22 de Agosto, 2003: MONOPOLIZANDO EL MUNDO...
Primeramente quiero destacar que no estaba entre mis planes el poseer tres continentes un viernes por la noche -mucho menos saliendo de clases a las 10-, puesto que he tenido una semana algo difícil y a estas alturas sólo anhelaba la comodidad que brinda mi pijama de vaquitas. Cosa rara: el antro no me llamaba la atención, y no fue suficientemente convincente un “¡vamos D! Ya tenemos la mesa reservada y vamos a ir todas...” para hacerme creer que esta noche tendría un milímetro de diferencia a cada una de las noches de viernes en el Bull. No he de negar que disfruto el estar bailoteando (y hasta platicar sobre temas banales una vez por semana), pero la monotonía le quita la magia a cualquier situación, y si hay dudas, no hay dudas: hoy no iría y punto.
Sin embargo, no me pude resistir a los encantos del Turista. ¿Y es que quién lo haría, si te ofrecen una hogareña velada con deliciosa cena incluida, musiquita de fondo y una agradable conversación con tres excelentes amigos? Así, decidí aceptar el reto: quizás esa pasta tenía poderes sobre la parte de mi cerebro que calcula las estrategias, o a lo mejor el bossa nova debilitó a mis contrincantes; la cuestión es que entre temáticas tan diversas como la Organización Mundial de Comercio, los jugadores del Real Madrid, la comida húngara y el nuevo disco de Café Tacvba, resulté poseedora de un emporio intercontinental, millonaria e invicta en un duelo que terminaría hasta las 4:30 de la mañana.
23 de Agosto, 2003: EL SÁBADO ERA SILENCIO...
...y no por encontrarme desvelada, sino porque así lo sentía. No es necesario aclarar que mi día comenzó hasta las 11:00 a.m., cuando Lollapalooza (o Lola, pa’ los cuates) decidió que era momento de despertarme con un solemne lamido en la nariz. Es increíble que una bola de pelos de 35 centímetros de largo -comúnmente llamada poodle- tenga mayor potencial para levantarme que el mismísimo despertador.
El día transcurrió aprovechando las ofertas del supermercado; pero yo no tenía muchos ánimos. Así que al llegar a casa decidí prepararme para la ceremonia. Sólo para la ceremonia, porque aún no estoy preparada para asimilar el vivir con todo lo demás. Me visto de blanco, la cita es a las 8 de la noche (aunque la verdad, yo no requiero de un día o un horario específico, esto lleva ya tres días en mi memoria, y para ser sinceros, sé que no se irá nunca de ahí).
Sin más, mi mamá y yo llegamos a la Iglesia. Paradójicamente, me percaté de que en ese momento se celebraba una boda: gente salía sonriendo mientras gente entraba llorando. ¡Quién lo diría! Hace aproximadamente un año yo también asistía a una boda, en esta misma iglesia, invitada por la misma persona que hoy me hacía regresar a ella... El clímax de mi indescriptible sentimiento fue el ver llegar a los papás de Andrea con un pequeño cofre en sus manos: es oficial, mi entrañable amiga ha fallecido.
Me faltan las palabras para explicar el impacto, el shock, el infinito dolor... La g
ente se acerca a las fotografías que han colocado frente al altar, pero qué no lo ven? Ella se fue!!! Se fue!!! Se fue... Mis mente se niega a aceptar, incluso a creer, lo que ven mis ojos,
lo que solloza mi corazón. No pude hacer nada que no fuera llorar. Y lloré, ante lo real de lo incierto...¿Y ahora con quién voy a cantar esas rolas de Nicho Hinojosa que sólo con ella era capaz de escuchar? ¿Con quién voy a corregir ahora la ortografía de cualquier texto que cayera en nuestras manos? ¿Quién responderá mi saludo cuando entre al salón cantando “hooOOLA-
AAaandy!" y ya no la vea más ahí, sentada junto a mí? Más aún, ¿Qué pasará con su bebé? ¿Y sus papás? ¿Quién será ahora la más hermosa bailarina del ballet Talulah? Las respuestas se deslizan por mis mejillas a manera de sal, porque yo sé que –

más allá del egoísmo- la resignación no está ni en las margaritas que llevo en las manos, ni en la Luna que observa mi imposible tristeza.
Así que acepto tu “hasta luego”, querida Andy, y no esperes que te extrañe pues vivirás para siempre en mí. Tú ya ve en paz, porque regresas a donde perteneces; por mi parte seré fuerte y abrazaré a tus papás... Hágase Señor Tu voluntad...
24 de Agosto, 2003: EN EL SÉPTIMO DÍA...
De manera impresionante, la vida continua. Aprendes a agradecer un día más de vida y prosigues tu camino. Es una verdadera pena que sucesos de este tipo tengan que acontecer para que abras los ojos y hagas todo lo que hace tiempo deseas hacer, saludes a quienes hace tiempo no saludas y valores cada rayo de sol que roza tu frente.
Hace tiempo que mi mamá quiere ir al cine, así que desde las 12 nos refinamos un maratónico día en Cinépolis, saliendo de una función y entrando a otra, sonriendo con Harrison Ford y suspirando por Johnny Depp. Al finalizar nuestra dosis del séptimo arte, dimos la ya rigurosa vuelta por la plaza; yo aproveché la ocasión para entrar a Bershka y recordar viejos tiempos: sí, la colección primavera-verano ya terminó.
Mis ex compañeras de trabajo me saludan efusivamente, el gran abrazo culmina con un “¡D! ¿cómo has estado? ¿qué has hecho? Te hemos extrañado...” Les narro brevemente mis aventuras universitarias, se alegran conmigo y yo me alegro con ellas al escuchar que dentro de pronto quizás aumente su comisión. Por cierto, una de ellas cumple años y la felicito (¡verdaderamente la felicito!, pues a partir de hoy he decidido celebrar la vida) prometiendo asistir a la fiesta a la cual me hace partícipe.
Me despido cariñosamente, y mientras platico con mi mamá nos aproximamos a Mix Up; mamá ríe al darse cuenta de lo inevitable. He decidido hacer una nueva adquisición, aunque tanto Radiohead como Jumbo suenan tentadores. Checo mi presupuesto y decido que Jumbo estará bien; además, su música llenará el vacío que la nostalgia está dejando, pues como bien dice su canción, “cuando somos fuertes, nos devora el temor de seguir...”.
Son ya las 9 de la noche, y planeo culminar el domingo en mi clásica cita con las series del canal 14. El audio queda en segundo plano, mientras mi mente repite un collage de recuerdos. Definitivamente este fin de semana no hice nada sobresaliente, nada fuera de lo común; y a la vez, sobresale que estos dos días no fueron comunes para nada. A ver qué sucede el próximo fin.