martes, 6 de septiembre de 2022

Entre cumbias y hot cakes

“Lo que más odiaba era todo lo mediocre, normal y corriente.”
El Lobo Estepario, Hermann Hesse

Agosto terminó y sigo procesándolo.
El año avanza en su segunda mitad deslizándose ante nuestro ojos, el tiempo inevitablemente se escurre a gran velocidad y no sé si en realidad simplemente he elegido disfrutar cada gotita para no sentir que me estoy ahogando en él. Si bien el 2022 comenzó bastante atractivo e incluso fue in crescendo hacia finales de junio (de hecho junio fue un mes épicamente interesante, para bien y para mal); pero en julio abruptamente la realidad me enfrentó de golpe como suele ocurrirme mientras camino entre mis quimeras imaginarias de nubecitas de algodón. Sí, todo se derrumbó cual aquella ochentera canción de Emmanuel, y en julio colapsé como polvorón, sumergida en un río que me sacudió inesperada y estrepitosamente, lo que me llevó a pensar que la vida no fía y era como si ahora debiera pagar los altos costos que el destino me facturó por los momentos de felicidad vividos meses antes.

Anyway, los días siguen su curso, y en el trayecto, decidí (más por flaqueza que por convicción) dejar de nadar contra corriente. A riesgo de ahogarme, sí, y no muy decidida pero dispuesta a mantenerme a flote con la esperanza de llegar a un buen puerto. Por fortuna, en esos giros inesperados que toda historia tiene, aparecen ciertos salvavidas (real, salvadores de vida), que no solo te prestan sus asombrosos colores para seguir pintando tus mañanas al 'agilizar' un montón de sonrisas entre letras de magníficas obras literarias que adquieren nuevas dimensiones, sino que además te dejan pensando en la multiplicidad de improbabilidades, que te hacen pasar más tiempo del que deberías analizando los millones de posibilidades (e imposibilidades) y navegando entre infinitos universos al más puro estilo del Dr. Strange, preguntándote tantas cosas; y es que sí, como también suele sucederme a menudo, cuando creo tener todas las respuestas, me cambian todas las preguntas.

Así que nada, he estado trabajando mucho en mantenerme impasible ante todo lo que se ha ido presentando, autorregulando -por no decir intentando adormecer- mis emociones, más serena que The Edge cantando Numb mientras le pasa de todo, aunque una y otra vez fallo olímpicamente: esto es lo que soy, me maravillo, me entusiasmo, me descubro dando pequeños saltitos al desayunar unos deliciosos, esponjosos y sorpresivos hot cakes al ritmo de unas cumbias; y aun sabiéndome invisible entre la gente a mi alrededor, es en esos momentos cuando todo lo que parece colapsar en mí simplemente se detiene por un instante. No sé qué tan bien esté apagar las preocupaciones con nimiedades así, pero por un segundo esas pequeñas cosas son las que, en efecto, me siguen manteniendo a salvo de derrumbarme. Además, mi filosofía siempre me ha dictado que la ansiedad no es buena consejera ya que solo es muestra de un exceso de futuro siendo que todo lo que tenemos es el presente. Si bien ese presente por ahora es muy incierto (y ante ello no sé si emocionarme o rendirme), sí sé que a diario se me presentan retos que desafían mis capacidades y lecciones que aprendo desde lo más profundo de mi humildad, así como también aparecen motivos que de a poquito me devuelven la fe, y tardes no planeadas para observar atardeceres que se admiran desde un viejo y confidente mirador sabiendo que se quedarán en mí de formas que aún no me siento capaz de describir, manejando con todo cuidado situaciones en las que me siento involucrada sin siquiera entender si acaso lo estoy.

Por hoy, lo único que creo es que a mi entender, hay una clara diferencia entre comportamientos erróneos e incorrectos. Lo erróneo, para mí, es aquello que no es exacto o preciso, mientras que lo incorrecto es tan solo eso que no cumple con los cánones de cierta normativa estipulada por los demás. Mi pregunta eterna es y será ¿quiénes son los demás? Porque yo también soy "los demás" para los demás, y mis normativas tal vez tampoco se ajusten a las de ellos... Y mientras todo eso pasa por mi mente, se arremolinan en ella cualquier cantidad de incógnitas sobre lo que podría pasar en un universo paralelo, en donde yo no llegara tantos años tarde a las citas que el destino burlón me pone en el camino una tarde cualquiera, donde eso que soñé hace un par de noches pudiera hacerse realidad sin taladrar mi mente con argumentos freudianos e ignorando a Jung repitiendo en mis oídos que los sueños traen mensajes desde el inconsciente, haciéndolo suceder solo así, solo porque sí, por el gusto de vivirlo, por el placer de coincidir con el tipo de almas que no me quitan tiempo sino que me regalan vida, que son una bocanada de aire fresco cuando siento que me asfixio, que tienen la magia de dar calma cuando todo parece difícil y que te provocan el deseo de decir que sí a todo y salir corriendo a descubrir lo fantástico de lo simple, que sacan planes sensacionales de la nada y hacen que tu tarde valga la pena tan solo por compartir cuarenta y tres minutos de risas filosofando de todo y de nada, que te hacen olvidar tan solo por un momento todas esas responsabilidades como una Cenicienta que busca congelar el tiempo para escapar de su realidad, como llevándote a otro planeta mientras disfrutas del mejor esquite de la ciudad o una deliciosa explosión de bolitas sabor Oreo, y que te hacen entender que no importa cuánto tiempo tardaron en encontrarse si ahora puedes sentir que ¡por fin! alguien te escucha y es digno de ser escuchado, que alguien te ve y a quien no te cansas de ver, que alguien se ha vuelto, peligrosa e inocentemente a la vez, un adictivo rush de adrenalina al regalarte -así nada más- la dicha que sentías tan lejana, en un mundo donde hay muchos con quien estar pero pocos con quien ser.

Lo agridulce del momento es saber que es invaluable porque tarde o temprano ha de terminar.
Lo volátil del tiempo que nunca alcanza.
Lo frágil y vulnerable que me siento al querer mantener la entereza.
La poca certeza que por primera vez experimento acerca de mi futuro cercano al no tener idea sobre lo que sucederá, pero a la vez la claridad de comprender lo que no ha de suceder.
Sabiendo que tal vez debería detenerme y a la vez preguntándome porqué no quiero hacerlo.
La inspiración que poco a poco ha regresado.
Y mientras todo eso ocurre, volviendo a ubicar mis pies en la tierra, yo no sé cuánto tiempo más permanezca así. Desconozco por cuánto tiempo más me encontraré en la incertidumbre de circunstancias en las que estoy complejamente envuelta, entendiendo que soy yo quien ha decidido seguir siendo la capitana del barquito que me va llevando en este rumbo, tomando las riendas de las oportunidades bajo cierta disonancia cognitiva y una dosis de Ortega y Gasset con aquello de que "yo soy yo y mis circunstancias"...

Excepto cuando se trata de un par de tennis, puesto que en ese caso ellos no me definen a mí, sino que más bien yo los defino a ellos.

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