"Aquel que tiene algo por qué vivir es capaz de enfrentar todos los cómos".
Friedrich Nietzsche
Preguntarnos por el sentido de la vida ha sido una constante desde que el mundo es mundo.
Llegando a un punto de quiebre, hoy dudo si vale la pena siquiera hacer esa pregunta para aceptar la respuesta que siempre hemos pretendido evitar: tal vez la vida no tenga un sentido.
¿Por dónde comenzar la búsqueda? ¿Cómo encontrar sentido en un mundo vacío, desastrozo, ilógico e inexplicablemente absurdo?
Nietzsche lo tenía claro: lo que sucede en el mundo es en gran parte resultado del azar. Encima de ello, existe algo que vuelve inútil a nuestra razón: el sufrimiento. Hemos hecho de este un grotesco y cínico lugar plagado de injusticias y crueldad inexplicable. Cuando sufrimos, la existencia se vuelve intolerable, y nos vemos inmersos en la afanosa necesidad de encontrar algún modo de justificar nuestra existencia en este mundo.
En un sistema donde los valores cada vez valen menos y donde ya todo es insignificante precisamente porque a nada le damos un significado, hemos conseguido hacer de esta búsqueda un vil mercado: coachings, videítos motivacionales, libritos de autoayuda vendiéndose como pan caliente, lo que a su vez nos señala la intensidad de los intentos en masa que la humanidad tiene por cubrir el vacío que genera esa profunda e imperiosa necesidad, sin ver que por el contrario, con el objeto de sumergirnos aún más en el engranaje capitalista de comerciar con las emociones, dichos productos no resuelven ninguna búsqueda, sino que surgen solo para enseñarnos a vivir pese a la falta de sentido.
Si la vida es algo insignificante, carece de cualquier otro valor que no sea el que nosotros mismos pretendamos atribuirle. Por eso es que Camus acertó al decir que la vida es básicamente una sucesión de acontecimientos inútiles, vacíos y ausentes de significado, que repetimos cada día por tradición, por costumbre, por inercia.
La vida en sí misma no tiene sentido, lo que ya de por sí es un absurdo.
El mundo no nos debe nada. Es en esta existencia absurda repleta de dolor e incongruencia que nos vemos obligados a explicar esto de una u otra forma.
La existencia en sí es sufrimiento, Schopenhauer lo entendió todo. Pretender racionalizar el sin sentido de la vida es una tarea inútil y eterna. No es ser pesimista, es realismo puro, entendiendo que todo pensamiento tiene sus límites. Al cuestionarnos sobre el origen de las circunstancias, tanto de nuestras alegrías como de nuestras penas, de inmediato llegamos al abismo de aceptar de nuestra ignorancia y una falta de respuestas para las más grandes y trascendentales preguntas.
Aceptar la vida y su falta de sentido solo plantea el reto de asignarle motivos para querer seguir en ella, anhelando hallar cierta belleza en lo absurdo de las causalidades, sobreviviendo estoicos como Viktor Frankl y su profundo análisis existencial tras concluir que vivir es sufrir y sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Contemplar estéticamente las cosas y los hechos del mundo es lo único que nos salva, pues nos brinda un estado de serenidad que aleja los males inherentes al tremendo hecho de vivir.
No nos queda nada más que encontrar consuelo en un baño tibio o un vaso de leche con chocolate, algo así.
En mi caso, yo no creería más que en un Dios que supiera bailar.
*Now playing: "El loco" - Babasónicos
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