Les voy a contar la historia de una Ranita que por cuestiones de la vida se aventuró a dejar su feliz estanque caribeño, por otro que estaba junto a cierto Río (al que btw le da por desbordarse).
Así que por ahí andaba la Rana, salte y salte de aquí para allá, hasta que luego de unos ocho años (!) viviendo en su nuevo pantano, un día se sintió medio tristona. Básicamente esto se debía a que trabajaba 24/7 (porque era un anfibio algo melancólico pero muy muy responsable), y que aunque nunca fue una rana de muchas amiguis, y a pesar de ya conocer a mucha gente entre los habitantes del Río, no contaba con amigos entrañables ni tan simpaticones como los que viven en la Madriguera, allá en su natal Caribe, y hasta temía que ellos ya la tuvieran en el espantoso olvido. Sniff, sniff.
Pero no fue hasta un buen día de otoño, al caer la tarde y poco antes de la lluvia, que la Ranita meditabunda inesperadamente recibió un pequeño pero enorme regalito cumpleañero: una sorpresa que le hizo recordar aquel épico momento universitario en el auto de su amigo Pato, donde entre todos la bautizaron con tan tremendo nombre...
Entonces, su pambolero corazón se llenó de confetti al saber que su pequeño ser aún es recordado por esas personas que son tan importantes para ella, y agradeció con toda su alma por contar con sus viejos, queridos (y obvi sumamente apuestos) buddies, ya sea para analizar la Champions, para hablar de los éxitos musicales de ayer y hoy, para sugerir tips ejecutivos... o para responder mensajes enviados por Whatsapp con más o menos un año de retraso (oopsie, btw)...
Detallazo. Un lindo presente para recordarme que el regalo en sí es, precisamente, seguir presentes.
Ya sabe usted cuánto se le quiere. Gracias totales, mi buen Antieverything!
*corre a poner en su playlist algo de Richard Ashcroft porque esa Rana Rounds es una cosa nostálgica en serio, hahaha.
🐸
