"It's the season to be jolly, fa lala lala lala la la..." 🎶
"Deck the Halls", villancico popular.
Amo la Navidad, con locura.
Cada año la espero con ansias, de hecho en esta ocasión tenía planes e ideas para compartir. Estaba contando los días para repartir chispitas de un extra espíritu buenaondita. Pero Lennon tenía razón al decir que la vida es todo aquello que te pasa mientras vas por ahí haciendo planes. Y Diciembre llegó abruptamente para mí. Debería estar acostumbrada.
Las lucecitas en las calles, la emoción por lo que traerá un nuevo año, la calidez de una familia cariñosa, el poder dar regalos -materiales o no- para hacer felices a todos, los besos y abrazos, la música, el decorar nuestros espacios, las reuniones con la gente que te quiere, los brindis y buenos deseos, la preparación de un menú en compañía, el espíritu nostálgico, las sonrisas...
Ya no sé qué pensar acerca de "la magia" de la Navidad. Pero creo en el poder de los deseos. Y añoraría que aquellos a quienes hoy nos hace falta todo eso, tuviésemos algo más que un abrigo bonito para no sentir cómo cala la soledad.
Debería existir una ley que prohibiera tener el corazón roto en estas fechas.
*Now playing: "Diciembre" - Tini
domingo, 11 de diciembre de 2022
sábado, 3 de diciembre de 2022
Reflexión en una noche estrellada y reluciente
"Y que tu espíritu se eleve en medio de este gran espectáculo universal."
O. Montiel
Here I go again. No me gusta usar la palabra "duelo", pero ahora me corresponde nuevamente vivir un proceso de adaptación emocional debido a una especie de pérdida. En ocasiones, se requiere toda nuestra energía para canalizar de forma prudente aquello que nos causa una pena. Sin embargo, esta vez es complejo, porque sé que me enfrento a una pérdida doble, y tengo prefectamente claro cuál de ambas me duele más.
El asombro de descubrirnos entre comentarios random que nos llevaron de Habermas a Foucault, las lecciones sobre mojitos y tés helados, mi separador hecho a mano, las porritas y el ánimo, su comprensión, su empatía y su paciencia, una mañana de sábado de debate cultural y la sorpresiva casualidad de un encuentro inesperado, los análisis socioculturales, una cata de mezcal que se prolongó por horas entre miradas curiosas ("¿estás incómoda?" "¡no!") hasta el cierre, un mensaje que se quedó en un universo paralelo, las conversaciones filosóficas y las anécdotas sobre historias de nuestro ayer, mis manos frías y el préstamo de "su panza" para calentarlas, la química, las repentinas preguntas curiosas, las paletitas escondidas entre los billetes -que derivaron en un simpático apodo temporal-, la Armanda y el pequeño Harry de Hesse, un fanzine bimestral -y Totopo, el xoloitzcuintle-, la cuestión sobre "ser servicial o diligente", su pregunta acerca de si aceptaría un día ir a su ciudad -"así de compas"-, las notitas en mi libreta de Kitty, o dentro de un libro -con la instrucción de "abrir aquí"-, o que sutil y secretamente me pasaba entrelazando nuestras manos por debajo de la barra, el foamy protector para una esquina puntiaguda, Dostoyevski, Sartre, Fromm, Lewin, Jung, Freud, Gorbachov, Manuel Medrano, mi sueño como un inimaginable presagio, mi chonguito y los leones y las gacelas, el acento español y las cucharitas bebés como testigas de nuestros chistes locales, el análisis grafológico de mi firma, Timothy y el ataque de los nazis, la definición de la palabra 'disidente', esa primera invitación por un Clamato, el posterior mini tour al mural de la calle 2 de Abril y la puesta de sol en el mirador, el perfume con aroma a Capitan Morgan, su interés y opiniones al leer mi tesis, la búsqueda de la mejor pomada para sanar quemaduras, una bici ya no tan necesaria, unos mocos invisibles, un lémur para la lluvia, su risa, DLD y una canción que según yo no es tan popular sonando en el auto mientras cantábamos a todo volumen con rumbo a las marquesitas bajo las lucecillas que alumbraban la noche, su perfil tan perfecto y tan concentrado mientras le veía leer los periódicos por la mañana, el atole de chocolate con el que en los días fríos más que a mis manos le regalaba calor a mí espíritu, esa flor desconocida a la que bautizamos como "la cadenita de Carmen", los sinónimos para responder el crucigrama de alguna revista, la promesa de su futuro en Florencia, la alocada intención de ir al concierto de Arjona, su abracito cada mañana acompañado de un "buenos días", las risillas y comentarios de las chefs en la cocina, su café matutino al ritmo del jazz y sus muy personales y significativas anécdotas compartidas al respecto, los nueve círculos del infierno de Dante, el garrafón que siempre quería ayudarme a cargar sabiendo que yo podía hacerlo, su armónica voz cantando mientras finalizábamos nuestras labores, su vestimenta clásica y su porte, su risa, las mil y un tardes de pláticas acompañadas de perlitas sabor moka o piña colada, un regalo sorpresa para celebrar su "no cumpleaños" 50 días después brindando con una Gringa, su carcajada al descubrir una descripción en mi viejo Blackberry, del cual yo amaba que supiera la contraseña -como amaba que todos supieran cuál era su lugar en mi auto o más aún, darle a ciegas mis llaves para conducirlo-, el intercambio de películas plagadas de mini post-it's, su amplio vocabulario y su caballerosidad al abrirme la puerta o cambiarse de lugar por las banquetas, el manejar sin rumbo por la carretera, su risa, un KitKat derretido, las imágenes campiranas en sus narraciones sobre su lugar de origen, la conexión en el silencio al escuchar mi canción favorita una tarde estacionados en medio de la nada, las raíces entrelazadas de los árboles en aquel parque a punto de cerrar al caer la tarde -mientras planeábamos volver a él en primavera para catar queso y vino en la Feria-, el playlist de regreso -que más que música sonaba a sugerencia, el tic reflejado en su mandíbula al apretar los dientes mientras escucha en silencio, un par de nieves en cono de la Michoacana y la divertida ocurrencia de la almohada azul que aún habita en nuestro bunker -para el que solo nos bastaban las horas de una tarde entera en el estacionamiento de algún supermercado como escondite, a la vista de cualquiera y a la vez como refugio entre toda la gente que pasaba alrededor sin percatarse-, mi primo sugiriéndole que "me quitara lo fresa", una papita extranjera sabor pollo, un amor incomprendido plasmado en un encendedor blanco, su risa, su consideración manifiesta en una exclusiva hamburguesa portobello, sus deliciosos platillos cada lunes y su atención a mi riguroso desayuno cada día, la coincidencia descrita por Macaco, la no planeada instauración oficial de "nuestros viernes" -bautizados así por él-, el sol que le gusta cuando no está, su risa, un capuccino y una bebida sabor "aromatizante Glade campos de lavanda" en una pequeña cafetería bajo un atardecer lluvioso, mi look de muñeca mexicana y él compartiendo el escenario del karaoke antes de nuestro baile durante esa patriótica tarde de drinks en un mesón, un par de esquites y el sol reflejado en mis ojos al atardecer en las bancas del parque sin garzas pero con viejitos bailando danzón, su guitarra, sus letras y su voz desarmándome por completo, una canción que no era tan de mi gusto hasta que la escuché en su voz y nunca más la pude volver a escuchar igual, su manera de escuchar lo que a nadie más le había contado, aquel primer mensaje el día en que la Tierra tembló, su risa, los audios con sus canciones -esas que no he podido ni querido parar de escuchar-, su pregunta sobre "conciencia y moral", la historia de un antecedente narrada sin pedirlo, su desvelada por la reunión a la que no fui aquella lluviosa noche de martes, y el análisis de nuestros animales favoritos la tarde en el jardín junto al río, un poema de María Elena Walsh, lo que yo sabía y escuché por otros y la chela que rechacé al terminar nuestro horario -prefiriendo una solitaria caminata-, el nudito con el crujir de mi estómago al confirmar la realidad después de una confesión no solicitada sobre algo "que no significó nada" -y el escrito compartido que surgió como incómoda catársis en su cuaderno-, Los Claxons sonando de fondo, Adela y sus consejos indiscretos al mencionarme "lo que tiene con su vecina" para "recomendarme mejor a Bob", Don Gilo y sus palabras tan llenas de verdad -una verdad cruda a la que no sé porqué no le di importancia aunque debí-, yo como fan de una entrevista radiofónica, una margarita apresurados en alguna terraza mientras por culpa de Nietzche le abría la puerta hacia algunas de mis letras, una segunda visita a aquel mesón con unos cuantos drinks de más y un par de frustrados oficiales deseosos de comprobar una supuesta falta a la moral, su risa, las obleas de nata, la dona de chocolate y el ojo de buey, sus pasos de baile, el aniversario y el juego de 'verdad o reto' -que para nosotros ya no era tan "reto"-, mi copiloto y el SuperQ luego de la casa de Rosy, el señor Medina y una llanta ponchada, la plática en francés con el canadiense de la 22, los alemanes de la 53 y los holandeses de la 55, la banquita enfrente del teacher, la dieta de los patos ("disculpe, tiene un momento para hablarle de..."), el tono de Mario Bros en momentos de suspenso, los ocasionales, discretos e inesperados microbesitos express en mi mejilla mientras me encontraba de espaldas sumergida en Facturalandia, su risa, el encargo de una misión en la tienda departamental para hacer sonreír a Adri, una bebida en Krispy Cream que jamás había probado, sus ojos y su lunar "en el exacto sitio donde tengo el mío", su sorpresiva pregunta sobre si iría con él a una carne asada en casa de su primo, su simpático "oh, pues" y lo "interesante" que le parece casi todo, su apoyo y esmero en ayudarme a montar la reservación por el cumpleaños de mi madre -y las bromas de Ale sobre la mesa que le asignará en su boda-, las noches de música y drinks riendo y divirtiéndonos con todos para terminar bailando como si no existiera nadie alrededor, su mano en mi pierna adormecida, la casa del Rolis y el compita afirmando que "somos un 24", su cara adormilada y su beso en mi frente, la gran banda sonora de GTA, el nulo remordimiento por desaparecer de nuestras responsabilidades escolares para ir juntos a almorzar con look de rockstars tras una épica noche, el escucharlo decir "nosotros" al tomar mis dedos sobre la mesa, su playera azul y un cepillo de dientes nuevo color verde -como la vida, como la esperanza, ese que ya es mío, que me sugirió dejar ahí "por cualquier cosa" y que según dijo que aún conserva-,las charlas de política, nuestras voces al unísono con Jarabe de Palo en el coche, la impresionante nebulosa de sus pensamientos, las orejitas de mi Halloween outfit, su risa, el amor a su lavadora y un excelente pretexto, los cuentos de García Márquez que me leía esa noche luego de estar juntos oyendo a Calle 13, la declamación de "poesía" urbana con el silogismo de Bad Bunny, los futbolistas "catarinos" [sic], las traducciones al "hungrío" [sic] y los dichos "muy bien dichos" que tanta risa nos daban, los esquites en las escaleras de Bellas Artes, unos pasos de ballet después del sushi, Zoé en vivo y él en mi memoria, las hipótesis, la cómica serenata con un par de alegres cómplices afuera de su reja hasta llegar a él, y con ayuda de sus vecinos descaradamente interrumpir su sueño (tal vez ellos lo sabían aunque quizás él no: sin él esa noche yo no hubiese ido a ninguna parte porque yo solo nado contigo), los tacos de madrugada, un artículo de Greenpeace y algunas oraciones condicionales escritas con una lluvia de plumones de colores, unas apresuradas papitas fritas acompañadas de una jarra de naranjada y la luminiscencia de Holbox, una cita sin plan pero con un abrazo cual si no nos hubiésemos visto en años, la portada del primer álbum de Jumbo y un kilo de palomitas -más dulces que saladas- regadas por todo el coche, su risa, su emoción por la boda de su hermana, todas las pinky promises cumplidas y pendientes por cumplir, los planes sobre Mafalda en un museo de CDMX, sobre cerveza artesanal, sobre la compra de insumos para la pasta y el vino, sobre un 2x1 en malteadas, sobre unas alitas en la ciudad vecina, sobre karaoke, sobre una tarde de pelis, las ocurrencias sobre una alberquita o un jacuzzi ("algo bonito"), sus increíbles ojos y su enorme sensibilidad, Janis Joplin a media luz, mis accesorios descuidadamente olvidados una y otra vez bajo su almohada con la total certeza de que habrían de volver a mí, la sobredosis de Skittles aciditos y sus simpáticas ideas hipocondríacas, su comanda en la guantera, la repentina y fascinante búsqueda de títulos en un puesto de libros en rebaja, su mirada reflexiva y meditabunda mientras veía en silencio a la nada, el estudio de la lírica de los panzones sombrerudos, el "aprovechar las oportunidades", su franqueza al afirmar que no suele ser honesto, mi teoría sobre el Martes del Mal, una cocada y unos huevitos de chocolate, ¿ya mencioné su risa?, los griegos y las constelaciones, sus fuertes brazos sujetándome para elevarme del piso (real y metafóricamente) mientras girábamos en un abrazo, los sillones relajantes que más que relax nos dieron risa, unos nachos y un par de cafés en una tarde lluviosa, el playlist de su celular con la que sin saber sería una canción de letras precisas en el momento preciso para susurrarle frente a frente, una peli en una función que por el horario no vimos, su interés en las historias de mis días como publicista, su mano sujetando la mía afuera de su casa después de una fantástica cena con boneless, nunca se lo diría pero mientras entrelazaba nuestros dedos lo que tejía era una trencita de emociones en mi corazón como hace mucho no vivía, como quizás con nadie había sentido hasta ahora. Una frase que mencionó dos veces y que no alcancé a escuchar bien mientras sostenía su mirada en la mía en el clímax del momento. La felicidad que hubiese sentido si lo que alcancé a entender fuera lo que creo que escuché. Lo que le hubiera respondido. El Mundial. Los "roles". Ortega y Gasset. La complicidad. Todo lo que nos dijimos. Todo lo que no. Todo lo que pudo ser y no fue, por ser la vida como es. Esos pasitos de salsa con los que bailando juntos inauguramos la fría mañana en que nos saludamos el día en el que, después de todo y de tanto, ya no hubo ni siquiera una despedida.
Sus muy esporádicos -aunque mágicamente oportunos- mensajes con palabras que son poesía en mí. Esas palabras que llegan justo cuando no me acompaña nadie más que una lagrimita de nostalgia bajo el cielo y las estrellas que -en efecto- observo sentada desde mi balcón, esas estrellas que menciona como si él supiera lo que estoy haciendo, con esa conexión universal de la que no hablamos mucho pero que está ahí, porque sí, porque hay cosas que no son fáciles de hallar y que inexplicablemente llegan para ocurrirte una vez en la vida, que no vuelven a suceder jamás, y que cada quien decide si dejar ir o no.
Siempre hubo una lista enorme de razones por las que no... aunque siempre las ignoré. Ahora tengo otra lista enorme de razones por las que quisiera presionar Bop It para continuar. Pero al parecer tal vez lo mejor para todos sea que me vaya así, deseando ser olvidada y sin dejar huella para ser fácil de borrar, aunque eternamente agradecida por el hecho de saber que existe, que es real, y que por un momento, existió junto a mí.
He salido de un lugar donde todo el mundo quiere más... mientras yo solo quería un amigo como él.
O. Montiel
Here I go again. No me gusta usar la palabra "duelo", pero ahora me corresponde nuevamente vivir un proceso de adaptación emocional debido a una especie de pérdida. En ocasiones, se requiere toda nuestra energía para canalizar de forma prudente aquello que nos causa una pena. Sin embargo, esta vez es complejo, porque sé que me enfrento a una pérdida doble, y tengo prefectamente claro cuál de ambas me duele más.
El asombro de descubrirnos entre comentarios random que nos llevaron de Habermas a Foucault, las lecciones sobre mojitos y tés helados, mi separador hecho a mano, las porritas y el ánimo, su comprensión, su empatía y su paciencia, una mañana de sábado de debate cultural y la sorpresiva casualidad de un encuentro inesperado, los análisis socioculturales, una cata de mezcal que se prolongó por horas entre miradas curiosas ("¿estás incómoda?" "¡no!") hasta el cierre, un mensaje que se quedó en un universo paralelo, las conversaciones filosóficas y las anécdotas sobre historias de nuestro ayer, mis manos frías y el préstamo de "su panza" para calentarlas, la química, las repentinas preguntas curiosas, las paletitas escondidas entre los billetes -que derivaron en un simpático apodo temporal-, la Armanda y el pequeño Harry de Hesse, un fanzine bimestral -y Totopo, el xoloitzcuintle-, la cuestión sobre "ser servicial o diligente", su pregunta acerca de si aceptaría un día ir a su ciudad -"así de compas"-, las notitas en mi libreta de Kitty, o dentro de un libro -con la instrucción de "abrir aquí"-, o que sutil y secretamente me pasaba entrelazando nuestras manos por debajo de la barra, el foamy protector para una esquina puntiaguda, Dostoyevski, Sartre, Fromm, Lewin, Jung, Freud, Gorbachov, Manuel Medrano, mi sueño como un inimaginable presagio, mi chonguito y los leones y las gacelas, el acento español y las cucharitas bebés como testigas de nuestros chistes locales, el análisis grafológico de mi firma, Timothy y el ataque de los nazis, la definición de la palabra 'disidente', esa primera invitación por un Clamato, el posterior mini tour al mural de la calle 2 de Abril y la puesta de sol en el mirador, el perfume con aroma a Capitan Morgan, su interés y opiniones al leer mi tesis, la búsqueda de la mejor pomada para sanar quemaduras, una bici ya no tan necesaria, unos mocos invisibles, un lémur para la lluvia, su risa, DLD y una canción que según yo no es tan popular sonando en el auto mientras cantábamos a todo volumen con rumbo a las marquesitas bajo las lucecillas que alumbraban la noche, su perfil tan perfecto y tan concentrado mientras le veía leer los periódicos por la mañana, el atole de chocolate con el que en los días fríos más que a mis manos le regalaba calor a mí espíritu, esa flor desconocida a la que bautizamos como "la cadenita de Carmen", los sinónimos para responder el crucigrama de alguna revista, la promesa de su futuro en Florencia, la alocada intención de ir al concierto de Arjona, su abracito cada mañana acompañado de un "buenos días", las risillas y comentarios de las chefs en la cocina, su café matutino al ritmo del jazz y sus muy personales y significativas anécdotas compartidas al respecto, los nueve círculos del infierno de Dante, el garrafón que siempre quería ayudarme a cargar sabiendo que yo podía hacerlo, su armónica voz cantando mientras finalizábamos nuestras labores, su vestimenta clásica y su porte, su risa, las mil y un tardes de pláticas acompañadas de perlitas sabor moka o piña colada, un regalo sorpresa para celebrar su "no cumpleaños" 50 días después brindando con una Gringa, su carcajada al descubrir una descripción en mi viejo Blackberry, del cual yo amaba que supiera la contraseña -como amaba que todos supieran cuál era su lugar en mi auto o más aún, darle a ciegas mis llaves para conducirlo-, el intercambio de películas plagadas de mini post-it's, su amplio vocabulario y su caballerosidad al abrirme la puerta o cambiarse de lugar por las banquetas, el manejar sin rumbo por la carretera, su risa, un KitKat derretido, las imágenes campiranas en sus narraciones sobre su lugar de origen, la conexión en el silencio al escuchar mi canción favorita una tarde estacionados en medio de la nada, las raíces entrelazadas de los árboles en aquel parque a punto de cerrar al caer la tarde -mientras planeábamos volver a él en primavera para catar queso y vino en la Feria-, el playlist de regreso -que más que música sonaba a sugerencia, el tic reflejado en su mandíbula al apretar los dientes mientras escucha en silencio, un par de nieves en cono de la Michoacana y la divertida ocurrencia de la almohada azul que aún habita en nuestro bunker -para el que solo nos bastaban las horas de una tarde entera en el estacionamiento de algún supermercado como escondite, a la vista de cualquiera y a la vez como refugio entre toda la gente que pasaba alrededor sin percatarse-, mi primo sugiriéndole que "me quitara lo fresa", una papita extranjera sabor pollo, un amor incomprendido plasmado en un encendedor blanco, su risa, su consideración manifiesta en una exclusiva hamburguesa portobello, sus deliciosos platillos cada lunes y su atención a mi riguroso desayuno cada día, la coincidencia descrita por Macaco, la no planeada instauración oficial de "nuestros viernes" -bautizados así por él-, el sol que le gusta cuando no está, su risa, un capuccino y una bebida sabor "aromatizante Glade campos de lavanda" en una pequeña cafetería bajo un atardecer lluvioso, mi look de muñeca mexicana y él compartiendo el escenario del karaoke antes de nuestro baile durante esa patriótica tarde de drinks en un mesón, un par de esquites y el sol reflejado en mis ojos al atardecer en las bancas del parque sin garzas pero con viejitos bailando danzón, su guitarra, sus letras y su voz desarmándome por completo, una canción que no era tan de mi gusto hasta que la escuché en su voz y nunca más la pude volver a escuchar igual, su manera de escuchar lo que a nadie más le había contado, aquel primer mensaje el día en que la Tierra tembló, su risa, los audios con sus canciones -esas que no he podido ni querido parar de escuchar-, su pregunta sobre "conciencia y moral", la historia de un antecedente narrada sin pedirlo, su desvelada por la reunión a la que no fui aquella lluviosa noche de martes, y el análisis de nuestros animales favoritos la tarde en el jardín junto al río, un poema de María Elena Walsh, lo que yo sabía y escuché por otros y la chela que rechacé al terminar nuestro horario -prefiriendo una solitaria caminata-, el nudito con el crujir de mi estómago al confirmar la realidad después de una confesión no solicitada sobre algo "que no significó nada" -y el escrito compartido que surgió como incómoda catársis en su cuaderno-, Los Claxons sonando de fondo, Adela y sus consejos indiscretos al mencionarme "lo que tiene con su vecina" para "recomendarme mejor a Bob", Don Gilo y sus palabras tan llenas de verdad -una verdad cruda a la que no sé porqué no le di importancia aunque debí-, yo como fan de una entrevista radiofónica, una margarita apresurados en alguna terraza mientras por culpa de Nietzche le abría la puerta hacia algunas de mis letras, una segunda visita a aquel mesón con unos cuantos drinks de más y un par de frustrados oficiales deseosos de comprobar una supuesta falta a la moral, su risa, las obleas de nata, la dona de chocolate y el ojo de buey, sus pasos de baile, el aniversario y el juego de 'verdad o reto' -que para nosotros ya no era tan "reto"-, mi copiloto y el SuperQ luego de la casa de Rosy, el señor Medina y una llanta ponchada, la plática en francés con el canadiense de la 22, los alemanes de la 53 y los holandeses de la 55, la banquita enfrente del teacher, la dieta de los patos ("disculpe, tiene un momento para hablarle de..."), el tono de Mario Bros en momentos de suspenso, los ocasionales, discretos e inesperados microbesitos express en mi mejilla mientras me encontraba de espaldas sumergida en Facturalandia, su risa, el encargo de una misión en la tienda departamental para hacer sonreír a Adri, una bebida en Krispy Cream que jamás había probado, sus ojos y su lunar "en el exacto sitio donde tengo el mío", su sorpresiva pregunta sobre si iría con él a una carne asada en casa de su primo, su simpático "oh, pues" y lo "interesante" que le parece casi todo, su apoyo y esmero en ayudarme a montar la reservación por el cumpleaños de mi madre -y las bromas de Ale sobre la mesa que le asignará en su boda-, las noches de música y drinks riendo y divirtiéndonos con todos para terminar bailando como si no existiera nadie alrededor, su mano en mi pierna adormecida, la casa del Rolis y el compita afirmando que "somos un 24", su cara adormilada y su beso en mi frente, la gran banda sonora de GTA, el nulo remordimiento por desaparecer de nuestras responsabilidades escolares para ir juntos a almorzar con look de rockstars tras una épica noche, el escucharlo decir "nosotros" al tomar mis dedos sobre la mesa, su playera azul y un cepillo de dientes nuevo color verde -como la vida, como la esperanza, ese que ya es mío, que me sugirió dejar ahí "por cualquier cosa" y que según dijo que aún conserva-,las charlas de política, nuestras voces al unísono con Jarabe de Palo en el coche, la impresionante nebulosa de sus pensamientos, las orejitas de mi Halloween outfit, su risa, el amor a su lavadora y un excelente pretexto, los cuentos de García Márquez que me leía esa noche luego de estar juntos oyendo a Calle 13, la declamación de "poesía" urbana con el silogismo de Bad Bunny, los futbolistas "catarinos" [sic], las traducciones al "hungrío" [sic] y los dichos "muy bien dichos" que tanta risa nos daban, los esquites en las escaleras de Bellas Artes, unos pasos de ballet después del sushi, Zoé en vivo y él en mi memoria, las hipótesis, la cómica serenata con un par de alegres cómplices afuera de su reja hasta llegar a él, y con ayuda de sus vecinos descaradamente interrumpir su sueño (tal vez ellos lo sabían aunque quizás él no: sin él esa noche yo no hubiese ido a ninguna parte porque yo solo nado contigo), los tacos de madrugada, un artículo de Greenpeace y algunas oraciones condicionales escritas con una lluvia de plumones de colores, unas apresuradas papitas fritas acompañadas de una jarra de naranjada y la luminiscencia de Holbox, una cita sin plan pero con un abrazo cual si no nos hubiésemos visto en años, la portada del primer álbum de Jumbo y un kilo de palomitas -más dulces que saladas- regadas por todo el coche, su risa, su emoción por la boda de su hermana, todas las pinky promises cumplidas y pendientes por cumplir, los planes sobre Mafalda en un museo de CDMX, sobre cerveza artesanal, sobre la compra de insumos para la pasta y el vino, sobre un 2x1 en malteadas, sobre unas alitas en la ciudad vecina, sobre karaoke, sobre una tarde de pelis, las ocurrencias sobre una alberquita o un jacuzzi ("algo bonito"), sus increíbles ojos y su enorme sensibilidad, Janis Joplin a media luz, mis accesorios descuidadamente olvidados una y otra vez bajo su almohada con la total certeza de que habrían de volver a mí, la sobredosis de Skittles aciditos y sus simpáticas ideas hipocondríacas, su comanda en la guantera, la repentina y fascinante búsqueda de títulos en un puesto de libros en rebaja, su mirada reflexiva y meditabunda mientras veía en silencio a la nada, el estudio de la lírica de los panzones sombrerudos, el "aprovechar las oportunidades", su franqueza al afirmar que no suele ser honesto, mi teoría sobre el Martes del Mal, una cocada y unos huevitos de chocolate, ¿ya mencioné su risa?, los griegos y las constelaciones, sus fuertes brazos sujetándome para elevarme del piso (real y metafóricamente) mientras girábamos en un abrazo, los sillones relajantes que más que relax nos dieron risa, unos nachos y un par de cafés en una tarde lluviosa, el playlist de su celular con la que sin saber sería una canción de letras precisas en el momento preciso para susurrarle frente a frente, una peli en una función que por el horario no vimos, su interés en las historias de mis días como publicista, su mano sujetando la mía afuera de su casa después de una fantástica cena con boneless, nunca se lo diría pero mientras entrelazaba nuestros dedos lo que tejía era una trencita de emociones en mi corazón como hace mucho no vivía, como quizás con nadie había sentido hasta ahora. Una frase que mencionó dos veces y que no alcancé a escuchar bien mientras sostenía su mirada en la mía en el clímax del momento. La felicidad que hubiese sentido si lo que alcancé a entender fuera lo que creo que escuché. Lo que le hubiera respondido. El Mundial. Los "roles". Ortega y Gasset. La complicidad. Todo lo que nos dijimos. Todo lo que no. Todo lo que pudo ser y no fue, por ser la vida como es. Esos pasitos de salsa con los que bailando juntos inauguramos la fría mañana en que nos saludamos el día en el que, después de todo y de tanto, ya no hubo ni siquiera una despedida.
Sus muy esporádicos -aunque mágicamente oportunos- mensajes con palabras que son poesía en mí. Esas palabras que llegan justo cuando no me acompaña nadie más que una lagrimita de nostalgia bajo el cielo y las estrellas que -en efecto- observo sentada desde mi balcón, esas estrellas que menciona como si él supiera lo que estoy haciendo, con esa conexión universal de la que no hablamos mucho pero que está ahí, porque sí, porque hay cosas que no son fáciles de hallar y que inexplicablemente llegan para ocurrirte una vez en la vida, que no vuelven a suceder jamás, y que cada quien decide si dejar ir o no.
Siempre hubo una lista enorme de razones por las que no... aunque siempre las ignoré. Ahora tengo otra lista enorme de razones por las que quisiera presionar Bop It para continuar. Pero al parecer tal vez lo mejor para todos sea que me vaya así, deseando ser olvidada y sin dejar huella para ser fácil de borrar, aunque eternamente agradecida por el hecho de saber que existe, que es real, y que por un momento, existió junto a mí.
He salido de un lugar donde todo el mundo quiere más... mientras yo solo quería un amigo como él.
lunes, 19 de septiembre de 2022
Temblor
¿Y si esta noche te escribiera una carta?
Así, sin pretensiones, solo por el hecho de que es tanto lo que albergo en mi corazón que en este mismo instante bien podría reventar, y cada pedacito se volvería un confetti de emociones multicolor, las cuales indudablemente han sido provocadas mayormente por ti.
Si esa explosión sucediera, estoy segura de que igual cada pedacito te diría lo que engloba mi alma completa, que es que ya te quiero, con un cariño muy bonito, y mucho más real de lo que los estándares absurdos indican si nos regimos por tiempos, circunstancias, y otros inventos que limitan la libertad del espíritu, pero que también nos permiten regir nuestros impulsos, controlar los instintos, mediar los sentimientos (como si los sentimientos fueran mesurables bajo códigos cuantitativos); pero son tantas las interrogantes en mi cabeza, que por supuesto es quien me da la única noción de cordura entendiendo lecciones después de tantas batallas perdidas, pero que me dicta que la ilusión son sueños sin terminar y a la vez son preguntas sin contestar.
Las dudas aparecen como una constante gotita de agua sobre la misma superficie hasta lograr perforarla, y así mi mente revolucionada ante tanta eventualidad bonita solo piensa para confundirme más, o más bien para pedirme, suplicarme, que me detenga, que ya no siga con esto porque puede tener consecuencias tristes, es como si esta película ya la hubiera visto, y a la vez no, porque el protagonista ahora es demasiado fantástico y demasiado humano, demasiado sublime y demasiado decidido, demasiado real e irreal a la vez...
Las dudas no surgen únicamente bajo el limitante del ¿y si...?, sino que me llevan a un contundente ¿cómo?, y un lapidario ¿por qué?. Inevitablemente vuelvo a aquella autobiografía en la que cada vez estoy más convencida de que todo en mí es un mundo perfecto pero en un espacio y tiempo terrible y totalmente equivocados. Me lamento y me duele tanto encontrar algo añorable, algo amable (en todo sentido, no solo de amabilidad sino del potencial que tiene para ser amado en su totalidad), sentir que por fin hay un refugio en un mundo vil, amargado, frívolo, complejo, superficial y egoísta, sentir que cada risa me hace latir el corazón, que cada acto noble y valiente es cuestionar si acaso hay algo que no haga bien, que es tan sorprendente la forma en que apareció en un aquí y ahora tan preciso, y aceptar la paradójica realidad de comprender todo lo que podríamos ser tú y yo... si tan solo no fuéramos tú y yo.
¿Cómo explicarte lo mucho que te quiero en mi vida? ASí nada más, sin intensidades preocupantes, solamente por el privilegio de contar con alguien tan único, con su plática, su inteligencia, su nobleza, su alegría, sus ocurrencias, su mirada tan honesta... ¿Cómo hacerte entender cuánto te había estado necesitando? ¿Con qué palabras expresar el sentimiento de alegría que devolviste en un momento demasiado obscuro en mí? Asombro, aprendizaje, pensamientos, chistes, canciones, alimento (físico y espiritual), cada detalle, cada letra, cada minuto, el valor de ser quienes somos como si nada más fuera relevante, como aventándonos a un acantilado visiblemente peligroso pero pretendiendo encontrar señales de que la estrepitosa caída no dejará lesiones...Oye, ¿y qué tal si estuviera exagerando? ¿Qué tal si mi sonrisa nubla los hechos y me impide ver lo que simplemente no está tan adornado?
¿Por qué? Una vez más la vida me enseña que sí, que sí existe lo que anhelo con cada suspiro de mi espíritu, pero que yo no soy lo adecuado para ello. Llego tarde, llego tarde como siempre, y bajo mis ilusorios pensamientos sobre la ausencia de temor, el equivocarme (como lo hacen ¡los mismísimos dioses griegos!) me hace coincidir como un planeta que chocara contra otro, donde mi optimismo me hace pensar que de esa caótica colisión también es posible obtener estrellas... ¿Acaso podré un día dejar de decorar mi realidad con poesía que suavice lo duro de afrontar que tengo justo frente a mí lo que tanto he deseado y que dolorosamente sé que no podré tener?
Pero el afecto es así, como dos líneas paralelas destinadas a estar distantemente juntas hasta el infinito, pero sin tocarse jamás.
Hoy solo sé que tembló en mi país, mismo temblor que se sintió hasta el último sentimiento que habita en mí, y esta noche dormiré arrullada por mi nueva canción favorita, esa que no encontraré mañana en ninguna playlist de Spotify, pero que se ha quedado para siempre sonando en mi alma y dibujada en mi cuaderno.
Así, sin pretensiones, solo por el hecho de que es tanto lo que albergo en mi corazón que en este mismo instante bien podría reventar, y cada pedacito se volvería un confetti de emociones multicolor, las cuales indudablemente han sido provocadas mayormente por ti.
Si esa explosión sucediera, estoy segura de que igual cada pedacito te diría lo que engloba mi alma completa, que es que ya te quiero, con un cariño muy bonito, y mucho más real de lo que los estándares absurdos indican si nos regimos por tiempos, circunstancias, y otros inventos que limitan la libertad del espíritu, pero que también nos permiten regir nuestros impulsos, controlar los instintos, mediar los sentimientos (como si los sentimientos fueran mesurables bajo códigos cuantitativos); pero son tantas las interrogantes en mi cabeza, que por supuesto es quien me da la única noción de cordura entendiendo lecciones después de tantas batallas perdidas, pero que me dicta que la ilusión son sueños sin terminar y a la vez son preguntas sin contestar.
Las dudas aparecen como una constante gotita de agua sobre la misma superficie hasta lograr perforarla, y así mi mente revolucionada ante tanta eventualidad bonita solo piensa para confundirme más, o más bien para pedirme, suplicarme, que me detenga, que ya no siga con esto porque puede tener consecuencias tristes, es como si esta película ya la hubiera visto, y a la vez no, porque el protagonista ahora es demasiado fantástico y demasiado humano, demasiado sublime y demasiado decidido, demasiado real e irreal a la vez...
Las dudas no surgen únicamente bajo el limitante del ¿y si...?, sino que me llevan a un contundente ¿cómo?, y un lapidario ¿por qué?. Inevitablemente vuelvo a aquella autobiografía en la que cada vez estoy más convencida de que todo en mí es un mundo perfecto pero en un espacio y tiempo terrible y totalmente equivocados. Me lamento y me duele tanto encontrar algo añorable, algo amable (en todo sentido, no solo de amabilidad sino del potencial que tiene para ser amado en su totalidad), sentir que por fin hay un refugio en un mundo vil, amargado, frívolo, complejo, superficial y egoísta, sentir que cada risa me hace latir el corazón, que cada acto noble y valiente es cuestionar si acaso hay algo que no haga bien, que es tan sorprendente la forma en que apareció en un aquí y ahora tan preciso, y aceptar la paradójica realidad de comprender todo lo que podríamos ser tú y yo... si tan solo no fuéramos tú y yo.
¿Cómo explicarte lo mucho que te quiero en mi vida? ASí nada más, sin intensidades preocupantes, solamente por el privilegio de contar con alguien tan único, con su plática, su inteligencia, su nobleza, su alegría, sus ocurrencias, su mirada tan honesta... ¿Cómo hacerte entender cuánto te había estado necesitando? ¿Con qué palabras expresar el sentimiento de alegría que devolviste en un momento demasiado obscuro en mí? Asombro, aprendizaje, pensamientos, chistes, canciones, alimento (físico y espiritual), cada detalle, cada letra, cada minuto, el valor de ser quienes somos como si nada más fuera relevante, como aventándonos a un acantilado visiblemente peligroso pero pretendiendo encontrar señales de que la estrepitosa caída no dejará lesiones...Oye, ¿y qué tal si estuviera exagerando? ¿Qué tal si mi sonrisa nubla los hechos y me impide ver lo que simplemente no está tan adornado?
¿Por qué? Una vez más la vida me enseña que sí, que sí existe lo que anhelo con cada suspiro de mi espíritu, pero que yo no soy lo adecuado para ello. Llego tarde, llego tarde como siempre, y bajo mis ilusorios pensamientos sobre la ausencia de temor, el equivocarme (como lo hacen ¡los mismísimos dioses griegos!) me hace coincidir como un planeta que chocara contra otro, donde mi optimismo me hace pensar que de esa caótica colisión también es posible obtener estrellas... ¿Acaso podré un día dejar de decorar mi realidad con poesía que suavice lo duro de afrontar que tengo justo frente a mí lo que tanto he deseado y que dolorosamente sé que no podré tener?
Pero el afecto es así, como dos líneas paralelas destinadas a estar distantemente juntas hasta el infinito, pero sin tocarse jamás.
Hoy solo sé que tembló en mi país, mismo temblor que se sintió hasta el último sentimiento que habita en mí, y esta noche dormiré arrullada por mi nueva canción favorita, esa que no encontraré mañana en ninguna playlist de Spotify, pero que se ha quedado para siempre sonando en mi alma y dibujada en mi cuaderno.
viernes, 16 de septiembre de 2022
Tardes en Mi Menor
La conmemoración de la Independencia.
La fortuna de encontrarte con alguien que cumple su palabra, porque realmente sientes que quiere cumplirla, por más simbólico que pareciera el trato pactado.
Una invitación imposible de rechazar, porque quizás la habías estado esperando desde siempre.
Un plan de no hacer nada e ir sin rumbo. Momentos que se congelan como si realmente no hubiera absolutamente nadie a nuestro alrededor.
Una melódica voz llena de espíritu y de esa alegría que ya no se encuentra; unos repentinos y asombrosos pasos de baile en una pista que no quieres que terminen jamás para seguir levitando en esas risas tan puras e indescriptibles.
Un parque sin garzas. Una profunda serie de confesiones sobre nuestras historias pasadas. El probable psicoanálisis de personalidad y a la vez la introspección de solo escuchar con el corazón.
Dedo uno, cuerda dos, y una guitarra para las letras de una canción bellísima, que te llega a lo más profundo de una tímida lagrimita emocionada.
Una anécdota revelada de algo que pudo ser y no fue. La penita ante lo hecho a pesar del nulo arrepentimiento, y la tranquilidad de una mirada serena e incrédula, que te hace pensar que tal vez no hubiera sido tan grave el factor sorpresa.
La noche que cae, el tiempo que nos limita, los días llenos de eso que aún no comprendo porqué me hace tan feliz, pero que evidentemente quiero seguir retribuyendo. Las incógnitas. La inspiración que ha vuelto después de años de haberla perdido. Lass ganas de compartir.
La calidez de un alma buena.
El presente.
El eterno agradecimiento por vivir algo que, pase lo que pase, jamás en lo que me reste de vida podré olvidar, porque ni siquiera pretendo hacerlo.
La fortuna de encontrarte con alguien que cumple su palabra, porque realmente sientes que quiere cumplirla, por más simbólico que pareciera el trato pactado.
Una invitación imposible de rechazar, porque quizás la habías estado esperando desde siempre.
Un plan de no hacer nada e ir sin rumbo. Momentos que se congelan como si realmente no hubiera absolutamente nadie a nuestro alrededor.
Una melódica voz llena de espíritu y de esa alegría que ya no se encuentra; unos repentinos y asombrosos pasos de baile en una pista que no quieres que terminen jamás para seguir levitando en esas risas tan puras e indescriptibles.
Un parque sin garzas. Una profunda serie de confesiones sobre nuestras historias pasadas. El probable psicoanálisis de personalidad y a la vez la introspección de solo escuchar con el corazón.
Dedo uno, cuerda dos, y una guitarra para las letras de una canción bellísima, que te llega a lo más profundo de una tímida lagrimita emocionada.
Una anécdota revelada de algo que pudo ser y no fue. La penita ante lo hecho a pesar del nulo arrepentimiento, y la tranquilidad de una mirada serena e incrédula, que te hace pensar que tal vez no hubiera sido tan grave el factor sorpresa.
La noche que cae, el tiempo que nos limita, los días llenos de eso que aún no comprendo porqué me hace tan feliz, pero que evidentemente quiero seguir retribuyendo. Las incógnitas. La inspiración que ha vuelto después de años de haberla perdido. Lass ganas de compartir.
La calidez de un alma buena.
El presente.
El eterno agradecimiento por vivir algo que, pase lo que pase, jamás en lo que me reste de vida podré olvidar, porque ni siquiera pretendo hacerlo.
lunes, 12 de septiembre de 2022
Con la fuerza de un submarino
"Corramos juntos, vámonos de aquí... a donde tú quieras..."
M. Medrano
¿Ubican cuando hace mucho frío y de repente te detienes para pararte en donde ilumina un repentino rayito de sol? Bueno, pues hay personas que se sienten justamente así, cálidos y apacibles como ese rayito de sol.
Por muy godín que esto suene, el viernes siempre había sido mi día favorito de la semana. Ahora lo es aún más, y por razones muy diferentes a cualquier motivo laboral. Mis últimos viernes han sido una brisa fresca de libertad con sabor a filosofía, a lo inesperado, a calma en un torbellino de confusos escenarios, a volver a ser niña, a moka y a atardeceres que -aunque sea por un instante- me han permitido escapar de este planeta como deteniendo todo aquello que me ha tenido bajo presión, tardes que saben a ganas de poner sonrisas donde hay heridas, a serenidad y consuelo, a esperanza y agradecimiento.
No sé, no sé muchas cosas, aunque es casi como si las presintiera, pero por ahora, irremediable e irresponsablemente, no las quiero saber.
Hoy solo puedo decir que, después de valiosísimos momentos de confesiones compartidas con un alma muy bonita, lo único que sí tengo por seguro es que veo que la gente buena no la ha pasado tan bien. Las personas más solitarias son las más nobles. Las personas más tristes sonríen con el brillo más resplandeciente. Las personas que han sido más dañadas son las más sabias. Pareciera que dan cobijo a otros, comprendiendo cada herida ajena, filtrando con su luz cada grieta a modo de un hermoso trabajo de kintsugi, pareciera que lo hacen porque no quieren ver a nadie más sufrir de la manera en que ellos han sufrido. No puedo concebir algo más noble, más humano, más sublime.
Así, simplemente voy a resumir que gracias a este pequeño gran regalo del destino, las canciones de Manuel Medrano ya no suenan igual que antes, y que jamás volverán a sonar igual que ahora.
Thank God for that.
M. Medrano
¿Ubican cuando hace mucho frío y de repente te detienes para pararte en donde ilumina un repentino rayito de sol? Bueno, pues hay personas que se sienten justamente así, cálidos y apacibles como ese rayito de sol.
Por muy godín que esto suene, el viernes siempre había sido mi día favorito de la semana. Ahora lo es aún más, y por razones muy diferentes a cualquier motivo laboral. Mis últimos viernes han sido una brisa fresca de libertad con sabor a filosofía, a lo inesperado, a calma en un torbellino de confusos escenarios, a volver a ser niña, a moka y a atardeceres que -aunque sea por un instante- me han permitido escapar de este planeta como deteniendo todo aquello que me ha tenido bajo presión, tardes que saben a ganas de poner sonrisas donde hay heridas, a serenidad y consuelo, a esperanza y agradecimiento.
No sé, no sé muchas cosas, aunque es casi como si las presintiera, pero por ahora, irremediable e irresponsablemente, no las quiero saber.
Hoy solo puedo decir que, después de valiosísimos momentos de confesiones compartidas con un alma muy bonita, lo único que sí tengo por seguro es que veo que la gente buena no la ha pasado tan bien. Las personas más solitarias son las más nobles. Las personas más tristes sonríen con el brillo más resplandeciente. Las personas que han sido más dañadas son las más sabias. Pareciera que dan cobijo a otros, comprendiendo cada herida ajena, filtrando con su luz cada grieta a modo de un hermoso trabajo de kintsugi, pareciera que lo hacen porque no quieren ver a nadie más sufrir de la manera en que ellos han sufrido. No puedo concebir algo más noble, más humano, más sublime.
Así, simplemente voy a resumir que gracias a este pequeño gran regalo del destino, las canciones de Manuel Medrano ya no suenan igual que antes, y que jamás volverán a sonar igual que ahora.
Thank God for that.
miércoles, 7 de septiembre de 2022
Autocontrol
A veces desconfío de la existencia de la magia como tal.
Pero sin duda estoy convencida de que los momentos mágicos los crea uno mismo, y si de paso hay cómplices, qué mejor.
Más aún entre inesperados y muy sorprendentes comentarios sobre leones y gacelas que provocan pensamientos no aptos para la matutina hora en la que se mencionan.
Pero sin duda estoy convencida de que los momentos mágicos los crea uno mismo, y si de paso hay cómplices, qué mejor.
Más aún entre inesperados y muy sorprendentes comentarios sobre leones y gacelas que provocan pensamientos no aptos para la matutina hora en la que se mencionan.
martes, 6 de septiembre de 2022
Entre cumbias y hot cakes
“Lo que más odiaba era todo lo mediocre, normal y corriente.”
El Lobo Estepario, Hermann Hesse
Agosto terminó y sigo procesándolo.
El año avanza en su segunda mitad deslizándose ante nuestro ojos, el tiempo inevitablemente se escurre a gran velocidad y no sé si en realidad simplemente he elegido disfrutar cada gotita para no sentir que me estoy ahogando en él. Si bien el 2022 comenzó bastante atractivo e incluso fue in crescendo hacia finales de junio (de hecho junio fue un mes épicamente interesante, para bien y para mal); pero en julio abruptamente la realidad me enfrentó de golpe como suele ocurrirme mientras camino entre mis quimeras imaginarias de nubecitas de algodón. Sí, todo se derrumbó cual aquella ochentera canción de Emmanuel, y en julio colapsé como polvorón, sumergida en un río que me sacudió inesperada y estrepitosamente, lo que me llevó a pensar que la vida no fía y era como si ahora debiera pagar los altos costos que el destino me facturó por los momentos de felicidad vividos meses antes.
Anyway, los días siguen su curso, y en el trayecto, decidí (más por flaqueza que por convicción) dejar de nadar contra corriente. A riesgo de ahogarme, sí, y no muy decidida pero dispuesta a mantenerme a flote con la esperanza de llegar a un buen puerto. Por fortuna, en esos giros inesperados que toda historia tiene, aparecen ciertos salvavidas (real, salvadores de vida), que no solo te prestan sus asombrosos colores para seguir pintando tus mañanas al 'agilizar' un montón de sonrisas entre letras de magníficas obras literarias que adquieren nuevas dimensiones, sino que además te dejan pensando en la multiplicidad de improbabilidades, que te hacen pasar más tiempo del que deberías analizando los millones de posibilidades (e imposibilidades) y navegando entre infinitos universos al más puro estilo del Dr. Strange, preguntándote tantas cosas; y es que sí, como también suele sucederme a menudo, cuando creo tener todas las respuestas, me cambian todas las preguntas.
Así que nada, he estado trabajando mucho en mantenerme impasible ante todo lo que se ha ido presentando, autorregulando -por no decir intentando adormecer- mis emociones, más serena que The Edge cantando Numb mientras le pasa de todo, aunque una y otra vez fallo olímpicamente: esto es lo que soy, me maravillo, me entusiasmo, me descubro dando pequeños saltitos al desayunar unos deliciosos, esponjosos y sorpresivos hot cakes al ritmo de unas cumbias; y aun sabiéndome invisible entre la gente a mi alrededor, es en esos momentos cuando todo lo que parece colapsar en mí simplemente se detiene por un instante. No sé qué tan bien esté apagar las preocupaciones con nimiedades así, pero por un segundo esas pequeñas cosas son las que, en efecto, me siguen manteniendo a salvo de derrumbarme. Además, mi filosofía siempre me ha dictado que la ansiedad no es buena consejera ya que solo es muestra de un exceso de futuro siendo que todo lo que tenemos es el presente. Si bien ese presente por ahora es muy incierto (y ante ello no sé si emocionarme o rendirme), sí sé que a diario se me presentan retos que desafían mis capacidades y lecciones que aprendo desde lo más profundo de mi humildad, así como también aparecen motivos que de a poquito me devuelven la fe, y tardes no planeadas para observar atardeceres que se admiran desde un viejo y confidente mirador sabiendo que se quedarán en mí de formas que aún no me siento capaz de describir, manejando con todo cuidado situaciones en las que me siento involucrada sin siquiera entender si acaso lo estoy.
Por hoy, lo único que creo es que a mi entender, hay una clara diferencia entre comportamientos erróneos e incorrectos. Lo erróneo, para mí, es aquello que no es exacto o preciso, mientras que lo incorrecto es tan solo eso que no cumple con los cánones de cierta normativa estipulada por los demás. Mi pregunta eterna es y será ¿quiénes son los demás? Porque yo también soy "los demás" para los demás, y mis normativas tal vez tampoco se ajusten a las de ellos... Y mientras todo eso pasa por mi mente, se arremolinan en ella cualquier cantidad de incógnitas sobre lo que podría pasar en un universo paralelo, en donde yo no llegara tantos años tarde a las citas que el destino burlón me pone en el camino una tarde cualquiera, donde eso que soñé hace un par de noches pudiera hacerse realidad sin taladrar mi mente con argumentos freudianos e ignorando a Jung repitiendo en mis oídos que los sueños traen mensajes desde el inconsciente, haciéndolo suceder solo así, solo porque sí, por el gusto de vivirlo, por el placer de coincidir con el tipo de almas que no me quitan tiempo sino que me regalan vida, que son una bocanada de aire fresco cuando siento que me asfixio, que tienen la magia de dar calma cuando todo parece difícil y que te provocan el deseo de decir que sí a todo y salir corriendo a descubrir lo fantástico de lo simple, que sacan planes sensacionales de la nada y hacen que tu tarde valga la pena tan solo por compartir cuarenta y tres minutos de risas filosofando de todo y de nada, que te hacen olvidar tan solo por un momento todas esas responsabilidades como una Cenicienta que busca congelar el tiempo para escapar de su realidad, como llevándote a otro planeta mientras disfrutas del mejor esquite de la ciudad o una deliciosa explosión de bolitas sabor Oreo, y que te hacen entender que no importa cuánto tiempo tardaron en encontrarse si ahora puedes sentir que ¡por fin! alguien te escucha y es digno de ser escuchado, que alguien te ve y a quien no te cansas de ver, que alguien se ha vuelto, peligrosa e inocentemente a la vez, un adictivo rush de adrenalina al regalarte -así nada más- la dicha que sentías tan lejana, en un mundo donde hay muchos con quien estar pero pocos con quien ser.
Lo agridulce del momento es saber que es invaluable porque tarde o temprano ha de terminar.
Lo volátil del tiempo que nunca alcanza.
Lo frágil y vulnerable que me siento al querer mantener la entereza.
La poca certeza que por primera vez experimento acerca de mi futuro cercano al no tener idea sobre lo que sucederá, pero a la vez la claridad de comprender lo que no ha de suceder.
Sabiendo que tal vez debería detenerme y a la vez preguntándome porqué no quiero hacerlo.
La inspiración que poco a poco ha regresado.
Y mientras todo eso ocurre, volviendo a ubicar mis pies en la tierra, yo no sé cuánto tiempo más permanezca así. Desconozco por cuánto tiempo más me encontraré en la incertidumbre de circunstancias en las que estoy complejamente envuelta, entendiendo que soy yo quien ha decidido seguir siendo la capitana del barquito que me va llevando en este rumbo, tomando las riendas de las oportunidades bajo cierta disonancia cognitiva y una dosis de Ortega y Gasset con aquello de que "yo soy yo y mis circunstancias"...
Excepto cuando se trata de un par de tennis, puesto que en ese caso ellos no me definen a mí, sino que más bien yo los defino a ellos.
El Lobo Estepario, Hermann Hesse
Agosto terminó y sigo procesándolo.
El año avanza en su segunda mitad deslizándose ante nuestro ojos, el tiempo inevitablemente se escurre a gran velocidad y no sé si en realidad simplemente he elegido disfrutar cada gotita para no sentir que me estoy ahogando en él. Si bien el 2022 comenzó bastante atractivo e incluso fue in crescendo hacia finales de junio (de hecho junio fue un mes épicamente interesante, para bien y para mal); pero en julio abruptamente la realidad me enfrentó de golpe como suele ocurrirme mientras camino entre mis quimeras imaginarias de nubecitas de algodón. Sí, todo se derrumbó cual aquella ochentera canción de Emmanuel, y en julio colapsé como polvorón, sumergida en un río que me sacudió inesperada y estrepitosamente, lo que me llevó a pensar que la vida no fía y era como si ahora debiera pagar los altos costos que el destino me facturó por los momentos de felicidad vividos meses antes.
Anyway, los días siguen su curso, y en el trayecto, decidí (más por flaqueza que por convicción) dejar de nadar contra corriente. A riesgo de ahogarme, sí, y no muy decidida pero dispuesta a mantenerme a flote con la esperanza de llegar a un buen puerto. Por fortuna, en esos giros inesperados que toda historia tiene, aparecen ciertos salvavidas (real, salvadores de vida), que no solo te prestan sus asombrosos colores para seguir pintando tus mañanas al 'agilizar' un montón de sonrisas entre letras de magníficas obras literarias que adquieren nuevas dimensiones, sino que además te dejan pensando en la multiplicidad de improbabilidades, que te hacen pasar más tiempo del que deberías analizando los millones de posibilidades (e imposibilidades) y navegando entre infinitos universos al más puro estilo del Dr. Strange, preguntándote tantas cosas; y es que sí, como también suele sucederme a menudo, cuando creo tener todas las respuestas, me cambian todas las preguntas.
Así que nada, he estado trabajando mucho en mantenerme impasible ante todo lo que se ha ido presentando, autorregulando -por no decir intentando adormecer- mis emociones, más serena que The Edge cantando Numb mientras le pasa de todo, aunque una y otra vez fallo olímpicamente: esto es lo que soy, me maravillo, me entusiasmo, me descubro dando pequeños saltitos al desayunar unos deliciosos, esponjosos y sorpresivos hot cakes al ritmo de unas cumbias; y aun sabiéndome invisible entre la gente a mi alrededor, es en esos momentos cuando todo lo que parece colapsar en mí simplemente se detiene por un instante. No sé qué tan bien esté apagar las preocupaciones con nimiedades así, pero por un segundo esas pequeñas cosas son las que, en efecto, me siguen manteniendo a salvo de derrumbarme. Además, mi filosofía siempre me ha dictado que la ansiedad no es buena consejera ya que solo es muestra de un exceso de futuro siendo que todo lo que tenemos es el presente. Si bien ese presente por ahora es muy incierto (y ante ello no sé si emocionarme o rendirme), sí sé que a diario se me presentan retos que desafían mis capacidades y lecciones que aprendo desde lo más profundo de mi humildad, así como también aparecen motivos que de a poquito me devuelven la fe, y tardes no planeadas para observar atardeceres que se admiran desde un viejo y confidente mirador sabiendo que se quedarán en mí de formas que aún no me siento capaz de describir, manejando con todo cuidado situaciones en las que me siento involucrada sin siquiera entender si acaso lo estoy.
Por hoy, lo único que creo es que a mi entender, hay una clara diferencia entre comportamientos erróneos e incorrectos. Lo erróneo, para mí, es aquello que no es exacto o preciso, mientras que lo incorrecto es tan solo eso que no cumple con los cánones de cierta normativa estipulada por los demás. Mi pregunta eterna es y será ¿quiénes son los demás? Porque yo también soy "los demás" para los demás, y mis normativas tal vez tampoco se ajusten a las de ellos... Y mientras todo eso pasa por mi mente, se arremolinan en ella cualquier cantidad de incógnitas sobre lo que podría pasar en un universo paralelo, en donde yo no llegara tantos años tarde a las citas que el destino burlón me pone en el camino una tarde cualquiera, donde eso que soñé hace un par de noches pudiera hacerse realidad sin taladrar mi mente con argumentos freudianos e ignorando a Jung repitiendo en mis oídos que los sueños traen mensajes desde el inconsciente, haciéndolo suceder solo así, solo porque sí, por el gusto de vivirlo, por el placer de coincidir con el tipo de almas que no me quitan tiempo sino que me regalan vida, que son una bocanada de aire fresco cuando siento que me asfixio, que tienen la magia de dar calma cuando todo parece difícil y que te provocan el deseo de decir que sí a todo y salir corriendo a descubrir lo fantástico de lo simple, que sacan planes sensacionales de la nada y hacen que tu tarde valga la pena tan solo por compartir cuarenta y tres minutos de risas filosofando de todo y de nada, que te hacen olvidar tan solo por un momento todas esas responsabilidades como una Cenicienta que busca congelar el tiempo para escapar de su realidad, como llevándote a otro planeta mientras disfrutas del mejor esquite de la ciudad o una deliciosa explosión de bolitas sabor Oreo, y que te hacen entender que no importa cuánto tiempo tardaron en encontrarse si ahora puedes sentir que ¡por fin! alguien te escucha y es digno de ser escuchado, que alguien te ve y a quien no te cansas de ver, que alguien se ha vuelto, peligrosa e inocentemente a la vez, un adictivo rush de adrenalina al regalarte -así nada más- la dicha que sentías tan lejana, en un mundo donde hay muchos con quien estar pero pocos con quien ser.
Lo agridulce del momento es saber que es invaluable porque tarde o temprano ha de terminar.
Lo volátil del tiempo que nunca alcanza.
Lo frágil y vulnerable que me siento al querer mantener la entereza.
La poca certeza que por primera vez experimento acerca de mi futuro cercano al no tener idea sobre lo que sucederá, pero a la vez la claridad de comprender lo que no ha de suceder.
Sabiendo que tal vez debería detenerme y a la vez preguntándome porqué no quiero hacerlo.
La inspiración que poco a poco ha regresado.
Y mientras todo eso ocurre, volviendo a ubicar mis pies en la tierra, yo no sé cuánto tiempo más permanezca así. Desconozco por cuánto tiempo más me encontraré en la incertidumbre de circunstancias en las que estoy complejamente envuelta, entendiendo que soy yo quien ha decidido seguir siendo la capitana del barquito que me va llevando en este rumbo, tomando las riendas de las oportunidades bajo cierta disonancia cognitiva y una dosis de Ortega y Gasset con aquello de que "yo soy yo y mis circunstancias"...
Excepto cuando se trata de un par de tennis, puesto que en ese caso ellos no me definen a mí, sino que más bien yo los defino a ellos.
jueves, 18 de agosto de 2022
Hay personas
"Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que tú has pasado con ella.
Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla.
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado..."
El Principito, Antoine de Saint-Exupéry
Hay personas que aparecen en tu vida y se vuelven tus maestros.
Hay quienes pueden enseñarte las lecciones más duras y las experiencias más amargas de formación y crecimiento mediante la envidia, el enojo, el dolor, la insensatez, bloqueando tu camino y complicando tu existencia para ponerte a prueba, para llevarte al límite.
O por el contrario, hay personas que aparecen para enseñarte con sus actos desde la bondad, desde la humildad, desde la entrega, con alegría, con paciencia, con amor.
Ese es mi tipo de personas. Aquellas que más allá de capacitarte con compromiso y responsabilidad, se vuelven maestros en el arte de la vida, dejando de lado espacios, momentos o lugares, cargos laborales, manuales o instructivos y todos esos pretextos, que más bien se tornan contextos, para dar paso a las situaciones más inesperadas, volviéndolas más maravillosas por permitirte seguir sorprendiéndote cuando ya has perdido la fe en la humanidad.
Hay personas que aparecen de la nada cual regalos que la vida te da como diciendo "ten, sí me he estado pasando de lanza últimamente, así que sonríe un poco porque hay más bichitos raros como tú dispuestos a escuchar tus perspectivas", y sí, hay personas a quienes les bastan dos o tres frases para comprender tus desvarios mentales, que pueden entender de lo que hablas y que te hacen sonreir en momentos donde sientes que todo está colapsando, con una simple palmadita que reconforta la esperanza, con una sencilla porrita de ánimo en un "tú puedes, lo estás haciendo bien".
Hay personas que son sonrisa y que son luz. No hablamos aquí ni de tiempos ni de edades, la conexión del intelecto es cuestión de madurez. Algunos le llaman inteligencia emocional, yo pienso que es pura química y buenaondita. En una semana puedes conectar con gente genial de maneras mucho más profundas e interesantes de lo que podrías hacerlo con personas a quienes llevas conociendo toda una vida. Y es que somos de quien nos cuida. Somos de quien nos ve cuando nos sentimos invisibles. Somos de quien nos abraza en esos días grises cuando las cosas no van del todo bien, y es fantástico que la mayoría de esos abrazos (reales y metafóricos) llegan sin siquiera saber la magnitud de lo que ocasionan, o más bien de lo que reparan. De quien quiera animarse a bailar una cumbia de repente, de ahí somos. Tan mágico como adivinar el número que estás pensando, tan espontáneo como un apapacho para el corazón en forma de paletita sabor cereza. Compartiendo los momentos de pequeños éxitos individuales o logros en conjunto, cubriendo tus espaldas en las novedosas y súbitas dificultades, aprovechando cada instante para volverlo una lección.
Más que casualidades, creo en las causalidades; y si bien puedo limitarme a razonarlo como una mera dosis de endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina que llega justo a tiempo, la verdad también es simplemente lindo encontrarse con que hay personas que son seres realmente humanos, que en verdad te salvan en todos los sentidos y de formas inimaginables, entre pláticas y enseñanzas sobre la delicadeza en la preparación de coctelería, canciones de The Beatles, Pixies y Los Bunkers, encontrándonos entre Habermas, Foucault, Beauvoir, el absurdo de Camus, historias de colombianas, el shalalalala lalala de Mr. Jones, y cucharas chiquitas bebés con jugos mixtos de zanahoria y naranja.
Siempre he dicho que el activo más valioso que tenemos es el tiempo. Por eso, cuando alguien nos brinda aunque sea un segundo de su tiempo, debemos valorarlo puesto que nos está regalando algo que prácticamente jamás podrá recuperar. Así que cuando tengamos enfrente a esas personas que se vuelven nuestros maestros, porque sí, hay personas que lo son sin siquiera notarlo, solo queda sentirnos profunda y sinceramente agradecidos con ellos y con la vida misma, pues si bien -citando una muy oportuna frase de Da Vinci- "una obra de arte nunca se termina, solo se abandona", el legado que nos dejan queda tejido para siempre en lo que somos a partir de ellos.
Tan efímero y perenne a la vez, así de mágico, así de real.
Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla.
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado..."
El Principito, Antoine de Saint-Exupéry
Hay personas que aparecen en tu vida y se vuelven tus maestros.
Hay quienes pueden enseñarte las lecciones más duras y las experiencias más amargas de formación y crecimiento mediante la envidia, el enojo, el dolor, la insensatez, bloqueando tu camino y complicando tu existencia para ponerte a prueba, para llevarte al límite.
O por el contrario, hay personas que aparecen para enseñarte con sus actos desde la bondad, desde la humildad, desde la entrega, con alegría, con paciencia, con amor.
Ese es mi tipo de personas. Aquellas que más allá de capacitarte con compromiso y responsabilidad, se vuelven maestros en el arte de la vida, dejando de lado espacios, momentos o lugares, cargos laborales, manuales o instructivos y todos esos pretextos, que más bien se tornan contextos, para dar paso a las situaciones más inesperadas, volviéndolas más maravillosas por permitirte seguir sorprendiéndote cuando ya has perdido la fe en la humanidad.
Hay personas que aparecen de la nada cual regalos que la vida te da como diciendo "ten, sí me he estado pasando de lanza últimamente, así que sonríe un poco porque hay más bichitos raros como tú dispuestos a escuchar tus perspectivas", y sí, hay personas a quienes les bastan dos o tres frases para comprender tus desvarios mentales, que pueden entender de lo que hablas y que te hacen sonreir en momentos donde sientes que todo está colapsando, con una simple palmadita que reconforta la esperanza, con una sencilla porrita de ánimo en un "tú puedes, lo estás haciendo bien".
Hay personas que son sonrisa y que son luz. No hablamos aquí ni de tiempos ni de edades, la conexión del intelecto es cuestión de madurez. Algunos le llaman inteligencia emocional, yo pienso que es pura química y buenaondita. En una semana puedes conectar con gente genial de maneras mucho más profundas e interesantes de lo que podrías hacerlo con personas a quienes llevas conociendo toda una vida. Y es que somos de quien nos cuida. Somos de quien nos ve cuando nos sentimos invisibles. Somos de quien nos abraza en esos días grises cuando las cosas no van del todo bien, y es fantástico que la mayoría de esos abrazos (reales y metafóricos) llegan sin siquiera saber la magnitud de lo que ocasionan, o más bien de lo que reparan. De quien quiera animarse a bailar una cumbia de repente, de ahí somos. Tan mágico como adivinar el número que estás pensando, tan espontáneo como un apapacho para el corazón en forma de paletita sabor cereza. Compartiendo los momentos de pequeños éxitos individuales o logros en conjunto, cubriendo tus espaldas en las novedosas y súbitas dificultades, aprovechando cada instante para volverlo una lección.
Más que casualidades, creo en las causalidades; y si bien puedo limitarme a razonarlo como una mera dosis de endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina que llega justo a tiempo, la verdad también es simplemente lindo encontrarse con que hay personas que son seres realmente humanos, que en verdad te salvan en todos los sentidos y de formas inimaginables, entre pláticas y enseñanzas sobre la delicadeza en la preparación de coctelería, canciones de The Beatles, Pixies y Los Bunkers, encontrándonos entre Habermas, Foucault, Beauvoir, el absurdo de Camus, historias de colombianas, el shalalalala lalala de Mr. Jones, y cucharas chiquitas bebés con jugos mixtos de zanahoria y naranja.
Siempre he dicho que el activo más valioso que tenemos es el tiempo. Por eso, cuando alguien nos brinda aunque sea un segundo de su tiempo, debemos valorarlo puesto que nos está regalando algo que prácticamente jamás podrá recuperar. Así que cuando tengamos enfrente a esas personas que se vuelven nuestros maestros, porque sí, hay personas que lo son sin siquiera notarlo, solo queda sentirnos profunda y sinceramente agradecidos con ellos y con la vida misma, pues si bien -citando una muy oportuna frase de Da Vinci- "una obra de arte nunca se termina, solo se abandona", el legado que nos dejan queda tejido para siempre en lo que somos a partir de ellos.
Tan efímero y perenne a la vez, así de mágico, así de real.
lunes, 1 de agosto de 2022
Sobre el sinsentido de vivir
"Aquel que tiene algo por qué vivir es capaz de enfrentar todos los cómos".
Friedrich Nietzsche
Preguntarnos por el sentido de la vida ha sido una constante desde que el mundo es mundo.
Llegando a un punto de quiebre, hoy dudo si vale la pena siquiera hacer esa pregunta para aceptar la respuesta que siempre hemos pretendido evitar: tal vez la vida no tenga un sentido.
¿Por dónde comenzar la búsqueda? ¿Cómo encontrar sentido en un mundo vacío, desastrozo, ilógico e inexplicablemente absurdo?
Nietzsche lo tenía claro: lo que sucede en el mundo es en gran parte resultado del azar. Encima de ello, existe algo que vuelve inútil a nuestra razón: el sufrimiento. Hemos hecho de este un grotesco y cínico lugar plagado de injusticias y crueldad inexplicable. Cuando sufrimos, la existencia se vuelve intolerable, y nos vemos inmersos en la afanosa necesidad de encontrar algún modo de justificar nuestra existencia en este mundo.
En un sistema donde los valores cada vez valen menos y donde ya todo es insignificante precisamente porque a nada le damos un significado, hemos conseguido hacer de esta búsqueda un vil mercado: coachings, videítos motivacionales, libritos de autoayuda vendiéndose como pan caliente, lo que a su vez nos señala la intensidad de los intentos en masa que la humanidad tiene por cubrir el vacío que genera esa profunda e imperiosa necesidad, sin ver que por el contrario, con el objeto de sumergirnos aún más en el engranaje capitalista de comerciar con las emociones, dichos productos no resuelven ninguna búsqueda, sino que surgen solo para enseñarnos a vivir pese a la falta de sentido.
Si la vida es algo insignificante, carece de cualquier otro valor que no sea el que nosotros mismos pretendamos atribuirle. Por eso es que Camus acertó al decir que la vida es básicamente una sucesión de acontecimientos inútiles, vacíos y ausentes de significado, que repetimos cada día por tradición, por costumbre, por inercia.
La vida en sí misma no tiene sentido, lo que ya de por sí es un absurdo.
El mundo no nos debe nada. Es en esta existencia absurda repleta de dolor e incongruencia que nos vemos obligados a explicar esto de una u otra forma.
La existencia en sí es sufrimiento, Schopenhauer lo entendió todo. Pretender racionalizar el sin sentido de la vida es una tarea inútil y eterna. No es ser pesimista, es realismo puro, entendiendo que todo pensamiento tiene sus límites. Al cuestionarnos sobre el origen de las circunstancias, tanto de nuestras alegrías como de nuestras penas, de inmediato llegamos al abismo de aceptar de nuestra ignorancia y una falta de respuestas para las más grandes y trascendentales preguntas.
Aceptar la vida y su falta de sentido solo plantea el reto de asignarle motivos para querer seguir en ella, anhelando hallar cierta belleza en lo absurdo de las causalidades, sobreviviendo estoicos como Viktor Frankl y su profundo análisis existencial tras concluir que vivir es sufrir y sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Contemplar estéticamente las cosas y los hechos del mundo es lo único que nos salva, pues nos brinda un estado de serenidad que aleja los males inherentes al tremendo hecho de vivir.
No nos queda nada más que encontrar consuelo en un baño tibio o un vaso de leche con chocolate, algo así.
En mi caso, yo no creería más que en un Dios que supiera bailar.
*Now playing: "El loco" - Babasónicos
Friedrich Nietzsche
Preguntarnos por el sentido de la vida ha sido una constante desde que el mundo es mundo.
Llegando a un punto de quiebre, hoy dudo si vale la pena siquiera hacer esa pregunta para aceptar la respuesta que siempre hemos pretendido evitar: tal vez la vida no tenga un sentido.
¿Por dónde comenzar la búsqueda? ¿Cómo encontrar sentido en un mundo vacío, desastrozo, ilógico e inexplicablemente absurdo?
Nietzsche lo tenía claro: lo que sucede en el mundo es en gran parte resultado del azar. Encima de ello, existe algo que vuelve inútil a nuestra razón: el sufrimiento. Hemos hecho de este un grotesco y cínico lugar plagado de injusticias y crueldad inexplicable. Cuando sufrimos, la existencia se vuelve intolerable, y nos vemos inmersos en la afanosa necesidad de encontrar algún modo de justificar nuestra existencia en este mundo.
En un sistema donde los valores cada vez valen menos y donde ya todo es insignificante precisamente porque a nada le damos un significado, hemos conseguido hacer de esta búsqueda un vil mercado: coachings, videítos motivacionales, libritos de autoayuda vendiéndose como pan caliente, lo que a su vez nos señala la intensidad de los intentos en masa que la humanidad tiene por cubrir el vacío que genera esa profunda e imperiosa necesidad, sin ver que por el contrario, con el objeto de sumergirnos aún más en el engranaje capitalista de comerciar con las emociones, dichos productos no resuelven ninguna búsqueda, sino que surgen solo para enseñarnos a vivir pese a la falta de sentido.
Si la vida es algo insignificante, carece de cualquier otro valor que no sea el que nosotros mismos pretendamos atribuirle. Por eso es que Camus acertó al decir que la vida es básicamente una sucesión de acontecimientos inútiles, vacíos y ausentes de significado, que repetimos cada día por tradición, por costumbre, por inercia.
La vida en sí misma no tiene sentido, lo que ya de por sí es un absurdo.
El mundo no nos debe nada. Es en esta existencia absurda repleta de dolor e incongruencia que nos vemos obligados a explicar esto de una u otra forma.
La existencia en sí es sufrimiento, Schopenhauer lo entendió todo. Pretender racionalizar el sin sentido de la vida es una tarea inútil y eterna. No es ser pesimista, es realismo puro, entendiendo que todo pensamiento tiene sus límites. Al cuestionarnos sobre el origen de las circunstancias, tanto de nuestras alegrías como de nuestras penas, de inmediato llegamos al abismo de aceptar de nuestra ignorancia y una falta de respuestas para las más grandes y trascendentales preguntas.
Aceptar la vida y su falta de sentido solo plantea el reto de asignarle motivos para querer seguir en ella, anhelando hallar cierta belleza en lo absurdo de las causalidades, sobreviviendo estoicos como Viktor Frankl y su profundo análisis existencial tras concluir que vivir es sufrir y sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Contemplar estéticamente las cosas y los hechos del mundo es lo único que nos salva, pues nos brinda un estado de serenidad que aleja los males inherentes al tremendo hecho de vivir.
No nos queda nada más que encontrar consuelo en un baño tibio o un vaso de leche con chocolate, algo así.
En mi caso, yo no creería más que en un Dios que supiera bailar.
*Now playing: "El loco" - Babasónicos
martes, 28 de junio de 2022
El misterioso caso de una voice note que "no se escuchó"
"A wise girl kisses, but doesn't love.
Listens, but doesn't believe.
And leaves before she is left".
Marylin Monroe
Las personas fueron creadas para amar y las cosas para ser usadas.
Por eso el mundo está tan mal: amamos a las cosas y usamos a las personas.
Un engaño me molesta más que nada por el hecho de que pretendan subestimar mi inteligencia, y no esperes que "no haga conjeturas" ante lo que es evidente, así como yo no espero que eso ahora te interese. Por fortuna, sé perfectamente cómo usar un taladro con diferentes brocas, así como usar un gato y quitar los birlos con el dado; no me da miedo ensuciarme las manos y he aprendido siempre a resolver mis problemas yo solita. Así que cambiar una llanta a mí no me asusta, al menos no tanto como al parecer a ti te asusta mi independencia, porque aunque te hubiera querido para todo, jamás te necesité para nada.
La forma en la que la gente se va te lo dice todo. Por eso cuando yo entro o salgo de la vida de alguien más, cierro la puerta con cariño.
'Cause people don't abandon people they love.
They abandon people they were using.
Listens, but doesn't believe.
And leaves before she is left".
Marylin Monroe
Las personas fueron creadas para amar y las cosas para ser usadas.
Por eso el mundo está tan mal: amamos a las cosas y usamos a las personas.
Un engaño me molesta más que nada por el hecho de que pretendan subestimar mi inteligencia, y no esperes que "no haga conjeturas" ante lo que es evidente, así como yo no espero que eso ahora te interese. Por fortuna, sé perfectamente cómo usar un taladro con diferentes brocas, así como usar un gato y quitar los birlos con el dado; no me da miedo ensuciarme las manos y he aprendido siempre a resolver mis problemas yo solita. Así que cambiar una llanta a mí no me asusta, al menos no tanto como al parecer a ti te asusta mi independencia, porque aunque te hubiera querido para todo, jamás te necesité para nada.
La forma en la que la gente se va te lo dice todo. Por eso cuando yo entro o salgo de la vida de alguien más, cierro la puerta con cariño.
'Cause people don't abandon people they love.
They abandon people they were using.
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