"Corramos juntos, vámonos de aquí... a donde tú quieras..."
M. Medrano
¿Ubican cuando hace mucho frío y de repente te detienes para pararte en donde ilumina un repentino rayito de sol?
Bueno, pues hay personas que se sienten justamente así, cálidos y apacibles como ese rayito de sol.
Por muy godín que esto suene, el viernes siempre había sido mi día favorito de la semana. Ahora lo es aún más, y por razones muy diferentes a cualquier motivo laboral. Mis últimos viernes han sido una brisa fresca de libertad con sabor a filosofía, a lo inesperado, a calma en un torbellino de confusos escenarios, a volver a ser niña, a moka y a atardeceres que -aunque sea por un instante- me han permitido escapar de este planeta como deteniendo todo aquello que me ha tenido bajo presión, tardes que saben a ganas de poner sonrisas donde hay heridas, a serenidad y consuelo, a esperanza y agradecimiento.
No sé, no sé muchas cosas, aunque es casi como si las presintiera, pero por ahora, irremediable e irresponsablemente, no las quiero saber.
Hoy solo puedo decir que, después de valiosísimos momentos de confesiones compartidas con un alma muy bonita, lo único que sí tengo por seguro es que veo que la gente buena no la ha pasado tan bien. Las personas más solitarias son las más nobles. Las personas más tristes sonríen con el brillo más resplandeciente. Las personas que han sido más dañadas son las más sabias. Pareciera que dan cobijo a otros, comprendiendo cada herida ajena, filtrando con su luz cada grieta a modo de un hermoso trabajo de kintsugi, pareciera que lo hacen porque no quieren ver a nadie más sufrir de la manera en que ellos han sufrido. No puedo concebir algo más noble, más humano, más sublime.
Así, simplemente voy a resumir que gracias a este pequeño gran regalo del destino, las canciones de Manuel Medrano ya no suenan igual que antes, y que jamás volverán a sonar igual que ahora.
Thank God for that.

No hay comentarios:
Publicar un comentario