, como siempre, con esa playlist del viejo Blackberry de sieempre, escuchando las canciones que me llevan a momentos que jamás sucedieron con frases que me hacen recordar a las mismas lejanas personas de sieeempre. Focus, nena, en vez de estar pensando las mismas tonterías de sieeeempre, deberías enfocarte más en tu camino, porque mira, maldita sea, este semáforo que bien podías haber evitado tardará aún más por este gigantesco trailer que precisamente ahorita está intentando dar vuelta en U en un crucero... Es como un juego macabro en el que cada milimétrico movimiento altera los minutos de mi día por más que pretenda organizarlos de forma práctica. Hoy nada más no está saliendo el engranaje de la forma calculada.
OK, aprovechemos el rumbo porque no hay tiempo que perder, igual debías sacar una copia, y ya por ahí, pasar al banco. Y a ver qué tal, eh, porque mira que ni habrá lugar para estacionarse de nuevo... aunque bueno, místicamente lo hubo, otra vez. Agradecida con el de arriba, porque mira si tienes prisa, con tanto por hacer y tan poco tiempo no sería lo ideal detenerte a saludar a nadie, a menos, claro, que se te acerque el buen Arturo, ese alumno de la uni que acaba de egresar y quien con su tremenda sonrisa exclama un afectuoso: "¡hola, mi querida miss! ¡Qué gusto verla!". No puedo no detenerme a saludarlo, aunque eso implique tomarme un par de minutos más...
Llego a la copiadora. A lo lejos distingo que no había gente así que asumo que sacar la única fotocopia que requiero será algo rapidísimo, si no fuera porque me detuve un momento a ver un perrito que distrajo mi atención, y en el momento de voltear, dos pesonas se adelantan en la fila. Cómo es posible, ¡si solo fue una pausa de un par de segundos! Me recuerda a aquella escena del coche en The Truman Show, cuando Truman busca tomar una ruta y los extras proceden casi coreográficamente a saturar precisamente esa que Truman elige. Bien, perfecto. Asumo con serenidad que de nuevo los minutos se retrasan en mi lista de pendientes, y me pregunto en qué momento fue que ya pasa del mediodía...
Suspiro después de ver el reloj en la pantalla de mi celular, donde también veo una notificación de mi amiga Katya. What? Es raro porque es sábado y ella apenas si se reporta entre semana, en fin, no sé qué querrá decirme pero al ratito sin falta lo veré. Corre, sigue tu camino con la mayor velocidad que el tobillo aún torcido por el tropezón en días pasados te permita. Mientras, mi mente hace un repaso de todo lo que está planeado en el itinerario, pagar la renta, ir al súper, cuidado con la hojita de tu fotocopia, gran idea la tuya estarla paseando, ¿por qué no pasaste a la copiadora hasta el final del recorrido? Lo peor es que así lo pensaste, pero no lo hiciste, ¿por qué, por qué, por qué? Malísima tu planeación toda esta mañana, si sumamos todos los retrasos y desvíos, técnicamente ya ni tendrías que estar caminando ahorita por aquí.
En fin, mi remolino de pensamientos me acompañan al cruzar en automático la calle para adentrarme al mar de gente que se forma en dos filas sin fin sobre la banqueta a la entrada del banco. Tantas personas que vienen y van, tanta gente a mi alrededor, tantos rostros... hasta que precisamente uno de ellos topa de frente con el mío. No podría explicar, yo iba totalmente absorta en mis pensamientos, viendo hacia el frente desde mi minúscula estatura, pero sentí su cabeza girar mientras entre toda la multitud yo pasaba para -literalmente- chocar de lado con él, y me resultó inevitable voltear y mirarlo también. Esa cara me es familiar, muy familiar... Wow, qué lindísimos ojos, pero ¡¿por qué me ve tan fijamente, y por qué no lo reconozco?! Haciendo un disimulado repaso mental en una fracción de segundo, escucho un "hola", al cuál yo respondo igual, con un "¡hola!" algo más sonriente para dar espacio a mi mente para conectar que él es... espera, ese uniforme me dice que viene de... ¡¿QUÉ?! ¡Pero qué clase de micro-amnesia viví por unos segundos! ¿Cómo pude, cómo podría no saber quién era? Sus ojos y su voz haciendo click total para embarrarme de un golpe en la cara todo lo que la memoria de mi nostalgia recuerda aún hasta el día de hoy, pero que claramente no estaba preparada para inesperadamente volver a ver de frente, y mis manitas temblorosas lo confirmaron. Era él.
Claro que no venía solo, claro que venía en compañía de una chica.
Y no, claro que no, no se supone que yo debería estar ahí, ni en ese momento ni en ese lugar.
Como si efectivamente, cada segundo en mis demoras, cada paso en mis fallidas rutas, cada escala en mi planeación improvisada, me hubieran hecho llegar justo ahí, en el momento preciso, exactamente a lo menos planeado, vaya, ni imaginado.
Entonces, sin mayor intro, sin siquiera un acercamiento para un saludo en forma, él solo detuvo a su acompañante para incluirla como una especie de testigo ante su frase: "¡justo esta mañana hablábamos de ti en clase! ¡justo hoy platicábamos sobre ti!" Procedo a disimular mi asombro con un simple, pero amigable y contundente "¡ay, ajá!", para escuchar como respuesta un "Sí, sí sí, con la teacher Katya"...
Así, lo único que escucho es una abrupta solicitud para resolver un favor, o al menos para orientarse al respecto. ¡¿Qué?! Más de año y medio sin tener idea el uno del otro, ¿y para lo único que soy necesaria es para resolver una consulta técnica? Va, entendido. Cambio mi tono de inmediato, mi sorpresa se volvió -nuevamente- decepción. Sí, cuenten con ello, me dará mucho gusto ayudarles, sin problema podemos hacerlo (y lo digo sinceramente, esa extraña fascinación por ayudarle al prójimo es como mi superpoder y me hace patológicamente feliz).
Así, resuelto el tema, una tensa mini despedida, que no lo fue totalmente porque entre frases cliché de bueno, nos vemos, él le dijo firmemente a su compañera: "no, yo me quedo aquí, al ratito te envío la info, ¿va?"... Y entonces, frente a frente, en medio de una banqueta y entre toda la gente, su sonrisa y un: "ahora sí... ¡hola!" con su respectivo beso en la mejilla. Para ese instante, estoy segurísima de que doña estúp*da estaba sonriendo con una cara de ídem. Una breve intro sobre lo molesto del sol (como en aquellas tardes solíamos platicar), y un par de preguntas del tipo cómo estás, reconociendo entre risas que esas frases cliché no suelen decir mucho, pero al menos sirvieron para comenzar una recopilación express en la que al menos yo sí mencioné que estoy bien. Porque lo estoy.
Algunas risas, algunas referencias puntuales a chistes locales -que me asombra que recuerdes-, algunos datos, ponerse al día de una forma express y tan repentina no es sencillo y mucho menos con esa vibra de que ahora solo somos dos desconocidos que se conocieron bien y que ahora solo tienen recuerdos en común. Peor aún cuando salió el asunto del "debo irme, tengo que enviar un examen antes de las dos... pero realmente me gustaría quedarme... ¿te gustaría que, no sé, en uno de estos días saliéramos para platicar? Yo descanso entre semana... ¿Te sigue gustando el azúcar?... He cambiado cuatro veces de teléfono, ¿me puedes dar tu número de nuevo?..."
Así, algo que a simple vista se ve muy lindo, mis paranoicos y desilusionados sobrepensamientos cuestionan. ¿Porqué pretendiste guardar mi contacto en tu celular, pero te arrepentiste sutilmente y decidiste mejor hacerlo anotándolo en una libreta? (sí, lo sigo analizando), y como chiste del destino, lo escribiste utilizando la pluma verde que yo te regalé cuando nos conocimos, y tú mismo me lo hiciste notar. Wow, qué random es eso, tan significativo y a la vez tan irrelevante. Sigo también analizando cada frase, cada comentario de nuestro diálogo, y también queriendo borrar -como si se pudiera- esas últimas palabras tuyas relacionadas con la última vez que nos vimos y algo sobre "haber bebido como un idiota, y no haber podido tener una conversación bien". No, no no. No caigas tan bajo. No recurras a una excusa tan pero tan barata. Se dijo lo que se dijo y lo sabemos los dos. Ahora sugieres que estaría muy bien platicar para dar ¿muchas "respuestas"? No, totalmente irrelevante, si dudas no tengo. Hubiese preferido explicaciones, quizás, y ya ni al caso, porque pienso que los actos gritaron lo que las palabras callaron, pero si no las recibí en su momento menos las quiero ahora que no las necesito porque ya no me interesan, dejaron de interesarme cuando entendí que para mí, mi paz valía mucho más que eso y que para ti ni siquiera eso merecía.
¿Sí cachas que es por tí que ahora detesto a Dostoievsky? ¿Que hay canciones que amo pero simplemente no puedo volver a escuchar? ¿Que cada noche al salir de mi trabajo tengo que voltear la mirada hacia el lado izquerdo de esa avenida, porque pasar a diario por ese esa heladería y ese cafecito que están a la derecha simplemente me rebasa? Claro que no lo sabes, no tendrías porqué saberlo, y de hecho tampoco es un reproche porque sé muy bien que ha sido mi mente la que inevitablemente rueda en el mismo sitio como un ratoncito enjaulado que, aun teniendo la puerta abierta para escapar, se encariñó demasiado con el lugar que le causa una penita en su roedor corazón. Toda esa parafernalia sobre anotar un número que -bien sabemos- no vas a marcar (y que para empezar si hubieras querido tener lo habrías pedido a una de las múltiples formas que tenías para obtenerlo), toda esa bonita historia de "vernos y platicar", todo eso... Just don't. No lo hagas porque si te sentiste comprometido a decirlo -sobre todo luego de iniciar nuestro encuentro meramente pidiendo informes sobre un trámite que quieres hacer-, es completamente innecesario, con todo gusto te puedo apoyar a ti y a tus compañeras. Si fuiste sincero, venga, sorpréndeme, porque yo sí concido honestamente con eso de que "a veces es necesario tener con quién platicar tan a gusto"; pero en caso contrario, solo te pido que no pienses que soy tan tonta como para creer que te interesa dar "respuestas" y "platicar" tantísimo tiempo depués.
"Ahora usas tennis", me dices. "Ahora vistes de amarillo y no de rosa", como notando diferencias entre entonces a hoy.
Pero también me dices "ven acá" y me acercas a ti para darme un abrazo, como entonces, para despedirte con un chiste local donde me dejas saber que mi perfume aún permanece en tu memoria.
So, what. Un beso en la mejilla y cada quién seguimos nuestro camino, tan real como figuradamente se escuche, y lo único que entiendo es que los cálculos del engranaje del tiempo no están en mis manos pues parece que aunque hagamos planes al final solo somos juguetes del "destino" (o más bien de nuestro subconsciente), pero no sé porqué (o para qué) fue necesario que cada segundo y cada minuto de lo sucedido o no durante mi mañana no fueran errores, mala planeación o casualidades, sino causalidades que inevitablemente me llevaran hasta ahí para coincidir... y nuevamente, seguir como si nada.
Ps. ¿Quién le atribuye significados al comportamiento? ¿O es tan solo que, como dijo Aristóteles, la memoria es la bitácora del alma?
No lo sé, pero me da gusto verte tan (hipocondriacamente) bien.
*Now playing: "Ojos noche" - Elsa y Elmar
domingo, 4 de junio de 2023
Epílogo
"Cada palabra tiene consecuencias. Cada silencio también”.
Jean-Paul Sartre
Ha pasado una semana desde aquel fortuito encuentro.
Me levanto de la cama, me preparo un plato de cereal. Tarareo una canción: "...de no haberte conocido mi vida no sería así, y creo que nunca te lo he dicho: mientras duró fui el más feliz 🎶". Me sigo preguntando tantas cosas, es como si me hubieran desarmado todo eso que aún me esmeraba por armar, como un castillito de Legos o una inestable torre de Jenga que colpasó catastróficamente; y lo patético es que no he salido de mi asombro. El castigo de ser una overthinker es darle vueltas y vueltas a las cosas hasta encontrarles vértices infinitos y perderme en ellos como si eso me pudiera ayudar a encontrarles un sentido, lo que, por supuesto, nunca sucede, y por el contrario, me hace vislumbrar 14 millones de escenarios multiplicando las (im)probabilidades a la décima potencia.
Rememoro esa noche, pretendiendo llenar esos huecos que con nada consigo hilar, como continuando el guión de la inusitada historia.
Después de unos tacos en el lugar de siempre con la gente de siempre, me decidí ofrecer un ride a quienes lo necesitaran, obviando el hecho de que éramos 8 personas y solo dos vehículos. Luego de un par de momentos algo incómodos por lo extrañamente distinto de tu actuar, abordé mi auto y -como suelo hacer- me rendí y no insisití más. Siempre he creído que aquí nada es a fuerzas, tomé un sorbo a mi agüita de horchata e ignoré el absurdo hecho de que, básicamente, todos pretendían irse en el otro coche. Cual si yo tuviera la peste del medioevo, o siendo francos, más bien denotando la -ahora- falta de confianza hacia mí. Whatever.
La lógica de las leyes de la física señalan que la materia no pueden ocupar simultáneamente dos espacios -mucho menos la de siete cuerpos en un sedán-, por lo que de manera inevitable, Aurorita optó por aceptar mi humilde oferta con rumbo al centro. No escuché cómo, no quise hacerlo, pero de alguna forma, tú también terminaste en el asiento de atrás de mi coche, dejando únicamente el espacio vacío de mis incógnitas como copiloto. "¿Así de plano, de a Uber?" -les pregunté-, y ante el silencio de ambos dije "va, no hay falla". Pero entonces suspiraste, como molesto, y en un arranque abriste la puerta para pasarte adelante impulsivamente. Todo raro, todo tenso, todo tan diferente que yo desconocía por completo al curioso sujeto que ocupaba el lugar en el que ya no estabas tú.
Encendí mi coche y avanzamos. Aurorita tan silenciosa como siempre, y tú enfatizando que morías de sueño. ¿Yo? Permanecí impasible, queriendo desconectarme de ese instante tan inesperado, tan extraño, tan inexplicable y lejano a tantas y tantas otras veces que antes fueron, pero que aquí y ahora claramente ya no son más. Un tope inadvertido y sin palabras de inmediato tú sacando mis lentes de la guantera, reconociendo perfectamente todo aquello que conoces bien.
Avanzo con calma, pidiendo indicaciones a Aurorita para llevarla a su destino. Al darme una vaga referencia, te apresuraste a decirme una indicación clave, de esas que solamente tú y yo identificaríamos con precisión. Asiento con la cabeza, y con toda serenidad, como bajando la guardia, cierras los ojos y te quedas dormido, como con aquella certeza de saber que estabas bien, que conmigo estabas seguro... o simplemente la fiesta y el cansancio terminaron por vencerte. ¿Por qué mi necedad de darle varias lecturas a las cosas? ¿Por qué no puedo simplemente conducir y ya? ¿Por qué es tan difícil poner en mute mis pensamientos? ¿Por qué le doy significado a todo lo que sucede a mi alrededor? ¿Por qué mi hiperobservación de cualquier estímulo los percibe como señales? ¿Por qué mi disonancia cognitiva no me permite simplemente existir omitiendolo todo? Más aún, ¿por qué olvidé mi BlackBerry para al menos oir mi playlist y no la radio? Grrr, ¿por qué no me dijiste a dónde llevarte antes de caer dormido? Mares de preguntas bailando en mi mente hasta que llegamos al primer destino. Me despido de Aurorita y quedo en blanco en medio de ese angosto callejón de un solo sentido y en el que nunca había estado, que conforme avanzo noto que ni siquiera tiene salida, o más bien sí, nos dirige a la zona del mirador, como un maldito chiste cruel de la irónica vida precisamente en el menos oportuno de los momentos.
Doy vuelta en U mientras te pido indicaciones. Tu yo semidormido me dice en una palabra hacia dónde ir y así lo hago, dirigiendo el volante con mi mano izquierda mientras que mi mano derecho busca sostener tu cabeza para que no te lastimes el cuello debido a tu mala postura sobre el asiento. Nada en contra de Cristian Castro que suena de fondo, de hecho esa hasta me gusta, ¡pero definitivamente no, gracias, ahorita no, joven!, ya tengo suficientes referentes que me anclan a tu recuerdo como para añadirle una estúpid*mente atinada canción más, así que presiono un comando del tablero y cambio la estación. "K-102 digital", anuncian, e irónicamente recuerdo que fue precisamente esa emisora la que alguna vez cubrió un evento de nuestro trabajo, y en la que los conductores te entrevistaron a ti. Entrevista que grabé en mi móvil 'como evidencia laboral' pero que 5 meses más tarde no sé porqué no puedo borrarla aún. También recuerdo que la programación a esta hora de la madrugada no es la más actualizada ni mucho menos los hits del momento, pero es lo mejor que hay disponible. Así, mientras subo por la avenida Panamericana, comienzan a escucharse las notas de un muy noventero Chayanne que los archivos de mi niñez reconocen de inmediato.
Para hacerme compañía le subo un poco al volumen -conozco que eso no inmuta tu profundo sueño-, y no me queda más, por inercia comienzo a susurrar cada estrofa; a las que, aunque voy sumergida en mis pensamientos, les presto atención por primera vez en la vida.
"🎶 Fuiste un trozo de hielo en la escarcha, una parte de mí que se marcha con la frialdad que tuviste al decirme adiós..." 🎶. La ironía de la vida es un maldito chiste (in)oportuno -me digo-, mientras volteo a verte y pienso que no me merecía tu repentino y radical silencio ni que te largaras de mi vida así nomás, sin siquiera una despedida, sin un motivo, sin nada más que un mensaje que ya no tuvo respuesta; a sabiendas de que contigo te llevabas un pedazo de mi corazón, ese que tuviste en tus manos medio año y de repente sin explicación te importó menos que cero. Así tuve que re-aprender a seguir viviendo mi vida como si no nos hubiéramos conocido -aunque lo hicimos-, como si nada hubiera pasado -aunque pasó-, como si estuviera completa -aunque no es así y apenas voy reconstruyendo esos fragmentos míos que se fueron contigo-. Qué bueno que duermes, porque así no escuchaste que tuve cobardemente el valor de decirte en voz alta lo enojada que estoy contigo.
Doblo en el semáforo y el boricua toca fibras sensibles. "🎶 ...fuiste tiempo de amor por las noches y hay que reconocer que lo hacías bien, era llegar con la espada hasta la pared..." 🎶. Como recordando aquel simpático mensaje en el que afirmábamos que era bueno "ya no ir tan acelerados", para dos días más tarde caer en lo que tarde o temprano sucedería. Como si pudiera dejar de ver tus manos, tus brazos, tu cuello, y no acordarme. Como si las "noches frías" que mencionaste en tus últimos audios no las estuviera viviendo yo también. Como si no hubieras sido la más indescriptiblemente placentera experiencia. Como si no acabaras de decir que te sigue gustando mi perfume. Y más allá del plano físico, como si no hubieras sabido lo bien que nos hacíamos al querernos bonito, al cuidarnos mutuamente, al compartir lo que realmente era nuestra intimidad en el sentido profundo y que no a cualquiera se le confía: miedos, sueños, planes, traumas, penas, logros, ¡esencia!, al habernos dado la importancia que nos dimos ante todo, frente a todos, y frente a nosotros mismos. No es posible querer sin admirar, y yo a ti te admiraba tanto...
Doy vuelta por el Chedraui, y aprovecho la luz roja del alto para voltear y cerciorarme de que mi mano en tu frente sí esté siendo útil para evitarte un dolor de cuello al día siguiente. "🎶 ...fuiste tantas cosas a la vez que me cuesta creer que hoy no seas nada... sobre todo porque no es verdad, no consigo olvidar esa mirada que aún me hace estremecer"... 🎶 Pfff. La ironía de la vida es un maldito chiste (in)oportuno -insisto-, y a veces no entiendo el sentido del humor del despiadado destino; porque sí, porque la radio local pretende ser un (des)atinado soundtrack, o una gitana que lee mentes, o simplemente como siempre estoy dándole un sentido a todo lo que me sucede, hasta a una canción aleatoria en un momento aleatorio, con mi extrasensible análisis de las casualidades que atribuyo como causalidades. Pero así es, me parece increíble que en ese tiempo eras un siempre. Mi sensei, mi 'camarada', mi confidente, mi 'compa', mi partner in crime. Me parece inverosímil saber que estuvimos a nada de serlo todo, y no hablo de ingenuas pretenciones románticas, no. Fuiste esa conexión que nunca creí que pudiera existir. Fuiste lo mismo que un día me dijiste a mí: "lo más cercano a la persona que siempre he querido encontrar". Fuiste demasiado irreal para ser real. Fuiste mis tardes de otoño, mis anécdotas de infancia, las tapiocas y las raíces de los árboles, mis miradas más sinceras, mis pasos de baile y mis explosiones de risa cuando no había razones para reír. Y me atrevo a decir que yo también lo era para ti, o al menos eso me hacías creer. Fuiste el amigo que en todos estos años jamás había encontrado, y las canciones que jamás había escuchado. Fuiste sorpresa y fuiste medicina -y te lo dije-. Fuiste mis cartas sobre la mesa. Fuiste, del tiempo pasado del ya no más, pero aún así existes, por lo que me mentiría diciendo que hoy no lo eres, aunque ya no estés, aunque este 'tú' ya no es el "tú" de entonces. Porque una hora antes, parados bajo el farol del SuperQ, no dejabas de ver mis ojos para pedirme después que siguiera viendo los tuyos, y lo hice, sin intimidarme ni parpadear pero sintiendo tanto, como queriendo encontrar a ese amigo que se perdió en algún tiempo y espacio desconocido entre el invierno y hoy, ese al que he extrañado cada uno de esos días.
Al no tener ni idea de a dónde dirigirme, me orillo en el estacionamiento. Sí, precisamente ese que fue nuestro spot sede de helados, sombra, almohadas, escondites y planes sin rumbo. La ironía de la vida es un re-maldito chiste (in)oportuno -me repito-, y la radio que no para de sonar. "🎶 ...fuiste amiga de mis enemigos, todos ellos antiguos amigos, ya sé que no se puede evitar..." 🎶 ¿Enemigos? No, jamás he considerado enemigo a nadie, nunca me he considerado tan importante como para que alguien me dedique su energía en enemistad. Sin embargo, aquí estamos, y ahora entiendo que quienes solían formar parte de mi vida por compartir lazos de sangre, por algún motivo que no comprendo han decidido dar un giro de 180° a su relación conmigo, llenándote la cabeza de mentiras que por tu cercanía a ellos has decidido adoptar como verdad, clara falacia ad verecundiam. Así, sin darme un derecho de réplica, en total falacia ad ignorantiam, como si ni siquiera mereciera un voto de confianza, como si nunca te hubiera contado mis historias, como si nada de lo compartido hubiera valido algo y poniendo así en duda si es que algo de lo vivido ahora puedo considerarlo como real, pues nunca te dí motivos de duda pero ahora solo puedo preguntarme... ¿alguna vez confiaste en mí? Miles de hipótesis se arremolinan en mi cabeza, unas aplastando a las otras, y todas aplastándome a mí. En mi lucha por apaciguar mis emociones he debido hacer pausas, respirar, e intentar ponerle nombre a lo que siento. Pero siento mucho. Siento mucho coraje, mucha impotencia, mucha frustración, por un lado es como si me -¿o nos?- hubieran arrancado una posibilidad, como si me hubieran arrebatado algo muy mío, ¡muy nuestro!, un único hilito del que pendía una pequeña esperanza, y me carcome la cabeza y me perfora el corazón, confirmando a Sabina al afirmar que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Toda boba pensando que tal vez hubiera habido un tal vez... o quizás no, pero no hubo espacio a esa oportunidad de descubrirlo. Aunque veo que quien tomo la decisión también fuiste tú. Y tus motivos tendrías. Y entonces, si tu versión es cierta, igual siento aún más decepción, porque no me enoja que mientan sobre mí - en realidad me interesa poco-, lo que me enoja es que tú lo creyeras. Jamás me ha interesado lo que se diga de mi persona, pero me afecta cuando repercute en la gente que me importa, y tú me importabas, me sigues importando. La maldad no me asombra cuando viene de quien claramente no siente aprecio por mí, lo triste de una traición es que jamás viene de tus 'enemigos'. La decepción solo puede provenir de alguien en quien sí confías (y es mi culpa por crear expectativas ilusorias fundamentadas en... ¡todo lo vivido juntos durante esos meses de compañía! ¿Tan equivocada, estúpid* y ciega estaba?). Lo más cruel de las personas hipócritas y poderosas es que te hacen pensar que puedes confiar en ellos, para después tocar exactamente esos puntos débiles que ellos saben que te hacen vulnerable, y sabiendo perfectamente que tú eras mi punto débil, maquiavélicamente te utilizaron para que tú mismo destruyeras lo que fuera que existiera entre nosotros, bajo falacias ad nauseam que te permitiste asumir. No se acabó mi "rol", sino que anularon mi persona por completo, ellos y tú, y pudiste seguir perfectamente ante eso. "¡Caraj*, ¿sabes?!" Yo ya no sé en qué creer.
En un intento por despertarte, sutilmente te llamo por tu nombre para pedir que me dirijas. Yo, cero prisa, pero sabía que en algunas horas el de las prisas por llegar a tiempo a trabajar serías tú. "Necesitas descansar" -me apresuro a decirte-, "por ello quisiera dejarte con bien en tu casa". "Aquí me quedo", me respondes cortante y algo adormilado, y yo respeto el que al parecer no quieras que sepa en dónde vives ahora. Con mi mano izquierda, que es la que me ha permitido operar al volante, quito el freno, pero vuelves a cerrar los ojos, y mientras sujetas suavemente mi mano derecha que sigue deteniendo tu frente, paradójicamente me indicas: "...hey, chica multitask, es en la siguiente calle"...
Quito las intermitentes y avanzo lentamente para intentar llegar a la ubicación cuya exactitud ignoro. "🎶 ...¡fuiste mucho y fuiste muy poco! Así son las historias de locos, son cortas y anchas con forma de corazón..." 🎶. Volteo a verte y agradezco que estés dormido para que pueda perderme en mi 'nebulosa' de cuestionamientos: "fuiste". ¿Qué fuiste? ¿Qué fuimos? Es más, ¿fuimos? ¿Existió un "nosotros"? ¿Y por qué me lo pregunto si bien sé que en su momento eras tanto? Todos se lo preguntaban, quizás también se lo contestaban, pero tú y yo jamás lo hicimos. No éramos "nada", pero éramos de todo. "Sin etiquetas", aunque cumpliendo "roles" según el horario y el lugar. Pero siempre siendo tú, y siempre siendo yo. Era por demás. Ahora es lo de menos, porque ni siquiera entiendo en qué tiempo conjugar lo que éramos, lo que fuimos, lo que somos, lo que podríamos haber sido, lo que llegamos a ser, lo que ya jamás seremos, lo que -aún sin ser- serás para siempre. Con forma de cerebro más que de otro órgano en sentido figurado. Con muchos colores en mi libreta, con muchas letras, con forma de paletitas, de literatura, de esquites, de jazz, de psicoanálisis, de filosofía. Pero sí, fuimos, contra todo pronóstico, fuimos algo corto, pero ancho, breve y efímero como siempre asumimos, pero profundo. Y si mis nociones estaban equivocadas, tampoco es que alguna vez me corrigieras sobre esto.
Bastante conveniente para tí, supongo, pero no tanto para mí, y es hasta ahora que me doy cuenta de ello.
Llego al cruce de la vialidad donde solo hay un sentido. Dudo. Algo de mi lógica me dice que de frente hay más comercios que casas, así que intuyo tomar hacia atrás. La calle vacía me permite maniobrar en mi muy chafita reversa, y logro encontrar un lugar donde la señalización permite estacionarse. Entonces, despiertas, y en un sobresalto como molesto me preguntas cómo supe en dónde era. No, no lo supe, y esa es la verdad, coincidí en ese espacio, si acaso pues solo le atiné (la ironía de la vida es un recontramaldito chiste (in)oportuno -me sigo repitiendo-), y reaccionas escéptico ante ello. Casi tan escéptico como yo que dudo hasta de si realmente vives ahí. Te recuestas sobre mis piernas, y yo apago el auto, todo tal como solía suceder. Entonces hablamos un buen rato. Reímos. Revivimos fragmentos. Oíste mi catársis. Escuché tus pretextos y sus lamentables fundamentos. Reconstruimos las versiones intentando cuadrar nuestras respectivas nociones sobre qué ha sucedido. Nos asombramos por lo que no alcanzamos a justificar. Intercambiamos información -mas nunca ya nada personal, como recuperar nuestros números ni actualizar nuestros domicilios... bueno, yo sí lo hice, porque nada qué ocultar-. Notoriamente presentí la sutil evasión, evitando a toda costa el reconectar. Pero en total contradicción, sonriendo hablaste de "mis manos frías en tu panza", de la "ausencia de garzas", de que al trapear "realmente no estás tan solo". Yo, que cada vez entiendo menos, solo sé que la demostración más grande de cariño es la permanencia, pues quien realmente te quiere nunca te abandona, y así, a pesar de todo, te reiteré que siempre estaré aquí, y que siempre me alegrará el simple hecho de que existas, aunque no te pueda ver. Nos despedimos, como si equis, como si casual, como si nada especial, como si esto se encontrara diario, como si lo que construimos no ocurriera una sola vez en la vida. Así lo dejamos. Qué desperdicio dejar perder así los momentos que no se repetirán jamás, pero bueno, también qué estrés tener dos horas para dormir antes de entrar al trabajo.
🎶 "Fuiste un trozo de hielo en la escarcha... que no llegó a abril." 🎶 No, ni a abril, ni a marzo, ni siquiera a enero, porque desde ese mismísimo diciembre decidiste que 8-6. Y ya. Unilateralmente. Sin más nada. Y se vale. Y lo respeté. ¿Por qué? Nunca supe. Pero tuve que aprender a vivir con ello también. Aunque crea firme e inútilmente que nuestro libro merecía un mejor cierre que eso, y que esto ahora lo vuelve tan confuso, tan vano... tan irremediable y existencialista como Sartre sentenciando que somos lo que hicimos con lo que hicieron con nosotros. ¿Qué hicieron contigo? ¿Qué hiciste conmigo? No sé, no sé nada. Como decía esa canción que siempre cantabas -y que ahora cobra sentido porque la ironía de la vida sí que es un maldito chiste (in)oportuno-, "no sé quién de los dos será...". No tengo en qué creer. Ni siquiera tengo ganas de hacerlo. Haya sido como sea, hoy solo me queda reconstruir lo que soy a partir de ti. Sabiendo lo que ahora sé, después de observar lo que me dejaste ver, pasando la página como bien lo hiciste tú. Solo eso, y seguir tarareando alguna canción... 🎶 Sayonara 🎶...
Pd. Btw, la melodía que fue soundtrack de la anécdota no esta(ba) precisamente en mi top. Pero como dato cultural, fue escrita por el talentosísimo José María Cano, tremendo productor y compositor español que, como simple referencia ochentera, ahí nada más conformó a Mecano junto con su hermano Nacho. Asumo, pues, que en sus letras entiende bien de estos irónicos asuntos. O al menos mucho mejor de lo que yo lo hago.
*Now playing: "Cuando fuimos nada" - Mi sobrino Memo
Jean-Paul Sartre
Ha pasado una semana desde aquel fortuito encuentro.
Me levanto de la cama, me preparo un plato de cereal. Tarareo una canción: "...de no haberte conocido mi vida no sería así, y creo que nunca te lo he dicho: mientras duró fui el más feliz 🎶". Me sigo preguntando tantas cosas, es como si me hubieran desarmado todo eso que aún me esmeraba por armar, como un castillito de Legos o una inestable torre de Jenga que colpasó catastróficamente; y lo patético es que no he salido de mi asombro. El castigo de ser una overthinker es darle vueltas y vueltas a las cosas hasta encontrarles vértices infinitos y perderme en ellos como si eso me pudiera ayudar a encontrarles un sentido, lo que, por supuesto, nunca sucede, y por el contrario, me hace vislumbrar 14 millones de escenarios multiplicando las (im)probabilidades a la décima potencia.
Rememoro esa noche, pretendiendo llenar esos huecos que con nada consigo hilar, como continuando el guión de la inusitada historia.
Después de unos tacos en el lugar de siempre con la gente de siempre, me decidí ofrecer un ride a quienes lo necesitaran, obviando el hecho de que éramos 8 personas y solo dos vehículos. Luego de un par de momentos algo incómodos por lo extrañamente distinto de tu actuar, abordé mi auto y -como suelo hacer- me rendí y no insisití más. Siempre he creído que aquí nada es a fuerzas, tomé un sorbo a mi agüita de horchata e ignoré el absurdo hecho de que, básicamente, todos pretendían irse en el otro coche. Cual si yo tuviera la peste del medioevo, o siendo francos, más bien denotando la -ahora- falta de confianza hacia mí. Whatever.
La lógica de las leyes de la física señalan que la materia no pueden ocupar simultáneamente dos espacios -mucho menos la de siete cuerpos en un sedán-, por lo que de manera inevitable, Aurorita optó por aceptar mi humilde oferta con rumbo al centro. No escuché cómo, no quise hacerlo, pero de alguna forma, tú también terminaste en el asiento de atrás de mi coche, dejando únicamente el espacio vacío de mis incógnitas como copiloto. "¿Así de plano, de a Uber?" -les pregunté-, y ante el silencio de ambos dije "va, no hay falla". Pero entonces suspiraste, como molesto, y en un arranque abriste la puerta para pasarte adelante impulsivamente. Todo raro, todo tenso, todo tan diferente que yo desconocía por completo al curioso sujeto que ocupaba el lugar en el que ya no estabas tú.
Encendí mi coche y avanzamos. Aurorita tan silenciosa como siempre, y tú enfatizando que morías de sueño. ¿Yo? Permanecí impasible, queriendo desconectarme de ese instante tan inesperado, tan extraño, tan inexplicable y lejano a tantas y tantas otras veces que antes fueron, pero que aquí y ahora claramente ya no son más. Un tope inadvertido y sin palabras de inmediato tú sacando mis lentes de la guantera, reconociendo perfectamente todo aquello que conoces bien.
Avanzo con calma, pidiendo indicaciones a Aurorita para llevarla a su destino. Al darme una vaga referencia, te apresuraste a decirme una indicación clave, de esas que solamente tú y yo identificaríamos con precisión. Asiento con la cabeza, y con toda serenidad, como bajando la guardia, cierras los ojos y te quedas dormido, como con aquella certeza de saber que estabas bien, que conmigo estabas seguro... o simplemente la fiesta y el cansancio terminaron por vencerte. ¿Por qué mi necedad de darle varias lecturas a las cosas? ¿Por qué no puedo simplemente conducir y ya? ¿Por qué es tan difícil poner en mute mis pensamientos? ¿Por qué le doy significado a todo lo que sucede a mi alrededor? ¿Por qué mi hiperobservación de cualquier estímulo los percibe como señales? ¿Por qué mi disonancia cognitiva no me permite simplemente existir omitiendolo todo? Más aún, ¿por qué olvidé mi BlackBerry para al menos oir mi playlist y no la radio? Grrr, ¿por qué no me dijiste a dónde llevarte antes de caer dormido? Mares de preguntas bailando en mi mente hasta que llegamos al primer destino. Me despido de Aurorita y quedo en blanco en medio de ese angosto callejón de un solo sentido y en el que nunca había estado, que conforme avanzo noto que ni siquiera tiene salida, o más bien sí, nos dirige a la zona del mirador, como un maldito chiste cruel de la irónica vida precisamente en el menos oportuno de los momentos.
Doy vuelta en U mientras te pido indicaciones. Tu yo semidormido me dice en una palabra hacia dónde ir y así lo hago, dirigiendo el volante con mi mano izquierda mientras que mi mano derecho busca sostener tu cabeza para que no te lastimes el cuello debido a tu mala postura sobre el asiento. Nada en contra de Cristian Castro que suena de fondo, de hecho esa hasta me gusta, ¡pero definitivamente no, gracias, ahorita no, joven!, ya tengo suficientes referentes que me anclan a tu recuerdo como para añadirle una estúpid*mente atinada canción más, así que presiono un comando del tablero y cambio la estación. "K-102 digital", anuncian, e irónicamente recuerdo que fue precisamente esa emisora la que alguna vez cubrió un evento de nuestro trabajo, y en la que los conductores te entrevistaron a ti. Entrevista que grabé en mi móvil 'como evidencia laboral' pero que 5 meses más tarde no sé porqué no puedo borrarla aún. También recuerdo que la programación a esta hora de la madrugada no es la más actualizada ni mucho menos los hits del momento, pero es lo mejor que hay disponible. Así, mientras subo por la avenida Panamericana, comienzan a escucharse las notas de un muy noventero Chayanne que los archivos de mi niñez reconocen de inmediato.
Para hacerme compañía le subo un poco al volumen -conozco que eso no inmuta tu profundo sueño-, y no me queda más, por inercia comienzo a susurrar cada estrofa; a las que, aunque voy sumergida en mis pensamientos, les presto atención por primera vez en la vida.
"🎶 Fuiste un trozo de hielo en la escarcha, una parte de mí que se marcha con la frialdad que tuviste al decirme adiós..." 🎶. La ironía de la vida es un maldito chiste (in)oportuno -me digo-, mientras volteo a verte y pienso que no me merecía tu repentino y radical silencio ni que te largaras de mi vida así nomás, sin siquiera una despedida, sin un motivo, sin nada más que un mensaje que ya no tuvo respuesta; a sabiendas de que contigo te llevabas un pedazo de mi corazón, ese que tuviste en tus manos medio año y de repente sin explicación te importó menos que cero. Así tuve que re-aprender a seguir viviendo mi vida como si no nos hubiéramos conocido -aunque lo hicimos-, como si nada hubiera pasado -aunque pasó-, como si estuviera completa -aunque no es así y apenas voy reconstruyendo esos fragmentos míos que se fueron contigo-. Qué bueno que duermes, porque así no escuchaste que tuve cobardemente el valor de decirte en voz alta lo enojada que estoy contigo.
Doblo en el semáforo y el boricua toca fibras sensibles. "🎶 ...fuiste tiempo de amor por las noches y hay que reconocer que lo hacías bien, era llegar con la espada hasta la pared..." 🎶. Como recordando aquel simpático mensaje en el que afirmábamos que era bueno "ya no ir tan acelerados", para dos días más tarde caer en lo que tarde o temprano sucedería. Como si pudiera dejar de ver tus manos, tus brazos, tu cuello, y no acordarme. Como si las "noches frías" que mencionaste en tus últimos audios no las estuviera viviendo yo también. Como si no hubieras sido la más indescriptiblemente placentera experiencia. Como si no acabaras de decir que te sigue gustando mi perfume. Y más allá del plano físico, como si no hubieras sabido lo bien que nos hacíamos al querernos bonito, al cuidarnos mutuamente, al compartir lo que realmente era nuestra intimidad en el sentido profundo y que no a cualquiera se le confía: miedos, sueños, planes, traumas, penas, logros, ¡esencia!, al habernos dado la importancia que nos dimos ante todo, frente a todos, y frente a nosotros mismos. No es posible querer sin admirar, y yo a ti te admiraba tanto...
Doy vuelta por el Chedraui, y aprovecho la luz roja del alto para voltear y cerciorarme de que mi mano en tu frente sí esté siendo útil para evitarte un dolor de cuello al día siguiente. "🎶 ...fuiste tantas cosas a la vez que me cuesta creer que hoy no seas nada... sobre todo porque no es verdad, no consigo olvidar esa mirada que aún me hace estremecer"... 🎶 Pfff. La ironía de la vida es un maldito chiste (in)oportuno -insisto-, y a veces no entiendo el sentido del humor del despiadado destino; porque sí, porque la radio local pretende ser un (des)atinado soundtrack, o una gitana que lee mentes, o simplemente como siempre estoy dándole un sentido a todo lo que me sucede, hasta a una canción aleatoria en un momento aleatorio, con mi extrasensible análisis de las casualidades que atribuyo como causalidades. Pero así es, me parece increíble que en ese tiempo eras un siempre. Mi sensei, mi 'camarada', mi confidente, mi 'compa', mi partner in crime. Me parece inverosímil saber que estuvimos a nada de serlo todo, y no hablo de ingenuas pretenciones románticas, no. Fuiste esa conexión que nunca creí que pudiera existir. Fuiste lo mismo que un día me dijiste a mí: "lo más cercano a la persona que siempre he querido encontrar". Fuiste demasiado irreal para ser real. Fuiste mis tardes de otoño, mis anécdotas de infancia, las tapiocas y las raíces de los árboles, mis miradas más sinceras, mis pasos de baile y mis explosiones de risa cuando no había razones para reír. Y me atrevo a decir que yo también lo era para ti, o al menos eso me hacías creer. Fuiste el amigo que en todos estos años jamás había encontrado, y las canciones que jamás había escuchado. Fuiste sorpresa y fuiste medicina -y te lo dije-. Fuiste mis cartas sobre la mesa. Fuiste, del tiempo pasado del ya no más, pero aún así existes, por lo que me mentiría diciendo que hoy no lo eres, aunque ya no estés, aunque este 'tú' ya no es el "tú" de entonces. Porque una hora antes, parados bajo el farol del SuperQ, no dejabas de ver mis ojos para pedirme después que siguiera viendo los tuyos, y lo hice, sin intimidarme ni parpadear pero sintiendo tanto, como queriendo encontrar a ese amigo que se perdió en algún tiempo y espacio desconocido entre el invierno y hoy, ese al que he extrañado cada uno de esos días.
Al no tener ni idea de a dónde dirigirme, me orillo en el estacionamiento. Sí, precisamente ese que fue nuestro spot sede de helados, sombra, almohadas, escondites y planes sin rumbo. La ironía de la vida es un re-maldito chiste (in)oportuno -me repito-, y la radio que no para de sonar. "🎶 ...fuiste amiga de mis enemigos, todos ellos antiguos amigos, ya sé que no se puede evitar..." 🎶 ¿Enemigos? No, jamás he considerado enemigo a nadie, nunca me he considerado tan importante como para que alguien me dedique su energía en enemistad. Sin embargo, aquí estamos, y ahora entiendo que quienes solían formar parte de mi vida por compartir lazos de sangre, por algún motivo que no comprendo han decidido dar un giro de 180° a su relación conmigo, llenándote la cabeza de mentiras que por tu cercanía a ellos has decidido adoptar como verdad, clara falacia ad verecundiam. Así, sin darme un derecho de réplica, en total falacia ad ignorantiam, como si ni siquiera mereciera un voto de confianza, como si nunca te hubiera contado mis historias, como si nada de lo compartido hubiera valido algo y poniendo así en duda si es que algo de lo vivido ahora puedo considerarlo como real, pues nunca te dí motivos de duda pero ahora solo puedo preguntarme... ¿alguna vez confiaste en mí? Miles de hipótesis se arremolinan en mi cabeza, unas aplastando a las otras, y todas aplastándome a mí. En mi lucha por apaciguar mis emociones he debido hacer pausas, respirar, e intentar ponerle nombre a lo que siento. Pero siento mucho. Siento mucho coraje, mucha impotencia, mucha frustración, por un lado es como si me -¿o nos?- hubieran arrancado una posibilidad, como si me hubieran arrebatado algo muy mío, ¡muy nuestro!, un único hilito del que pendía una pequeña esperanza, y me carcome la cabeza y me perfora el corazón, confirmando a Sabina al afirmar que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Toda boba pensando que tal vez hubiera habido un tal vez... o quizás no, pero no hubo espacio a esa oportunidad de descubrirlo. Aunque veo que quien tomo la decisión también fuiste tú. Y tus motivos tendrías. Y entonces, si tu versión es cierta, igual siento aún más decepción, porque no me enoja que mientan sobre mí - en realidad me interesa poco-, lo que me enoja es que tú lo creyeras. Jamás me ha interesado lo que se diga de mi persona, pero me afecta cuando repercute en la gente que me importa, y tú me importabas, me sigues importando. La maldad no me asombra cuando viene de quien claramente no siente aprecio por mí, lo triste de una traición es que jamás viene de tus 'enemigos'. La decepción solo puede provenir de alguien en quien sí confías (y es mi culpa por crear expectativas ilusorias fundamentadas en... ¡todo lo vivido juntos durante esos meses de compañía! ¿Tan equivocada, estúpid* y ciega estaba?). Lo más cruel de las personas hipócritas y poderosas es que te hacen pensar que puedes confiar en ellos, para después tocar exactamente esos puntos débiles que ellos saben que te hacen vulnerable, y sabiendo perfectamente que tú eras mi punto débil, maquiavélicamente te utilizaron para que tú mismo destruyeras lo que fuera que existiera entre nosotros, bajo falacias ad nauseam que te permitiste asumir. No se acabó mi "rol", sino que anularon mi persona por completo, ellos y tú, y pudiste seguir perfectamente ante eso. "¡Caraj*, ¿sabes?!" Yo ya no sé en qué creer.
En un intento por despertarte, sutilmente te llamo por tu nombre para pedir que me dirijas. Yo, cero prisa, pero sabía que en algunas horas el de las prisas por llegar a tiempo a trabajar serías tú. "Necesitas descansar" -me apresuro a decirte-, "por ello quisiera dejarte con bien en tu casa". "Aquí me quedo", me respondes cortante y algo adormilado, y yo respeto el que al parecer no quieras que sepa en dónde vives ahora. Con mi mano izquierda, que es la que me ha permitido operar al volante, quito el freno, pero vuelves a cerrar los ojos, y mientras sujetas suavemente mi mano derecha que sigue deteniendo tu frente, paradójicamente me indicas: "...hey, chica multitask, es en la siguiente calle"...
Quito las intermitentes y avanzo lentamente para intentar llegar a la ubicación cuya exactitud ignoro. "🎶 ...¡fuiste mucho y fuiste muy poco! Así son las historias de locos, son cortas y anchas con forma de corazón..." 🎶. Volteo a verte y agradezco que estés dormido para que pueda perderme en mi 'nebulosa' de cuestionamientos: "fuiste". ¿Qué fuiste? ¿Qué fuimos? Es más, ¿fuimos? ¿Existió un "nosotros"? ¿Y por qué me lo pregunto si bien sé que en su momento eras tanto? Todos se lo preguntaban, quizás también se lo contestaban, pero tú y yo jamás lo hicimos. No éramos "nada", pero éramos de todo. "Sin etiquetas", aunque cumpliendo "roles" según el horario y el lugar. Pero siempre siendo tú, y siempre siendo yo. Era por demás. Ahora es lo de menos, porque ni siquiera entiendo en qué tiempo conjugar lo que éramos, lo que fuimos, lo que somos, lo que podríamos haber sido, lo que llegamos a ser, lo que ya jamás seremos, lo que -aún sin ser- serás para siempre. Con forma de cerebro más que de otro órgano en sentido figurado. Con muchos colores en mi libreta, con muchas letras, con forma de paletitas, de literatura, de esquites, de jazz, de psicoanálisis, de filosofía. Pero sí, fuimos, contra todo pronóstico, fuimos algo corto, pero ancho, breve y efímero como siempre asumimos, pero profundo. Y si mis nociones estaban equivocadas, tampoco es que alguna vez me corrigieras sobre esto.
Bastante conveniente para tí, supongo, pero no tanto para mí, y es hasta ahora que me doy cuenta de ello.
Llego al cruce de la vialidad donde solo hay un sentido. Dudo. Algo de mi lógica me dice que de frente hay más comercios que casas, así que intuyo tomar hacia atrás. La calle vacía me permite maniobrar en mi muy chafita reversa, y logro encontrar un lugar donde la señalización permite estacionarse. Entonces, despiertas, y en un sobresalto como molesto me preguntas cómo supe en dónde era. No, no lo supe, y esa es la verdad, coincidí en ese espacio, si acaso pues solo le atiné (la ironía de la vida es un recontramaldito chiste (in)oportuno -me sigo repitiendo-), y reaccionas escéptico ante ello. Casi tan escéptico como yo que dudo hasta de si realmente vives ahí. Te recuestas sobre mis piernas, y yo apago el auto, todo tal como solía suceder. Entonces hablamos un buen rato. Reímos. Revivimos fragmentos. Oíste mi catársis. Escuché tus pretextos y sus lamentables fundamentos. Reconstruimos las versiones intentando cuadrar nuestras respectivas nociones sobre qué ha sucedido. Nos asombramos por lo que no alcanzamos a justificar. Intercambiamos información -mas nunca ya nada personal, como recuperar nuestros números ni actualizar nuestros domicilios... bueno, yo sí lo hice, porque nada qué ocultar-. Notoriamente presentí la sutil evasión, evitando a toda costa el reconectar. Pero en total contradicción, sonriendo hablaste de "mis manos frías en tu panza", de la "ausencia de garzas", de que al trapear "realmente no estás tan solo". Yo, que cada vez entiendo menos, solo sé que la demostración más grande de cariño es la permanencia, pues quien realmente te quiere nunca te abandona, y así, a pesar de todo, te reiteré que siempre estaré aquí, y que siempre me alegrará el simple hecho de que existas, aunque no te pueda ver. Nos despedimos, como si equis, como si casual, como si nada especial, como si esto se encontrara diario, como si lo que construimos no ocurriera una sola vez en la vida. Así lo dejamos. Qué desperdicio dejar perder así los momentos que no se repetirán jamás, pero bueno, también qué estrés tener dos horas para dormir antes de entrar al trabajo.
🎶 "Fuiste un trozo de hielo en la escarcha... que no llegó a abril." 🎶 No, ni a abril, ni a marzo, ni siquiera a enero, porque desde ese mismísimo diciembre decidiste que 8-6. Y ya. Unilateralmente. Sin más nada. Y se vale. Y lo respeté. ¿Por qué? Nunca supe. Pero tuve que aprender a vivir con ello también. Aunque crea firme e inútilmente que nuestro libro merecía un mejor cierre que eso, y que esto ahora lo vuelve tan confuso, tan vano... tan irremediable y existencialista como Sartre sentenciando que somos lo que hicimos con lo que hicieron con nosotros. ¿Qué hicieron contigo? ¿Qué hiciste conmigo? No sé, no sé nada. Como decía esa canción que siempre cantabas -y que ahora cobra sentido porque la ironía de la vida sí que es un maldito chiste (in)oportuno-, "no sé quién de los dos será...". No tengo en qué creer. Ni siquiera tengo ganas de hacerlo. Haya sido como sea, hoy solo me queda reconstruir lo que soy a partir de ti. Sabiendo lo que ahora sé, después de observar lo que me dejaste ver, pasando la página como bien lo hiciste tú. Solo eso, y seguir tarareando alguna canción... 🎶 Sayonara 🎶...
Pd. Btw, la melodía que fue soundtrack de la anécdota no esta(ba) precisamente en mi top. Pero como dato cultural, fue escrita por el talentosísimo José María Cano, tremendo productor y compositor español que, como simple referencia ochentera, ahí nada más conformó a Mecano junto con su hermano Nacho. Asumo, pues, que en sus letras entiende bien de estos irónicos asuntos. O al menos mucho mejor de lo que yo lo hago.
*Now playing: "Cuando fuimos nada" - Mi sobrino Memo
Etiquetas:
consecuencias,
desenlace,
difamación,
existencialismo,
falacias,
incógnitas,
Jean-Paul Sartre,
Joaquín Sabina,
nebulosa,
nostalgia,
radiodifusora,
Raul Ornelas,
resignación,
silencios,
soledad
domingo, 28 de mayo de 2023
"Ahí, pa' mayo..."
"No toda distancia es ausencia, ni todo silencio es olvido".
M. Sarmiento
"¡Lo cumplimos!", te digo al percatarme de la fecha. Tú estallas en risas conmigo mientras suelto el volante de mi auto y volteo hacia el asiento de copiloto en donde tantas otras veces habías estado antes. "Wow, lo cumplimos", repites asombrado, y es como si el sentimiento compartido no se hubiera ido nunca. Me regresas la mirada y reacciono como un huracán contenido e inevitablemente desbordado. Absorta en la sincronía del momento. Después de ello, tomas mi mano, vuelvo a sentir mis deditos entrelazados con los tuyos y, bueno, no lo sabes pero vuelvo a quedar desarmada.
Me miras, te miro. Escucho tu voz y me parece tan irreal que estamos aquí.
Sin saberlo, sin planearlo, sin imaginarlo siquiera. Lo cumplimos.
El rush de adrenalina, el subidón de la emoción, el remolino de recuerdos. Todo está ahí, como un déjà vu que nunca dejó de latir, cuando menos para mí, por más intentos que he hecho por sepultarlo.
Hoy fue noche de fiesta, y tú asumiéndome como esa chica brillante que interpreta tus mensajes a medias.
El reloj que no detiene su curso, y yo queriendo ser más franca que cursi.
Porque las cosas no se dicen, se hacen, y jamás me arrepentiré de expresar -y demostrar- lo que siento, porque la vida es muy breve para ser tibios, por congruencia, porque ser honesta me da paz. Porque el que quiere estar, está, más allá de un "aquí estoy". Porque si me borras tan fácilmente de tu vida, me da absolutamente igual que no me tengas en un móvil. Porque cuando hay dudas, no hay dudas, y dices que en su momento dudaste en contactarme. Jamás lo entenderé pero también jamás pedí ni necesité explicaciones ni mucho menos excusas. Ni antes ni ahora. Tú pidiendo que "te odie" (?) y yo esperando que me olvides como todos los demás. Porque como me enseñó Adri: "todos vamos a ser los malos en una historia mal contada". Porque jamás he mentido, porque sé quién soy y pensaba que quizás tú también lo sabrías, aunque veo que lo que nunca supe era qué "rol" jugaba para ti. Pero yo creía en ti, así como ahora más que nunca creo en el aforismo de Heráclito afirmando que -evidentemente- nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Y sí, "soy muy valiente" porque es lo que hay. Escúchalos, eres bueno haciéndolo, y es más, cree en lo que decidas creer. Señales, intuición, coincidencias, casualidades, rumores, sus palabras, o mis ojos.
Ya qué más da. Porque igual yo elijo pensar que éramos mejor que eso.
Puede ser que no signifique nada. Puede ser que nunca más vuelva a pasar.
Pero nada cambiará el que esta historia haya sido una serendipia, incluso hasta el habernos encontrado hoy.
*Now playing: "...porque ¿sabes? y si no lo sabes, no importa... hoy ten miedo de mayo..." 🎶
M. Sarmiento
"¡Lo cumplimos!", te digo al percatarme de la fecha. Tú estallas en risas conmigo mientras suelto el volante de mi auto y volteo hacia el asiento de copiloto en donde tantas otras veces habías estado antes. "Wow, lo cumplimos", repites asombrado, y es como si el sentimiento compartido no se hubiera ido nunca. Me regresas la mirada y reacciono como un huracán contenido e inevitablemente desbordado. Absorta en la sincronía del momento. Después de ello, tomas mi mano, vuelvo a sentir mis deditos entrelazados con los tuyos y, bueno, no lo sabes pero vuelvo a quedar desarmada.
Me miras, te miro. Escucho tu voz y me parece tan irreal que estamos aquí.
Sin saberlo, sin planearlo, sin imaginarlo siquiera. Lo cumplimos.
El rush de adrenalina, el subidón de la emoción, el remolino de recuerdos. Todo está ahí, como un déjà vu que nunca dejó de latir, cuando menos para mí, por más intentos que he hecho por sepultarlo.
Hoy fue noche de fiesta, y tú asumiéndome como esa chica brillante que interpreta tus mensajes a medias.
El reloj que no detiene su curso, y yo queriendo ser más franca que cursi.
Porque las cosas no se dicen, se hacen, y jamás me arrepentiré de expresar -y demostrar- lo que siento, porque la vida es muy breve para ser tibios, por congruencia, porque ser honesta me da paz. Porque el que quiere estar, está, más allá de un "aquí estoy". Porque si me borras tan fácilmente de tu vida, me da absolutamente igual que no me tengas en un móvil. Porque cuando hay dudas, no hay dudas, y dices que en su momento dudaste en contactarme. Jamás lo entenderé pero también jamás pedí ni necesité explicaciones ni mucho menos excusas. Ni antes ni ahora. Tú pidiendo que "te odie" (?) y yo esperando que me olvides como todos los demás. Porque como me enseñó Adri: "todos vamos a ser los malos en una historia mal contada". Porque jamás he mentido, porque sé quién soy y pensaba que quizás tú también lo sabrías, aunque veo que lo que nunca supe era qué "rol" jugaba para ti. Pero yo creía en ti, así como ahora más que nunca creo en el aforismo de Heráclito afirmando que -evidentemente- nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Y sí, "soy muy valiente" porque es lo que hay. Escúchalos, eres bueno haciéndolo, y es más, cree en lo que decidas creer. Señales, intuición, coincidencias, casualidades, rumores, sus palabras, o mis ojos.
Ya qué más da. Porque igual yo elijo pensar que éramos mejor que eso.
Puede ser que no signifique nada. Puede ser que nunca más vuelva a pasar.
Pero nada cambiará el que esta historia haya sido una serendipia, incluso hasta el habernos encontrado hoy.
*Now playing: "...porque ¿sabes? y si no lo sabes, no importa... hoy ten miedo de mayo..." 🎶
miércoles, 3 de mayo de 2023
Olvídame tú -si no lo has hecho ya-
"A woman's heart is a deep ocean of secrets"
Rose Dewitt Bukater
Hoy en una conversación random salió su nombre.
Lo había estado evitando. He guardado esa historia exclusivamente para mí.
Pero hoy alguien mencionó su nombre. Inesperadamente. En mi oficina. De lo más casual. De lo más equis.
Su nombre y una anécdota chiquita.
Mis ojos -según me dijo- "brillaron" al escucharla.
Qué oso, siempre tan ridícula. Aunque no me disculpo, ni busco justificarme.
Porque él me tocó el alma antes que la piel.
Y díganme, ¿cómo se olvidan de eso?
*Now playing: "Someday we'll know" - New Radicals.
Rose Dewitt Bukater
Hoy en una conversación random salió su nombre.
Lo había estado evitando. He guardado esa historia exclusivamente para mí.
Pero hoy alguien mencionó su nombre. Inesperadamente. En mi oficina. De lo más casual. De lo más equis.
Su nombre y una anécdota chiquita.
Mis ojos -según me dijo- "brillaron" al escucharla.
Qué oso, siempre tan ridícula. Aunque no me disculpo, ni busco justificarme.
Porque él me tocó el alma antes que la piel.
Y díganme, ¿cómo se olvidan de eso?
*Now playing: "Someday we'll know" - New Radicals.
domingo, 11 de diciembre de 2022
Noches frías
"It's the season to be jolly, fa lala lala lala la la..." 🎶
"Deck the Halls", villancico popular.
Amo la Navidad, con locura.
Cada año la espero con ansias, de hecho en esta ocasión tenía planes e ideas para compartir. Estaba contando los días para repartir chispitas de un extra espíritu buenaondita. Pero Lennon tenía razón al decir que la vida es todo aquello que te pasa mientras vas por ahí haciendo planes. Y Diciembre llegó abruptamente para mí. Debería estar acostumbrada.
Las lucecitas en las calles, la emoción por lo que traerá un nuevo año, la calidez de una familia cariñosa, el poder dar regalos -materiales o no- para hacer felices a todos, los besos y abrazos, la música, el decorar nuestros espacios, las reuniones con la gente que te quiere, los brindis y buenos deseos, la preparación de un menú en compañía, el espíritu nostálgico, las sonrisas...
Ya no sé qué pensar acerca de "la magia" de la Navidad. Pero creo en el poder de los deseos. Y añoraría que aquellos a quienes hoy nos hace falta todo eso, tuviésemos algo más que un abrigo bonito para no sentir cómo cala la soledad.
Debería existir una ley que prohibiera tener el corazón roto en estas fechas.
*Now playing: "Diciembre" - Tini
"Deck the Halls", villancico popular.
Amo la Navidad, con locura.
Cada año la espero con ansias, de hecho en esta ocasión tenía planes e ideas para compartir. Estaba contando los días para repartir chispitas de un extra espíritu buenaondita. Pero Lennon tenía razón al decir que la vida es todo aquello que te pasa mientras vas por ahí haciendo planes. Y Diciembre llegó abruptamente para mí. Debería estar acostumbrada.
Las lucecitas en las calles, la emoción por lo que traerá un nuevo año, la calidez de una familia cariñosa, el poder dar regalos -materiales o no- para hacer felices a todos, los besos y abrazos, la música, el decorar nuestros espacios, las reuniones con la gente que te quiere, los brindis y buenos deseos, la preparación de un menú en compañía, el espíritu nostálgico, las sonrisas...
Ya no sé qué pensar acerca de "la magia" de la Navidad. Pero creo en el poder de los deseos. Y añoraría que aquellos a quienes hoy nos hace falta todo eso, tuviésemos algo más que un abrigo bonito para no sentir cómo cala la soledad.
Debería existir una ley que prohibiera tener el corazón roto en estas fechas.
*Now playing: "Diciembre" - Tini
sábado, 3 de diciembre de 2022
Reflexión en una noche estrellada y reluciente
"Y que tu espíritu se eleve en medio de este gran espectáculo universal."
O. Montiel
Here I go again. No me gusta usar la palabra "duelo", pero ahora me corresponde nuevamente vivir un proceso de adaptación emocional debido a una especie de pérdida. En ocasiones, se requiere toda nuestra energía para canalizar de forma prudente aquello que nos causa una pena. Sin embargo, esta vez es complejo, porque sé que me enfrento a una pérdida doble, y tengo prefectamente claro cuál de ambas me duele más.
El asombro de descubrirnos entre comentarios random que nos llevaron de Habermas a Foucault, las lecciones sobre mojitos y tés helados, mi separador hecho a mano, las porritas y el ánimo, su comprensión, su empatía y su paciencia, una mañana de sábado de debate cultural y la sorpresiva casualidad de un encuentro inesperado, los análisis socioculturales, una cata de mezcal que se prolongó por horas entre miradas curiosas ("¿estás incómoda?" "¡no!") hasta el cierre, un mensaje que se quedó en un universo paralelo, las conversaciones filosóficas y las anécdotas sobre historias de nuestro ayer, mis manos frías y el préstamo de "su panza" para calentarlas, la química, las repentinas preguntas curiosas, las paletitas escondidas entre los billetes -que derivaron en un simpático apodo temporal-, la Armanda y el pequeño Harry de Hesse, un fanzine bimestral -y Totopo, el xoloitzcuintle-, la cuestión sobre "ser servicial o diligente", su pregunta acerca de si aceptaría un día ir a su ciudad -"así de compas"-, las notitas en mi libreta de Kitty, o dentro de un libro -con la instrucción de "abrir aquí"-, o que sutil y secretamente me pasaba entrelazando nuestras manos por debajo de la barra, el foamy protector para una esquina puntiaguda, Dostoyevski, Sartre, Fromm, Lewin, Jung, Freud, Gorbachov, Manuel Medrano, mi sueño como un inimaginable presagio, mi chonguito y los leones y las gacelas, el acento español y las cucharitas bebés como testigas de nuestros chistes locales, el análisis grafológico de mi firma, Timothy y el ataque de los nazis, la definición de la palabra 'disidente', esa primera invitación por un Clamato, el posterior mini tour al mural de la calle 2 de Abril y la puesta de sol en el mirador, el perfume con aroma a Capitan Morgan, su interés y opiniones al leer mi tesis, la búsqueda de la mejor pomada para sanar quemaduras, una bici ya no tan necesaria, unos mocos invisibles, un lémur para la lluvia, su risa, DLD y una canción que según yo no es tan popular sonando en el auto mientras cantábamos a todo volumen con rumbo a las marquesitas bajo las lucecillas que alumbraban la noche, su perfil tan perfecto y tan concentrado mientras le veía leer los periódicos por la mañana, el atole de chocolate con el que en los días fríos más que a mis manos le regalaba calor a mí espíritu, esa flor desconocida a la que bautizamos como "la cadenita de Carmen", los sinónimos para responder el crucigrama de alguna revista, la promesa de su futuro en Florencia, la alocada intención de ir al concierto de Arjona, su abracito cada mañana acompañado de un "buenos días", las risillas y comentarios de las chefs en la cocina, su café matutino al ritmo del jazz y sus muy personales y significativas anécdotas compartidas al respecto, los nueve círculos del infierno de Dante, el garrafón que siempre quería ayudarme a cargar sabiendo que yo podía hacerlo, su armónica voz cantando mientras finalizábamos nuestras labores, su vestimenta clásica y su porte, su risa, las mil y un tardes de pláticas acompañadas de perlitas sabor moka o piña colada, un regalo sorpresa para celebrar su "no cumpleaños" 50 días después brindando con una Gringa, su carcajada al descubrir una descripción en mi viejo Blackberry, del cual yo amaba que supiera la contraseña -como amaba que todos supieran cuál era su lugar en mi auto o más aún, darle a ciegas mis llaves para conducirlo-, el intercambio de películas plagadas de mini post-it's, su amplio vocabulario y su caballerosidad al abrirme la puerta o cambiarse de lugar por las banquetas, el manejar sin rumbo por la carretera, su risa, un KitKat derretido, las imágenes campiranas en sus narraciones sobre su lugar de origen, la conexión en el silencio al escuchar mi canción favorita una tarde estacionados en medio de la nada, las raíces entrelazadas de los árboles en aquel parque a punto de cerrar al caer la tarde -mientras planeábamos volver a él en primavera para catar queso y vino en la Feria-, el playlist de regreso -que más que música sonaba a sugerencia, el tic reflejado en su mandíbula al apretar los dientes mientras escucha en silencio, un par de nieves en cono de la Michoacana y la divertida ocurrencia de la almohada azul que aún habita en nuestro bunker -para el que solo nos bastaban las horas de una tarde entera en el estacionamiento de algún supermercado como escondite, a la vista de cualquiera y a la vez como refugio entre toda la gente que pasaba alrededor sin percatarse-, mi primo sugiriéndole que "me quitara lo fresa", una papita extranjera sabor pollo, un amor incomprendido plasmado en un encendedor blanco, su risa, su consideración manifiesta en una exclusiva hamburguesa portobello, sus deliciosos platillos cada lunes y su atención a mi riguroso desayuno cada día, la coincidencia descrita por Macaco, la no planeada instauración oficial de "nuestros viernes" -bautizados así por él-, el sol que le gusta cuando no está, su risa, un capuccino y una bebida sabor "aromatizante Glade campos de lavanda" en una pequeña cafetería bajo un atardecer lluvioso, mi look de muñeca mexicana y él compartiendo el escenario del karaoke antes de nuestro baile durante esa patriótica tarde de drinks en un mesón, un par de esquites y el sol reflejado en mis ojos al atardecer en las bancas del parque sin garzas pero con viejitos bailando danzón, su guitarra, sus letras y su voz desarmándome por completo, una canción que no era tan de mi gusto hasta que la escuché en su voz y nunca más la pude volver a escuchar igual, su manera de escuchar lo que a nadie más le había contado, aquel primer mensaje el día en que la Tierra tembló, su risa, los audios con sus canciones -esas que no he podido ni querido parar de escuchar-, su pregunta sobre "conciencia y moral", la historia de un antecedente narrada sin pedirlo, su desvelada por la reunión a la que no fui aquella lluviosa noche de martes, y el análisis de nuestros animales favoritos la tarde en el jardín junto al río, un poema de María Elena Walsh, lo que yo sabía y escuché por otros y la chela que rechacé al terminar nuestro horario -prefiriendo una solitaria caminata-, el nudito con el crujir de mi estómago al confirmar la realidad después de una confesión no solicitada sobre algo "que no significó nada" -y el escrito compartido que surgió como incómoda catársis en su cuaderno-, Los Claxons sonando de fondo, Adela y sus consejos indiscretos al mencionarme "lo que tiene con su vecina" para "recomendarme mejor a Bob", Don Gilo y sus palabras tan llenas de verdad -una verdad cruda a la que no sé porqué no le di importancia aunque debí-, yo como fan de una entrevista radiofónica, una margarita apresurados en alguna terraza mientras por culpa de Nietzche le abría la puerta hacia algunas de mis letras, una segunda visita a aquel mesón con unos cuantos drinks de más y un par de frustrados oficiales deseosos de comprobar una supuesta falta a la moral, su risa, las obleas de nata, la dona de chocolate y el ojo de buey, sus pasos de baile, el aniversario y el juego de 'verdad o reto' -que para nosotros ya no era tan "reto"-, mi copiloto y el SuperQ luego de la casa de Rosy, el señor Medina y una llanta ponchada, la plática en francés con el canadiense de la 22, los alemanes de la 53 y los holandeses de la 55, la banquita enfrente del teacher, la dieta de los patos ("disculpe, tiene un momento para hablarle de..."), el tono de Mario Bros en momentos de suspenso, los ocasionales, discretos e inesperados microbesitos express en mi mejilla mientras me encontraba de espaldas sumergida en Facturalandia, su risa, el encargo de una misión en la tienda departamental para hacer sonreír a Adri, una bebida en Krispy Cream que jamás había probado, sus ojos y su lunar "en el exacto sitio donde tengo el mío", su sorpresiva pregunta sobre si iría con él a una carne asada en casa de su primo, su simpático "oh, pues" y lo "interesante" que le parece casi todo, su apoyo y esmero en ayudarme a montar la reservación por el cumpleaños de mi madre -y las bromas de Ale sobre la mesa que le asignará en su boda-, las noches de música y drinks riendo y divirtiéndonos con todos para terminar bailando como si no existiera nadie alrededor, su mano en mi pierna adormecida, la casa del Rolis y el compita afirmando que "somos un 24", su cara adormilada y su beso en mi frente, la gran banda sonora de GTA, el nulo remordimiento por desaparecer de nuestras responsabilidades escolares para ir juntos a almorzar con look de rockstars tras una épica noche, el escucharlo decir "nosotros" al tomar mis dedos sobre la mesa, su playera azul y un cepillo de dientes nuevo color verde -como la vida, como la esperanza, ese que ya es mío, que me sugirió dejar ahí "por cualquier cosa" y que según dijo que aún conserva-,las charlas de política, nuestras voces al unísono con Jarabe de Palo en el coche, la impresionante nebulosa de sus pensamientos, las orejitas de mi Halloween outfit, su risa, el amor a su lavadora y un excelente pretexto, los cuentos de García Márquez que me leía esa noche luego de estar juntos oyendo a Calle 13, la declamación de "poesía" urbana con el silogismo de Bad Bunny, los futbolistas "catarinos" [sic], las traducciones al "hungrío" [sic] y los dichos "muy bien dichos" que tanta risa nos daban, los esquites en las escaleras de Bellas Artes, unos pasos de ballet después del sushi, Zoé en vivo y él en mi memoria, las hipótesis, la cómica serenata con un par de alegres cómplices afuera de su reja hasta llegar a él, y con ayuda de sus vecinos descaradamente interrumpir su sueño (tal vez ellos lo sabían aunque quizás él no: sin él esa noche yo no hubiese ido a ninguna parte porque yo solo nado contigo), los tacos de madrugada, un artículo de Greenpeace y algunas oraciones condicionales escritas con una lluvia de plumones de colores, unas apresuradas papitas fritas acompañadas de una jarra de naranjada y la luminiscencia de Holbox, una cita sin plan pero con un abrazo cual si no nos hubiésemos visto en años, la portada del primer álbum de Jumbo y un kilo de palomitas -más dulces que saladas- regadas por todo el coche, su risa, su emoción por la boda de su hermana, todas las pinky promises cumplidas y pendientes por cumplir, los planes sobre Mafalda en un museo de CDMX, sobre cerveza artesanal, sobre la compra de insumos para la pasta y el vino, sobre un 2x1 en malteadas, sobre unas alitas en la ciudad vecina, sobre karaoke, sobre una tarde de pelis, las ocurrencias sobre una alberquita o un jacuzzi ("algo bonito"), sus increíbles ojos y su enorme sensibilidad, Janis Joplin a media luz, mis accesorios descuidadamente olvidados una y otra vez bajo su almohada con la total certeza de que habrían de volver a mí, la sobredosis de Skittles aciditos y sus simpáticas ideas hipocondríacas, su comanda en la guantera, la repentina y fascinante búsqueda de títulos en un puesto de libros en rebaja, su mirada reflexiva y meditabunda mientras veía en silencio a la nada, el estudio de la lírica de los panzones sombrerudos, el "aprovechar las oportunidades", su franqueza al afirmar que no suele ser honesto, mi teoría sobre el Martes del Mal, una cocada y unos huevitos de chocolate, ¿ya mencioné su risa?, los griegos y las constelaciones, sus fuertes brazos sujetándome para elevarme del piso (real y metafóricamente) mientras girábamos en un abrazo, los sillones relajantes que más que relax nos dieron risa, unos nachos y un par de cafés en una tarde lluviosa, el playlist de su celular con la que sin saber sería una canción de letras precisas en el momento preciso para susurrarle frente a frente, una peli en una función que por el horario no vimos, su interés en las historias de mis días como publicista, su mano sujetando la mía afuera de su casa después de una fantástica cena con boneless, nunca se lo diría pero mientras entrelazaba nuestros dedos lo que tejía era una trencita de emociones en mi corazón como hace mucho no vivía, como quizás con nadie había sentido hasta ahora. Una frase que mencionó dos veces y que no alcancé a escuchar bien mientras sostenía su mirada en la mía en el clímax del momento. La felicidad que hubiese sentido si lo que alcancé a entender fuera lo que creo que escuché. Lo que le hubiera respondido. El Mundial. Los "roles". Ortega y Gasset. La complicidad. Todo lo que nos dijimos. Todo lo que no. Todo lo que pudo ser y no fue, por ser la vida como es. Esos pasitos de salsa con los que bailando juntos inauguramos la fría mañana en que nos saludamos el día en el que, después de todo y de tanto, ya no hubo ni siquiera una despedida.
Sus muy esporádicos -aunque mágicamente oportunos- mensajes con palabras que son poesía en mí. Esas palabras que llegan justo cuando no me acompaña nadie más que una lagrimita de nostalgia bajo el cielo y las estrellas que -en efecto- observo sentada desde mi balcón, esas estrellas que menciona como si él supiera lo que estoy haciendo, con esa conexión universal de la que no hablamos mucho pero que está ahí, porque sí, porque hay cosas que no son fáciles de hallar y que inexplicablemente llegan para ocurrirte una vez en la vida, que no vuelven a suceder jamás, y que cada quien decide si dejar ir o no.
Siempre hubo una lista enorme de razones por las que no... aunque siempre las ignoré. Ahora tengo otra lista enorme de razones por las que quisiera presionar Bop It para continuar. Pero al parecer tal vez lo mejor para todos sea que me vaya así, deseando ser olvidada y sin dejar huella para ser fácil de borrar, aunque eternamente agradecida por el hecho de saber que existe, que es real, y que por un momento, existió junto a mí.
He salido de un lugar donde todo el mundo quiere más... mientras yo solo quería un amigo como él.
O. Montiel
Here I go again. No me gusta usar la palabra "duelo", pero ahora me corresponde nuevamente vivir un proceso de adaptación emocional debido a una especie de pérdida. En ocasiones, se requiere toda nuestra energía para canalizar de forma prudente aquello que nos causa una pena. Sin embargo, esta vez es complejo, porque sé que me enfrento a una pérdida doble, y tengo prefectamente claro cuál de ambas me duele más.
El asombro de descubrirnos entre comentarios random que nos llevaron de Habermas a Foucault, las lecciones sobre mojitos y tés helados, mi separador hecho a mano, las porritas y el ánimo, su comprensión, su empatía y su paciencia, una mañana de sábado de debate cultural y la sorpresiva casualidad de un encuentro inesperado, los análisis socioculturales, una cata de mezcal que se prolongó por horas entre miradas curiosas ("¿estás incómoda?" "¡no!") hasta el cierre, un mensaje que se quedó en un universo paralelo, las conversaciones filosóficas y las anécdotas sobre historias de nuestro ayer, mis manos frías y el préstamo de "su panza" para calentarlas, la química, las repentinas preguntas curiosas, las paletitas escondidas entre los billetes -que derivaron en un simpático apodo temporal-, la Armanda y el pequeño Harry de Hesse, un fanzine bimestral -y Totopo, el xoloitzcuintle-, la cuestión sobre "ser servicial o diligente", su pregunta acerca de si aceptaría un día ir a su ciudad -"así de compas"-, las notitas en mi libreta de Kitty, o dentro de un libro -con la instrucción de "abrir aquí"-, o que sutil y secretamente me pasaba entrelazando nuestras manos por debajo de la barra, el foamy protector para una esquina puntiaguda, Dostoyevski, Sartre, Fromm, Lewin, Jung, Freud, Gorbachov, Manuel Medrano, mi sueño como un inimaginable presagio, mi chonguito y los leones y las gacelas, el acento español y las cucharitas bebés como testigas de nuestros chistes locales, el análisis grafológico de mi firma, Timothy y el ataque de los nazis, la definición de la palabra 'disidente', esa primera invitación por un Clamato, el posterior mini tour al mural de la calle 2 de Abril y la puesta de sol en el mirador, el perfume con aroma a Capitan Morgan, su interés y opiniones al leer mi tesis, la búsqueda de la mejor pomada para sanar quemaduras, una bici ya no tan necesaria, unos mocos invisibles, un lémur para la lluvia, su risa, DLD y una canción que según yo no es tan popular sonando en el auto mientras cantábamos a todo volumen con rumbo a las marquesitas bajo las lucecillas que alumbraban la noche, su perfil tan perfecto y tan concentrado mientras le veía leer los periódicos por la mañana, el atole de chocolate con el que en los días fríos más que a mis manos le regalaba calor a mí espíritu, esa flor desconocida a la que bautizamos como "la cadenita de Carmen", los sinónimos para responder el crucigrama de alguna revista, la promesa de su futuro en Florencia, la alocada intención de ir al concierto de Arjona, su abracito cada mañana acompañado de un "buenos días", las risillas y comentarios de las chefs en la cocina, su café matutino al ritmo del jazz y sus muy personales y significativas anécdotas compartidas al respecto, los nueve círculos del infierno de Dante, el garrafón que siempre quería ayudarme a cargar sabiendo que yo podía hacerlo, su armónica voz cantando mientras finalizábamos nuestras labores, su vestimenta clásica y su porte, su risa, las mil y un tardes de pláticas acompañadas de perlitas sabor moka o piña colada, un regalo sorpresa para celebrar su "no cumpleaños" 50 días después brindando con una Gringa, su carcajada al descubrir una descripción en mi viejo Blackberry, del cual yo amaba que supiera la contraseña -como amaba que todos supieran cuál era su lugar en mi auto o más aún, darle a ciegas mis llaves para conducirlo-, el intercambio de películas plagadas de mini post-it's, su amplio vocabulario y su caballerosidad al abrirme la puerta o cambiarse de lugar por las banquetas, el manejar sin rumbo por la carretera, su risa, un KitKat derretido, las imágenes campiranas en sus narraciones sobre su lugar de origen, la conexión en el silencio al escuchar mi canción favorita una tarde estacionados en medio de la nada, las raíces entrelazadas de los árboles en aquel parque a punto de cerrar al caer la tarde -mientras planeábamos volver a él en primavera para catar queso y vino en la Feria-, el playlist de regreso -que más que música sonaba a sugerencia, el tic reflejado en su mandíbula al apretar los dientes mientras escucha en silencio, un par de nieves en cono de la Michoacana y la divertida ocurrencia de la almohada azul que aún habita en nuestro bunker -para el que solo nos bastaban las horas de una tarde entera en el estacionamiento de algún supermercado como escondite, a la vista de cualquiera y a la vez como refugio entre toda la gente que pasaba alrededor sin percatarse-, mi primo sugiriéndole que "me quitara lo fresa", una papita extranjera sabor pollo, un amor incomprendido plasmado en un encendedor blanco, su risa, su consideración manifiesta en una exclusiva hamburguesa portobello, sus deliciosos platillos cada lunes y su atención a mi riguroso desayuno cada día, la coincidencia descrita por Macaco, la no planeada instauración oficial de "nuestros viernes" -bautizados así por él-, el sol que le gusta cuando no está, su risa, un capuccino y una bebida sabor "aromatizante Glade campos de lavanda" en una pequeña cafetería bajo un atardecer lluvioso, mi look de muñeca mexicana y él compartiendo el escenario del karaoke antes de nuestro baile durante esa patriótica tarde de drinks en un mesón, un par de esquites y el sol reflejado en mis ojos al atardecer en las bancas del parque sin garzas pero con viejitos bailando danzón, su guitarra, sus letras y su voz desarmándome por completo, una canción que no era tan de mi gusto hasta que la escuché en su voz y nunca más la pude volver a escuchar igual, su manera de escuchar lo que a nadie más le había contado, aquel primer mensaje el día en que la Tierra tembló, su risa, los audios con sus canciones -esas que no he podido ni querido parar de escuchar-, su pregunta sobre "conciencia y moral", la historia de un antecedente narrada sin pedirlo, su desvelada por la reunión a la que no fui aquella lluviosa noche de martes, y el análisis de nuestros animales favoritos la tarde en el jardín junto al río, un poema de María Elena Walsh, lo que yo sabía y escuché por otros y la chela que rechacé al terminar nuestro horario -prefiriendo una solitaria caminata-, el nudito con el crujir de mi estómago al confirmar la realidad después de una confesión no solicitada sobre algo "que no significó nada" -y el escrito compartido que surgió como incómoda catársis en su cuaderno-, Los Claxons sonando de fondo, Adela y sus consejos indiscretos al mencionarme "lo que tiene con su vecina" para "recomendarme mejor a Bob", Don Gilo y sus palabras tan llenas de verdad -una verdad cruda a la que no sé porqué no le di importancia aunque debí-, yo como fan de una entrevista radiofónica, una margarita apresurados en alguna terraza mientras por culpa de Nietzche le abría la puerta hacia algunas de mis letras, una segunda visita a aquel mesón con unos cuantos drinks de más y un par de frustrados oficiales deseosos de comprobar una supuesta falta a la moral, su risa, las obleas de nata, la dona de chocolate y el ojo de buey, sus pasos de baile, el aniversario y el juego de 'verdad o reto' -que para nosotros ya no era tan "reto"-, mi copiloto y el SuperQ luego de la casa de Rosy, el señor Medina y una llanta ponchada, la plática en francés con el canadiense de la 22, los alemanes de la 53 y los holandeses de la 55, la banquita enfrente del teacher, la dieta de los patos ("disculpe, tiene un momento para hablarle de..."), el tono de Mario Bros en momentos de suspenso, los ocasionales, discretos e inesperados microbesitos express en mi mejilla mientras me encontraba de espaldas sumergida en Facturalandia, su risa, el encargo de una misión en la tienda departamental para hacer sonreír a Adri, una bebida en Krispy Cream que jamás había probado, sus ojos y su lunar "en el exacto sitio donde tengo el mío", su sorpresiva pregunta sobre si iría con él a una carne asada en casa de su primo, su simpático "oh, pues" y lo "interesante" que le parece casi todo, su apoyo y esmero en ayudarme a montar la reservación por el cumpleaños de mi madre -y las bromas de Ale sobre la mesa que le asignará en su boda-, las noches de música y drinks riendo y divirtiéndonos con todos para terminar bailando como si no existiera nadie alrededor, su mano en mi pierna adormecida, la casa del Rolis y el compita afirmando que "somos un 24", su cara adormilada y su beso en mi frente, la gran banda sonora de GTA, el nulo remordimiento por desaparecer de nuestras responsabilidades escolares para ir juntos a almorzar con look de rockstars tras una épica noche, el escucharlo decir "nosotros" al tomar mis dedos sobre la mesa, su playera azul y un cepillo de dientes nuevo color verde -como la vida, como la esperanza, ese que ya es mío, que me sugirió dejar ahí "por cualquier cosa" y que según dijo que aún conserva-,las charlas de política, nuestras voces al unísono con Jarabe de Palo en el coche, la impresionante nebulosa de sus pensamientos, las orejitas de mi Halloween outfit, su risa, el amor a su lavadora y un excelente pretexto, los cuentos de García Márquez que me leía esa noche luego de estar juntos oyendo a Calle 13, la declamación de "poesía" urbana con el silogismo de Bad Bunny, los futbolistas "catarinos" [sic], las traducciones al "hungrío" [sic] y los dichos "muy bien dichos" que tanta risa nos daban, los esquites en las escaleras de Bellas Artes, unos pasos de ballet después del sushi, Zoé en vivo y él en mi memoria, las hipótesis, la cómica serenata con un par de alegres cómplices afuera de su reja hasta llegar a él, y con ayuda de sus vecinos descaradamente interrumpir su sueño (tal vez ellos lo sabían aunque quizás él no: sin él esa noche yo no hubiese ido a ninguna parte porque yo solo nado contigo), los tacos de madrugada, un artículo de Greenpeace y algunas oraciones condicionales escritas con una lluvia de plumones de colores, unas apresuradas papitas fritas acompañadas de una jarra de naranjada y la luminiscencia de Holbox, una cita sin plan pero con un abrazo cual si no nos hubiésemos visto en años, la portada del primer álbum de Jumbo y un kilo de palomitas -más dulces que saladas- regadas por todo el coche, su risa, su emoción por la boda de su hermana, todas las pinky promises cumplidas y pendientes por cumplir, los planes sobre Mafalda en un museo de CDMX, sobre cerveza artesanal, sobre la compra de insumos para la pasta y el vino, sobre un 2x1 en malteadas, sobre unas alitas en la ciudad vecina, sobre karaoke, sobre una tarde de pelis, las ocurrencias sobre una alberquita o un jacuzzi ("algo bonito"), sus increíbles ojos y su enorme sensibilidad, Janis Joplin a media luz, mis accesorios descuidadamente olvidados una y otra vez bajo su almohada con la total certeza de que habrían de volver a mí, la sobredosis de Skittles aciditos y sus simpáticas ideas hipocondríacas, su comanda en la guantera, la repentina y fascinante búsqueda de títulos en un puesto de libros en rebaja, su mirada reflexiva y meditabunda mientras veía en silencio a la nada, el estudio de la lírica de los panzones sombrerudos, el "aprovechar las oportunidades", su franqueza al afirmar que no suele ser honesto, mi teoría sobre el Martes del Mal, una cocada y unos huevitos de chocolate, ¿ya mencioné su risa?, los griegos y las constelaciones, sus fuertes brazos sujetándome para elevarme del piso (real y metafóricamente) mientras girábamos en un abrazo, los sillones relajantes que más que relax nos dieron risa, unos nachos y un par de cafés en una tarde lluviosa, el playlist de su celular con la que sin saber sería una canción de letras precisas en el momento preciso para susurrarle frente a frente, una peli en una función que por el horario no vimos, su interés en las historias de mis días como publicista, su mano sujetando la mía afuera de su casa después de una fantástica cena con boneless, nunca se lo diría pero mientras entrelazaba nuestros dedos lo que tejía era una trencita de emociones en mi corazón como hace mucho no vivía, como quizás con nadie había sentido hasta ahora. Una frase que mencionó dos veces y que no alcancé a escuchar bien mientras sostenía su mirada en la mía en el clímax del momento. La felicidad que hubiese sentido si lo que alcancé a entender fuera lo que creo que escuché. Lo que le hubiera respondido. El Mundial. Los "roles". Ortega y Gasset. La complicidad. Todo lo que nos dijimos. Todo lo que no. Todo lo que pudo ser y no fue, por ser la vida como es. Esos pasitos de salsa con los que bailando juntos inauguramos la fría mañana en que nos saludamos el día en el que, después de todo y de tanto, ya no hubo ni siquiera una despedida.
Sus muy esporádicos -aunque mágicamente oportunos- mensajes con palabras que son poesía en mí. Esas palabras que llegan justo cuando no me acompaña nadie más que una lagrimita de nostalgia bajo el cielo y las estrellas que -en efecto- observo sentada desde mi balcón, esas estrellas que menciona como si él supiera lo que estoy haciendo, con esa conexión universal de la que no hablamos mucho pero que está ahí, porque sí, porque hay cosas que no son fáciles de hallar y que inexplicablemente llegan para ocurrirte una vez en la vida, que no vuelven a suceder jamás, y que cada quien decide si dejar ir o no.
Siempre hubo una lista enorme de razones por las que no... aunque siempre las ignoré. Ahora tengo otra lista enorme de razones por las que quisiera presionar Bop It para continuar. Pero al parecer tal vez lo mejor para todos sea que me vaya así, deseando ser olvidada y sin dejar huella para ser fácil de borrar, aunque eternamente agradecida por el hecho de saber que existe, que es real, y que por un momento, existió junto a mí.
He salido de un lugar donde todo el mundo quiere más... mientras yo solo quería un amigo como él.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







