"Lo sé. Soy imposible de olvidar, pero difícil de recordar."
Claire Colburn, Elizabethtown.
Si te gusta lo que ves, imagina todo lo que aún no has visto.
Porque no soy todo lo que ves... pero tampoco ves todo lo que soy.
Y no voy a pedirte que te intereses por alguien que hasta ahora no te ha interesado lo suficiente. No es mi estilo.
Sin embargo, puedo sugerirte que, si lo haces, te enamores de una mujer de verdad. No te diré que busques a una mujer que lee, porque seguramente ya alguien te lo sugirió por mí, y su cultura y sed por la sabiduría es una opción que podrías elegir o no. Pero fíjate en aquella que te escuche, o que quiera hacerlo, porque te estará dando algo sumamente valioso e imposible de recuperar: su tiempo. Enamórate de una mujer que busque formas en las nubes, indica que es creativa y siempre te sorprenderá. Enamórate de una mujer que sea lo suficientemente valiente para aceptar que tiene miedo, pero que siempre actúe a pesar de él. Una mujer de verdad no mata hormiguitas sólo porque puede, enamórate de la que toma a la hormiguita en la uña y la devuelve a su filita. Eso significa que conoce la bondad y es capaz de empatizar con los que no tienen las mismas herramientas que ella, suma perfecta entre poder y humildad.
Enamórate de una mujer que no disimule ni esconda lo inteligente que es. Las que se hacen pasar por tontas son mucho más peligrosas que las que asumen con orgullo lo inteligentes que son. Además, ¿por qué quisieras estar con una mujer que se subestima para "atrapar" a un hombre? Enamórate de una mujer que sea abrazable, adorable, querible y cogible. Todas son importantes. Una mujer de verdad no se maquilla mucho. Es honesta y segura. El físico es efímero y se acaba, la esencia permanece y evoluciona. Además, las que se maquillan mucho envejecen más rápido. Enamórate de una mujer que comprenda la ideología de Mafalda antes que los estereotipos de Barbie. Porque no basta con ser bonita: hay que saberlo ser.
Enamórate de una mujer a quien le guste comer. La vida es más divertida comiendo pizza que atún. Enamórate de una mujer a quien le guste la música. No importa que no sea la misma que te guste a ti, porque tú no sabes en cuántas canciones será capaz de encontrarte. Si ella canta contigo (o por ti, o para ti), ya ganaste. La música puede unirlos cuando se alejen, curarlos cuando se enfermen y salvarlos cuando se pierdan. Enamórate de una mujer que disfrute cocinar, aunque no le guste lavar platos -pero que tenga dinero como para comprar un lavaplatos-. Muy importante.
Enamórate de una mujer que esté más preocupada por los ceros en sus cuentas que en las tuyas. Enamórate de una mujer que te dé el espacio que te permita extrañarle, que te extrañe, que te lo deje saber, y que aún así no exija nada que tú no quieras dar. Enamórate de una mujer que te quiera porque la haces reír y no porque le compras cosas; las mujeres de verdad pueden pagarse sus gustos y necesidades. Observa sus ojos, y enamórate de una mujer que respire profundo para calmarse cuando te ve. Enamórate de una mujer que no pueda esconder nada, de las miradas que la delaten y que te digan lo que necesitas saber. Enamórate de ella porque le brillan los ojos cuando te ve. Eso significa que está enamorada de ti.
Enamórate de una mujer que hable bastante, para que tú no tengas que hacerlo. Ella será sincera y real; la parte fácil es tuya: asiente y sonríe como si tuvieras idea de lo que está hablando. Enamórate de una mujer que sepa escuchar y que te escuche con atención, porque anotará en su memoria cada cosa que sea relevante para ti. Una mujer de verdad puede leerte sin palabras, enámorate de la que te haga pensar y que pueda hacerte sentir culpable y genuinamente arrepentido de vez en cuando. Que tenga ese poder sobre ti es el mejor antídoto contra la soberbia y el orgullo. Enamórate de una mujer que no sepa planchar, para que no pierdan ni un solo momento juntos. Enamórate de una mujer que sepa escribir “mensajitos” de amor. Los “mensajitos” reviven la emoción, y algunos hasta... pueden hacer que fluya un repentino bombazo de sangre a tu... ...corazón.
Enamórate de una mujer a quien le guste bailar, y que disfrute hacerlo como si nadie la estuviese viendo. Recuerda que bailar es la expresión vertical de un deseo horizontal. Si ella quiere bailar contigo, te lo estará diciendo todo. Enamórate de una mujer que piense en otras cosas, que haga otras cosas y que incluso piense en otras personas diferentes a ti. Enamórate de una mujer con hobbies, con intereses, con pasiones, con una vida propia. Que no seas sólo tú, para que no te asfixie. Enamórate de una mujer que sepa que el amor tiene que ser libre. El amor obligatorio sólo le hace daño a los involucrados. El amor obligatorio simplemente no es amor.
Enamórate de una mujer que no pida nada. Las mujeres de verdad no necesitan hacerlo, porque saben lo que valen y no aceptan menos de lo que merecen, lo que te pone a ti en un nivel de altura: alégrate si crees que pretende demasiado, porque eso sólo significa que sabe que tú lo puedes dar. Una mujer independiente no tendrá razones para causarte molestias y si bien puede defenderse, lo único que pedirá es sentirse segura y protegida a tu lado. Así, te necesitará tanto como tú la necesitarás a ella. Recuerda que si ella es increíble, no será tan fácil. Si ella vale la pena no te rendirás, y si te rindes no eres digno de ella. Aprende a valorar sus pequeños grandes actos, porque en cada cosa que hace te estará entregando una parte de su alma. Enamórate aún más si no se acompleja por los juicios ajenos, porque se mantendrá siempre íntegra y leal a lo que ella es. Enamórate de una mujer que ya haya sido rota, porque aun cuando ella ya haya sabido repararse, será capaz de amarte con cada uno de sus pedacitos.
Enamórate de una mujer que nunca deje de aprender, y así ella sabrá sorprenderte en cada vez. Disfruta a una mujer con sus propios misterios. Te deleitarás desenvolviendo cada uno de ellos. Si haces lo que nunca has hecho, verás lo que nunca has visto. Sedúcela con tu inteligencia, desvístele el corazón, porque así la ropa se caerá sola. Una mujer de verdad es capaz de cambiar una llanta o usar un taladro, aún con manicure francés o vistiendo lencería fina bajo sus prendas. Prefiere a una mujer con momentos de locura y no a una muy cuerda, porque la locura es libertad... ¡y las cuerdas atan! Una mujer que sepa reírse de sus defectos, aún cuando siempre busque trabajar en ellos. Una mujer así es admirable, interesante, precisa, impredecible, con una gran historia y una portada atractiva, pero un contenido inolvidable. Enamórate de una mujer que ame y deje amar. Que sea y que deje ser.
Enamórate de mí, o de alguien como yo, para que no me duela tanto.
*Now playing: "Ojalá que sí" - Ale Zeguer
lunes, 4 de noviembre de 2024
miércoles, 2 de octubre de 2024
Kit Kat
"Yo no sé cuan efímero es tu error, ya te perdoné...
adelanté las agujas del reloj, la lágrima secó...".
(Día especial, Shakira)
Sí, sigue siendo mi favorito.
Más que el chocolate, el simple hecho de que lo recuerdes.
Ahí, en ese que aunque ya no es nuestro lugar, sigue siendo el spot de referencia, bajo el sol que nos gusta cuando no está, entre un soundtrack patrocinado por cualquier tía con las joyas de ayer y hoy. Descubriendo que siempre sí habían garzas, re-conociendo sin pena, sin miedo, sin incomodidad. Cuando no se tiene nada, no hay nada qué perder. Y aunque sí es posible crear nuevos, no se puede vivir únicamente de recuerdos.
Si "idealizaste", tal vez la disculpa entonces te la deba yo, puesto que yo jamás me voy a arrepentir de absolutamente nada. Disculpa que yo sí haya creído todo aquello que parecía real. Solo la ilusión trae desilusión...
Si "actuaste de maneras poco sabias", si "ahora somos más maduros", si "a pesar de los años se siente como si hubiera sido ayer".
Si Momo, Bukowsky, El Principito o Dostoievsky. Si Foucault y el mito de la nave de los locos.
Si "mi inconfundible perfume se percibe desde que llego" o si el señor Medina es "un santuario".
Si "ambos queríamos extender los minutos". Eso no lo sé.
Pero si así debía de ser, que sea. Y si no vuelve a ser, lo demás te lo regalo, yo con eso me quedo.
Porque me gustabas mucho más que el aguacate.
Pero entendí que si aún [me] dolía, es porque [para mí] sí fue significativo. Es tan solo que a veces las conexiones terminan antes de que estemos listos para dejarlas ir.
Gracias por pretender darle un mejor cierre a esto, aún si estaba más que cerrado. El dos de octubre no se olvida, dicen. Aunque yo espero que este sí.
*Now playing: "Pausa" - Andrés Obregón
adelanté las agujas del reloj, la lágrima secó...".
(Día especial, Shakira)
Sí, sigue siendo mi favorito.
Más que el chocolate, el simple hecho de que lo recuerdes.
Ahí, en ese que aunque ya no es nuestro lugar, sigue siendo el spot de referencia, bajo el sol que nos gusta cuando no está, entre un soundtrack patrocinado por cualquier tía con las joyas de ayer y hoy. Descubriendo que siempre sí habían garzas, re-conociendo sin pena, sin miedo, sin incomodidad. Cuando no se tiene nada, no hay nada qué perder. Y aunque sí es posible crear nuevos, no se puede vivir únicamente de recuerdos.
Si "idealizaste", tal vez la disculpa entonces te la deba yo, puesto que yo jamás me voy a arrepentir de absolutamente nada. Disculpa que yo sí haya creído todo aquello que parecía real. Solo la ilusión trae desilusión...
Si "actuaste de maneras poco sabias", si "ahora somos más maduros", si "a pesar de los años se siente como si hubiera sido ayer".
Si Momo, Bukowsky, El Principito o Dostoievsky. Si Foucault y el mito de la nave de los locos.
Si "mi inconfundible perfume se percibe desde que llego" o si el señor Medina es "un santuario".
Si "ambos queríamos extender los minutos". Eso no lo sé.
Pero si así debía de ser, que sea. Y si no vuelve a ser, lo demás te lo regalo, yo con eso me quedo.
Porque me gustabas mucho más que el aguacate.
Pero entendí que si aún [me] dolía, es porque [para mí] sí fue significativo. Es tan solo que a veces las conexiones terminan antes de que estemos listos para dejarlas ir.
Gracias por pretender darle un mejor cierre a esto, aún si estaba más que cerrado. El dos de octubre no se olvida, dicen. Aunque yo espero que este sí.
*Now playing: "Pausa" - Andrés Obregón
miércoles, 10 de julio de 2024
El Gamborimbo mayor
Este es un texto más, ni el mejor ni muy diferente, entre varios que aparecen hoy entre mis conocidos. Tal vez no será muy meloso, ni cursi, ni lleno de halagos que suelen abundar hasta que alguien parte, siendo ya algo tarde a mi parecer. Lo que sí sé es que estas, como todas mis palabras, están llenas de honestidad, de historia, y más que elogios, de profundo reconocimiento.
Lo conocí muy chica, hasta sin saberlo. Eran días en los que mi yo prepratoriana tenía fascinación por hacer sus tareitas muy bien hechecitas, herencia de la miss Consuelo, maestra de Español que me inspiró en secundaria. Esa inspiración no solo no se fue, sino que en las ya mencionadas tareas iniciales de la prepa se sumaron a un espíritu investigador, por lo que surgió un monstruo ñoñil que buscaba lecturas por doquier. Entonces fue que una tía, quien ni siquiera vivía en mi ciudad, me recomendó un par de libros, y así continué con un hobbie -secreto- que he tenido desde siempre: escribir.
Entre aquellos libros, mi tía me obsequió algunas viejas ediciones tituladas "El guión" y "Principios básicos de Comunicación", carrera que, de nuevo, en ese entonces yo ignoraba que sería mi futura profesión. Así, ambos entraron a mi biblioteca personal.
Algunos años después, y solo porque así son los caminos de la vida (como cita la canción), ingresé a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. No, ni de broma para seguir el entonces trend de "salir en la tv". Todo lo contrario, en todo caso a mí me interesaba más todo el behind de scenes, y claro, el mundo de las letras. Escribir, escribir, escribir. Fue entonces que, desde el semestre 1 hasta el último día de clases de universidad, mi grupo y yo fuimos recibidos siempre por un muy solemne profesor.
Mi clase y yo teníamos una fuerte responsabilidad sobre los hombros, al ser nosotros la primera generación de comunicólogos de la Universidad La Salle Cancún. Esa responsabilidad (ahora como maestra lo entiendo) naturalmente estaba implícita e intrínsecamente relacionada con nuestros docentes. Varios pasaron por nuestras aulas. Varios no solo pasaron por ellas, sino también se quedaron en nuestros recuerdos e incluso, aún ahora tenemos la dicha de llamarles amigos.
En lo personal, yo siempre he visto con absoluto respeto a quien se pare frente a una audiencia a dar cátedra. Hay quienes imponen, hay quienes dan confianza, hay quienes generan admiración. Hay quienes cuentan historias interesantes. Él era uno de ellos. Me gustaba mucho que, al iniciar sus clases, siempre nos narraba alguna anécdota, alguna noticia, algo para despertar nuestro interés, o avivarlo, según cada caso. Tampoco mentiré diciendo que era mi profesor favorito o que yo estuviera en su top, pero sin duda en cada una de sus materias (y repito, él tuvo el valor de soportarnos durante 8 semestres) APRENDÍ. Las disfruté. De hecho, me parece que era en donde no se me hacía complicado tener buenas notas, y no porque fueran sencillas, sino que era bastante agradable para mí esmerarme en cumplir con buenos escritos para él.
La joya de esta corona fue el re-conocerlo. Porque no salía de mi asombro en aquella clase de guionismo cuando él nos pidió que como parte de nuestra bibliografía tomáramos como base una de sus obras. Sí, esa vieja edición obsequiada por alguna tía de alguna otra cuidad, ese pequeño libro que yo ya tenía en mi colección, era de su autoría. En mi cabeza, descubrir que oficialmente estaba frente a un autor publicado y reconocido desde años atrás, para mí fue elevarlo -aún más- a categoría de rockstar de idioma. Wow, no porque no tuviera desde siempre mi reconocimiento, sino que ahí más que nunca me dí cuenta de que cada nota, cada observación suya en mis apuntes, eran más bien autógrafos llenos de sabiduría. Más que alumna, me declare fan. Y repito, sin idealizarlo o que fuera de mis favs, pero sí otorgando mi máximo respeto y honor a quien tarde a tarde nos instruía en una materia que, al menos a mi grupito de amigos (que eran más prácticos que teóricos) no les fascinaba.
"¡Rana! -me decían-, rífate con el guión junto con el Alan, y ya nosotros editamos". Me lo decían como asignándome el castigo de hacer la parte escrita del trabajo en equipo, cuando esa tarea para mí era un placer. Y es que con él a cargo de la materia, incluso los temas que tocaban fibras delicadas en mí (como hablar de perros callejeros o sobre la fiesta brava) eran siempre oportunidades de desarrollar talentos.
"Me gusta mucho tu forma de escribir", me dijo un día, "tu forma de redactar es como leer tus pensamientos, cual si te escuchara platicarlos, y haces la narración amena, me agrada leerte". Quedé speechless. Acto seguido, sacó de su portafolios otro de los libros de su autoría, uno muy pequeñito y curioso que nada tenía que ver con las teorías de McLuhan o Weber, se titulaba "De gamborimbos y carreteras", y me lo obsequió. Nunca me sentí más honrada al recibir un presente, ese momento trascendió para siempre entre mis recuerdos universitarios por el poderoso significado que representó para mí.
Fueron tantos momentos que nos hicieron unidos a él, como cuando nos compartió la próxima publicación de su "Diccionario de comunicación", el cual orgullosamente se jactaba de decir que era inspirado por y para sus alumnos. Personalmente, tuvimos también algún desencuentro, como aquella vez a mitad de la carrera en la que yo había exentado con calificación perfecta su materia, y por llegar 3 minutos tarde a firmar el examen me retiró dicho privilegio. "Reglas son reglas", señaló molesto aún después de explicarle mi incidente. "Reglas son reglas", repitió. Mi inconformidad en ese momento no me dejó ver que él seguía dándome lecciones, no solo académicas sino profesionales, que por supuesto hoy no nada más agradezco sino que las replico con mis alumnos. De igual manera, un 9 final bajó mi promedio mas no borró todo lo que yo había aprendido con él durante el curso.
Dos años más tarde y varios chistes después (aún me rio con la pregunta que nos hizo sobre las mujeres y el delineador de ojos), a semanas de egresar, mis escritos sobre un revulsivo Chiapas, los hoyos funkies de los 80's, la entonces incipiente economía china elevándose cono dragón o el movimiento del '68 se iban profesionalizando, siempre bajo su guía; hasta esa tarde entre sus asesorías, cuando yo estaba llena de conflictos mentales acerca del tema a desarrollar para presentar mi proyecto final, con unas preguntas mayores pero contundentes me aclaró el panorama. Unas palabras que día a día resuenan en mi cabeza aún hasta hoy. Simplemente me dijo: "¿Quieres escribir? ¡Pues escribe! Solo pregúntate porqué lo haces, ¿porqué estás estudiando esto?, ¿qué quieres transmitir?". Todo fluyó a partir de esas premisas, y eso siempre se lo deberé a él. Nunca sabré si mi trabajo fue lo suficientemente bueno o no, pero tampoco olvidaré jamás que, cuando nos llamó uno a uno a si escritorio para darnos la calificación, me vio a los ojos, con esa severidad suya siempre envuelta en ternura paternal, y me dijo en tono nostálgico: "Yo en una de mis materias te quedé a deber un punto, ¿verdad? -haciendo alusión a aquella remota anécdota del examen exento, la cual yo francamente ya ni tenía presente y tardé un instante en conectar-... Pues bueno, aquí me falta donde ponerlo, porque claro que tienes tu 10. Ve por ese promedio que buscas para titularte...".
No, "profe", no. Nunca me debió nada, todo lo contrario, y el 10 yo ya lo tenía, todos los tuvimos, tan solo con tenerlo como maestro. Hoy con profundo asombro me entero de su partida. Inevitablemente conmueve, nos conmueve a todos quienes recordamos su encorvada silueta siempre enfundada en jeans que le daban ese aire relajado y cercano y siempre acompañada por un café en mano -sin importar la hora que fuese, mismo que le ganó el conocido mote cariñoso que nuestros compañeros de la segunda generación le pusieron-, su elocuencia y su cálida voz siempre sorprendiéndonos con vocabulario de alta gama (creo que ninguno de quienes fuimos sus alumnos superaremos el término de "párvulo" emanado de su léxico), su profesionalismo. Su cordialidad, sus merecidos regaños y sus oportunas risas. Su figura recargada en alguna barda del segundo piso mientras admiraba el atardecer en silencio hasta que alguno de nosotros llegábamos a hacerle plática. Su caligrafía inconfundible. Su legado en textos (como este), esperando con toda humildad rendirle honor a sus enseñanzas -y discúlpandome por el uso de anglicismos que tanto a él como a la Mtra. Alicia Uzcanga les parecían "innecesarios por ser siempre reemplazables"-.
Tal vez me haya explayado de más con mi escrito, sin embargo lo ofrezco a mis colegas comunicólogos lasallistas, para tener presente a quienes nos formaron; lo ofrezco a cada uno de nuestros maestros, para que sepan que no los olvidamos; lo ofrezco a su familia y amigos, si me leen, como un anecdotario más en memoria de un excelente docente que marcó muchas vidas, empezando por la mía al darme, con su ejemplo y sabiduría, la certeza de que las letras, claramente, más que mi hobbie son mi pasión. Aún no sé cómo puede agradecerse eso.
Así, este no será un adiós, o al menos lo ha de ser tan solo momentáneo, pues creo fielmente en ese místico entramado universal infinito que nos conecta a todos en una energía que trasciende, así como creo que algo del maestro Carlos Gonzalez Alonso permanecerá vivo en tantas y tantas generaciones que aprendimos de él.
No le he escrito a él, pero sí lo he hecho dedicado hacia él.
Ojalá lo hayamos reconocido lo suficiente en vida, ojalá lo sigamos reconociendo siempre.
Lo conocí muy chica, hasta sin saberlo. Eran días en los que mi yo prepratoriana tenía fascinación por hacer sus tareitas muy bien hechecitas, herencia de la miss Consuelo, maestra de Español que me inspiró en secundaria. Esa inspiración no solo no se fue, sino que en las ya mencionadas tareas iniciales de la prepa se sumaron a un espíritu investigador, por lo que surgió un monstruo ñoñil que buscaba lecturas por doquier. Entonces fue que una tía, quien ni siquiera vivía en mi ciudad, me recomendó un par de libros, y así continué con un hobbie -secreto- que he tenido desde siempre: escribir.
Entre aquellos libros, mi tía me obsequió algunas viejas ediciones tituladas "El guión" y "Principios básicos de Comunicación", carrera que, de nuevo, en ese entonces yo ignoraba que sería mi futura profesión. Así, ambos entraron a mi biblioteca personal.
Algunos años después, y solo porque así son los caminos de la vida (como cita la canción), ingresé a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. No, ni de broma para seguir el entonces trend de "salir en la tv". Todo lo contrario, en todo caso a mí me interesaba más todo el behind de scenes, y claro, el mundo de las letras. Escribir, escribir, escribir. Fue entonces que, desde el semestre 1 hasta el último día de clases de universidad, mi grupo y yo fuimos recibidos siempre por un muy solemne profesor.
Mi clase y yo teníamos una fuerte responsabilidad sobre los hombros, al ser nosotros la primera generación de comunicólogos de la Universidad La Salle Cancún. Esa responsabilidad (ahora como maestra lo entiendo) naturalmente estaba implícita e intrínsecamente relacionada con nuestros docentes. Varios pasaron por nuestras aulas. Varios no solo pasaron por ellas, sino también se quedaron en nuestros recuerdos e incluso, aún ahora tenemos la dicha de llamarles amigos.
En lo personal, yo siempre he visto con absoluto respeto a quien se pare frente a una audiencia a dar cátedra. Hay quienes imponen, hay quienes dan confianza, hay quienes generan admiración. Hay quienes cuentan historias interesantes. Él era uno de ellos. Me gustaba mucho que, al iniciar sus clases, siempre nos narraba alguna anécdota, alguna noticia, algo para despertar nuestro interés, o avivarlo, según cada caso. Tampoco mentiré diciendo que era mi profesor favorito o que yo estuviera en su top, pero sin duda en cada una de sus materias (y repito, él tuvo el valor de soportarnos durante 8 semestres) APRENDÍ. Las disfruté. De hecho, me parece que era en donde no se me hacía complicado tener buenas notas, y no porque fueran sencillas, sino que era bastante agradable para mí esmerarme en cumplir con buenos escritos para él.
La joya de esta corona fue el re-conocerlo. Porque no salía de mi asombro en aquella clase de guionismo cuando él nos pidió que como parte de nuestra bibliografía tomáramos como base una de sus obras. Sí, esa vieja edición obsequiada por alguna tía de alguna otra cuidad, ese pequeño libro que yo ya tenía en mi colección, era de su autoría. En mi cabeza, descubrir que oficialmente estaba frente a un autor publicado y reconocido desde años atrás, para mí fue elevarlo -aún más- a categoría de rockstar de idioma. Wow, no porque no tuviera desde siempre mi reconocimiento, sino que ahí más que nunca me dí cuenta de que cada nota, cada observación suya en mis apuntes, eran más bien autógrafos llenos de sabiduría. Más que alumna, me declare fan. Y repito, sin idealizarlo o que fuera de mis favs, pero sí otorgando mi máximo respeto y honor a quien tarde a tarde nos instruía en una materia que, al menos a mi grupito de amigos (que eran más prácticos que teóricos) no les fascinaba.
"¡Rana! -me decían-, rífate con el guión junto con el Alan, y ya nosotros editamos". Me lo decían como asignándome el castigo de hacer la parte escrita del trabajo en equipo, cuando esa tarea para mí era un placer. Y es que con él a cargo de la materia, incluso los temas que tocaban fibras delicadas en mí (como hablar de perros callejeros o sobre la fiesta brava) eran siempre oportunidades de desarrollar talentos.
"Me gusta mucho tu forma de escribir", me dijo un día, "tu forma de redactar es como leer tus pensamientos, cual si te escuchara platicarlos, y haces la narración amena, me agrada leerte". Quedé speechless. Acto seguido, sacó de su portafolios otro de los libros de su autoría, uno muy pequeñito y curioso que nada tenía que ver con las teorías de McLuhan o Weber, se titulaba "De gamborimbos y carreteras", y me lo obsequió. Nunca me sentí más honrada al recibir un presente, ese momento trascendió para siempre entre mis recuerdos universitarios por el poderoso significado que representó para mí.
Fueron tantos momentos que nos hicieron unidos a él, como cuando nos compartió la próxima publicación de su "Diccionario de comunicación", el cual orgullosamente se jactaba de decir que era inspirado por y para sus alumnos. Personalmente, tuvimos también algún desencuentro, como aquella vez a mitad de la carrera en la que yo había exentado con calificación perfecta su materia, y por llegar 3 minutos tarde a firmar el examen me retiró dicho privilegio. "Reglas son reglas", señaló molesto aún después de explicarle mi incidente. "Reglas son reglas", repitió. Mi inconformidad en ese momento no me dejó ver que él seguía dándome lecciones, no solo académicas sino profesionales, que por supuesto hoy no nada más agradezco sino que las replico con mis alumnos. De igual manera, un 9 final bajó mi promedio mas no borró todo lo que yo había aprendido con él durante el curso.
Dos años más tarde y varios chistes después (aún me rio con la pregunta que nos hizo sobre las mujeres y el delineador de ojos), a semanas de egresar, mis escritos sobre un revulsivo Chiapas, los hoyos funkies de los 80's, la entonces incipiente economía china elevándose cono dragón o el movimiento del '68 se iban profesionalizando, siempre bajo su guía; hasta esa tarde entre sus asesorías, cuando yo estaba llena de conflictos mentales acerca del tema a desarrollar para presentar mi proyecto final, con unas preguntas mayores pero contundentes me aclaró el panorama. Unas palabras que día a día resuenan en mi cabeza aún hasta hoy. Simplemente me dijo: "¿Quieres escribir? ¡Pues escribe! Solo pregúntate porqué lo haces, ¿porqué estás estudiando esto?, ¿qué quieres transmitir?". Todo fluyó a partir de esas premisas, y eso siempre se lo deberé a él. Nunca sabré si mi trabajo fue lo suficientemente bueno o no, pero tampoco olvidaré jamás que, cuando nos llamó uno a uno a si escritorio para darnos la calificación, me vio a los ojos, con esa severidad suya siempre envuelta en ternura paternal, y me dijo en tono nostálgico: "Yo en una de mis materias te quedé a deber un punto, ¿verdad? -haciendo alusión a aquella remota anécdota del examen exento, la cual yo francamente ya ni tenía presente y tardé un instante en conectar-... Pues bueno, aquí me falta donde ponerlo, porque claro que tienes tu 10. Ve por ese promedio que buscas para titularte...".
No, "profe", no. Nunca me debió nada, todo lo contrario, y el 10 yo ya lo tenía, todos los tuvimos, tan solo con tenerlo como maestro. Hoy con profundo asombro me entero de su partida. Inevitablemente conmueve, nos conmueve a todos quienes recordamos su encorvada silueta siempre enfundada en jeans que le daban ese aire relajado y cercano y siempre acompañada por un café en mano -sin importar la hora que fuese, mismo que le ganó el conocido mote cariñoso que nuestros compañeros de la segunda generación le pusieron-, su elocuencia y su cálida voz siempre sorprendiéndonos con vocabulario de alta gama (creo que ninguno de quienes fuimos sus alumnos superaremos el término de "párvulo" emanado de su léxico), su profesionalismo. Su cordialidad, sus merecidos regaños y sus oportunas risas. Su figura recargada en alguna barda del segundo piso mientras admiraba el atardecer en silencio hasta que alguno de nosotros llegábamos a hacerle plática. Su caligrafía inconfundible. Su legado en textos (como este), esperando con toda humildad rendirle honor a sus enseñanzas -y discúlpandome por el uso de anglicismos que tanto a él como a la Mtra. Alicia Uzcanga les parecían "innecesarios por ser siempre reemplazables"-.
Tal vez me haya explayado de más con mi escrito, sin embargo lo ofrezco a mis colegas comunicólogos lasallistas, para tener presente a quienes nos formaron; lo ofrezco a cada uno de nuestros maestros, para que sepan que no los olvidamos; lo ofrezco a su familia y amigos, si me leen, como un anecdotario más en memoria de un excelente docente que marcó muchas vidas, empezando por la mía al darme, con su ejemplo y sabiduría, la certeza de que las letras, claramente, más que mi hobbie son mi pasión. Aún no sé cómo puede agradecerse eso.
Así, este no será un adiós, o al menos lo ha de ser tan solo momentáneo, pues creo fielmente en ese místico entramado universal infinito que nos conecta a todos en una energía que trasciende, así como creo que algo del maestro Carlos Gonzalez Alonso permanecerá vivo en tantas y tantas generaciones que aprendimos de él.
No le he escrito a él, pero sí lo he hecho dedicado hacia él.
Ojalá lo hayamos reconocido lo suficiente en vida, ojalá lo sigamos reconociendo siempre.
domingo, 23 de junio de 2024
"Hola" (y adiós)
"La soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos"
Cien años de soledad, G. G. Márquez.
En su Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano explica que recordar viene del latín re-cordis, lo que significa algo así como "volver a pasar por el corazón". Y es que el tiempo se lleva los recuerdos, por eso son tan valiosos (para algunos). Pero la memoria no es la realidad en sí. Lo que extrañamos ya no existe. Es más, extrañamos el recuerdo de lo que fue, ni siquiera al hecho o persona en sí, porque como tal, ya no está. Pregunta aparte sería el cuestionar si es que acaso alguna vez estuvo. En el hoy, eso ya no importa en absoluto. Quizás entonces todo era nada y solo haya sido R.B. Zajonc y su teoría sobre el Efecto de Mera Exposición; o tal vez cuestiones de bioquímica cerebral, dosis de dopamina y oxitocina sumadas a ciertos remanentes de la memoria... pero solo eso.
Cuando alguien entra en tu vida y después de compartir un tiempo se marcha sin ninguna explicación, eso es todo menos cariño. Incluso si ese alguien alguna vez te preguntó "para tí, ¿qué es la lealtad?". La forma en que se va te lo dice todo, y esa persona que se ve al final es quien en realidad siempre fue. Entonces, ¿por qué ese impulso de dar relevancia a quienes no mostraron un mínimo interés? Quizá porque en algún punto entre el "hola" y el "adiós" hubo cariño, mucho cariño, incluso el obscuro y decadente Bukoswky decía que "hay fantasías que ni siquiera sabes que tienes hasta que entras en sintonía con la mente correcta". Lo que es significativo (para algunos) nunca es efímero. Sin embargo, si la única constante es el cambio, absolutamente nada dura para siempre. No importa lo mucho que la absurda melancolía desee revivirlo, desde los tiempos de Héraclito bien se sabe que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Nunca encontrarás a la misma pesona dos veces, ni siquiera en la misma persona.
Así que ya no más.
Hoy lo vi claramente y supe que ha sido (mucho más que) suficiente.
La nostalgia es un sentimiento muy fértil, pero ya fueron demasiadas letras al vacío. Ya no me da la vida (ni las ganas) para hacerle entender a la memoria que, por estar con alguien más, por momentos he dejado de estar conmigo. No hay necesidad. No soy muy fan del condicionamiento operante, y mucho menos de fingir lo que no siento, pero es tan real que ante repetidas conductas negativas la respuesta es que se pierda efecto ante el estímulo, y los encantos dejan de encantar. Así que Skinner, Watson, Thorndike, Pavlov, esta lluviosa noche yo los invoco, porque si el querer es una decisión, hoy decido ya no querer. Tan real que cuando en una chica nacen sentimientos por alguien, el único capaz de matar el sentimiento es ese mismo alguien. Tan real que sin memoria no hay pasado ni futuro y viviríamos en un presente infinito, pero tan real que así como requerimos de recordar para sobrevivir, también es necesario olvidar para lograrlo.
No se puede dejar atrás la nostalgia si se sigue buscando una lógica en los sentimientos. De cualquier forma, si extrañar (conjuguemos en tiempo pasado del ya no más) fue el precio necesario por haber vivido lo que (al parecer solamente yo) viví, perderlo y aprender de ello lo valió cada minuto de cada tarde en aquel (ahora lejano) otoño, y ya lo pagué con gusto. Me marcó muy hondo, y no hablaba de la piel, sino de la vida. Ojalá nunca me hubiera tocado, ojalá nunca (me) lo hubiera permitido. Lo echamos todo a perder.
Que se quede con mi pulsera de ojos turcos como amuleto olvidado bajo su almohada, con mi DVD de aquel documental mexicano que le presté para verlo juntos, y con una versión de mí que no todos conocen y que lo quiso de una forma muy bonita. Que se quede con eso pero con nada más, porque lo extrañé como si aún lo mereciera (siendo yo quien ya no merecía hacerlo), y aunque cero me arrepiento, es hoy cuando lo dejo ir todo (aunque una partecita de mí se vaya con él), con todo mi agradecimiento y con todo ese afecto que en mí había despertado y que hoy despido con un simple "cuídate mucho".
Ya era hora, hace mucho que lo era.
Prueba superada.
*Now playing: "Esta vez"- Julieta Venegas
Cien años de soledad, G. G. Márquez.
En su Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano explica que recordar viene del latín re-cordis, lo que significa algo así como "volver a pasar por el corazón". Y es que el tiempo se lleva los recuerdos, por eso son tan valiosos (para algunos). Pero la memoria no es la realidad en sí. Lo que extrañamos ya no existe. Es más, extrañamos el recuerdo de lo que fue, ni siquiera al hecho o persona en sí, porque como tal, ya no está. Pregunta aparte sería el cuestionar si es que acaso alguna vez estuvo. En el hoy, eso ya no importa en absoluto. Quizás entonces todo era nada y solo haya sido R.B. Zajonc y su teoría sobre el Efecto de Mera Exposición; o tal vez cuestiones de bioquímica cerebral, dosis de dopamina y oxitocina sumadas a ciertos remanentes de la memoria... pero solo eso.
Cuando alguien entra en tu vida y después de compartir un tiempo se marcha sin ninguna explicación, eso es todo menos cariño. Incluso si ese alguien alguna vez te preguntó "para tí, ¿qué es la lealtad?". La forma en que se va te lo dice todo, y esa persona que se ve al final es quien en realidad siempre fue. Entonces, ¿por qué ese impulso de dar relevancia a quienes no mostraron un mínimo interés? Quizá porque en algún punto entre el "hola" y el "adiós" hubo cariño, mucho cariño, incluso el obscuro y decadente Bukoswky decía que "hay fantasías que ni siquiera sabes que tienes hasta que entras en sintonía con la mente correcta". Lo que es significativo (para algunos) nunca es efímero. Sin embargo, si la única constante es el cambio, absolutamente nada dura para siempre. No importa lo mucho que la absurda melancolía desee revivirlo, desde los tiempos de Héraclito bien se sabe que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Nunca encontrarás a la misma pesona dos veces, ni siquiera en la misma persona.
Así que ya no más.
Hoy lo vi claramente y supe que ha sido (mucho más que) suficiente.
La nostalgia es un sentimiento muy fértil, pero ya fueron demasiadas letras al vacío. Ya no me da la vida (ni las ganas) para hacerle entender a la memoria que, por estar con alguien más, por momentos he dejado de estar conmigo. No hay necesidad. No soy muy fan del condicionamiento operante, y mucho menos de fingir lo que no siento, pero es tan real que ante repetidas conductas negativas la respuesta es que se pierda efecto ante el estímulo, y los encantos dejan de encantar. Así que Skinner, Watson, Thorndike, Pavlov, esta lluviosa noche yo los invoco, porque si el querer es una decisión, hoy decido ya no querer. Tan real que cuando en una chica nacen sentimientos por alguien, el único capaz de matar el sentimiento es ese mismo alguien. Tan real que sin memoria no hay pasado ni futuro y viviríamos en un presente infinito, pero tan real que así como requerimos de recordar para sobrevivir, también es necesario olvidar para lograrlo.
No se puede dejar atrás la nostalgia si se sigue buscando una lógica en los sentimientos. De cualquier forma, si extrañar (conjuguemos en tiempo pasado del ya no más) fue el precio necesario por haber vivido lo que (al parecer solamente yo) viví, perderlo y aprender de ello lo valió cada minuto de cada tarde en aquel (ahora lejano) otoño, y ya lo pagué con gusto. Me marcó muy hondo, y no hablaba de la piel, sino de la vida. Ojalá nunca me hubiera tocado, ojalá nunca (me) lo hubiera permitido. Lo echamos todo a perder.
Que se quede con mi pulsera de ojos turcos como amuleto olvidado bajo su almohada, con mi DVD de aquel documental mexicano que le presté para verlo juntos, y con una versión de mí que no todos conocen y que lo quiso de una forma muy bonita. Que se quede con eso pero con nada más, porque lo extrañé como si aún lo mereciera (siendo yo quien ya no merecía hacerlo), y aunque cero me arrepiento, es hoy cuando lo dejo ir todo (aunque una partecita de mí se vaya con él), con todo mi agradecimiento y con todo ese afecto que en mí había despertado y que hoy despido con un simple "cuídate mucho".
Ya era hora, hace mucho que lo era.
Prueba superada.
*Now playing: "Esta vez"- Julieta Venegas
sábado, 15 de junio de 2024
Timing
“You can erase someone from your mind.
Getting them out of your heart is another story.”
Eternal Sunshine of the Spotless Mind
Ahí estaba yo, doña estúp*da, cometiendo el mismo error más de dos veces en una misma mañana. ¿Por qué carambas te metes por esta calle si sabes que toda la zona centro está cerrada? Es tardísimo, hasta crees que encontrarás estacionamiento....
Bueno, no sé qué magia es esta, pero un único cajón en calle Mina se desocupa estratégicamente, como esperando por mí. Alabado sea aquel que se apiadó de mi mala suerte; pero ahora, dime, ¿por qué esa maldita mala manía de nunca revisar el celular? Si así lo hubiera hecho, sabría -antes de llegar justamente a la puerta del lugar a donde acudía- que no habría nadie porque me cancelaron hace una hora. Anda, corre, súbete al coche porque cada segundo que pierdes te demora todo el día... Y de nuevo, ¿por qué entras por este camellón si conscientemente sabes que podías tomar la otra avenida?
No, no se supone que debería estar ahí, ni en ese momento en ese lugar.
Ah, pero eso sí, la señorita muy cantorina al volante, como siempre, con esa playlist del viejo Blackberry de sieempre, escuchando las canciones que me llevan a momentos que jamás sucedieron con frases que me hacen recordar a las mismas lejanas personas de sieeempre. Focus, nena, en vez de estar pensando las mismas tonterías de sieeeempre, deberías enfocarte más en tu camino, porque mira, maldita sea, este semáforo que bien podías haber evitado tardará aún más por este gigantesco trailer que precisamente ahorita está intentando dar vuelta en U en un crucero... Es como un juego macabro en el que cada milimétrico movimiento altera los minutos de mi día por más que pretenda organizarlos de forma práctica. Hoy nada más no está saliendo el engranaje de la forma calculada.
OK, aprovechemos el rumbo porque no hay tiempo que perder, igual debías sacar una copia, y ya por ahí, pasar al banco. Y a ver qué tal, eh, porque mira que ni habrá lugar para estacionarse de nuevo... aunque bueno, místicamente lo hubo, otra vez. Agradecida con el de arriba, porque mira si tienes prisa, con tanto por hacer y tan poco tiempo no sería lo ideal detenerte a saludar a nadie, a menos, claro, que se te acerque el buen Arturo, ese alumno de la uni que acaba de egresar y quien con su tremenda sonrisa exclama un afectuoso: "¡hola, mi querida miss! ¡Qué gusto verla!". No puedo no detenerme a saludarlo, aunque eso implique tomarme un par de minutos más...
Llego a la copiadora. A lo lejos distingo que no había gente así que asumo que sacar la única fotocopia que requiero será algo rapidísimo, si no fuera porque me detuve un momento a ver un perrito que distrajo mi atención, y en el momento de voltear, dos pesonas se adelantan en la fila. Cómo es posible, ¡si solo fue una pausa de un par de segundos! Me recuerda a aquella escena del coche en The Truman Show, cuando Truman busca tomar una ruta y los extras proceden casi coreográficamente a saturar precisamente esa que Truman elige. Bien, perfecto. Asumo con serenidad que de nuevo los minutos se retrasan en mi lista de pendientes, y me pregunto en qué momento fue que ya pasa del mediodía...
Suspiro después de ver el reloj en la pantalla de mi celular, donde también veo una notificación de mi amiga Katya. What? Es raro porque es sábado y ella apenas si se reporta entre semana, en fin, no sé qué querrá decirme pero al ratito sin falta lo veré. Corre, sigue tu camino con la mayor velocidad que el tobillo aún torcido por el tropezón en días pasados te permita. Mientras, mi mente hace un repaso de todo lo que está planeado en el itinerario, pagar la renta, ir al súper, cuidado con la hojita de tu fotocopia, gran idea la tuya estarla paseando, ¿por qué no pasaste a la copiadora hasta el final del recorrido? Lo peor es que así lo pensaste, pero no lo hiciste, ¿por qué, por qué, por qué? Malísima tu planeación toda esta mañana, si sumamos todos los retrasos y desvíos, técnicamente ya ni tendrías que estar caminando ahorita por aquí.
En fin, mi remolino de pensamientos me acompañan al cruzar en automático la calle para adentrarme al mar de gente que se forma en dos filas sin fin sobre la banqueta a la entrada del banco. Tantas personas que vienen y van, tanta gente a mi alrededor, tantos rostros... hasta que precisamente uno de ellos topa de frente con el mío. No podría explicar, yo iba totalmente absorta en mis pensamientos, viendo hacia el frente desde mi minúscula estatura, pero sentí su cabeza girar mientras entre toda la multitud yo pasaba para -literalmente- chocar de lado con él, y me resultó inevitable voltear y mirarlo también. Esa cara me es familiar, muy familiar... Wow, qué lindísimos ojos, pero ¡¿por qué me ve tan fijamente, y por qué no lo reconozco?! Haciendo un disimulado repaso mental en una fracción de segundo, escucho un "hola", al cuál yo respondo igual, con un "¡hola!" algo más sonriente para dar espacio a mi mente para conectar que él es... espera, ese uniforme me dice que viene de... ¡¿QUÉ?! ¡Pero qué clase de micro-amnesia viví por unos segundos! ¿Cómo pude, cómo podría no saber quién era? Sus ojos y su voz haciendo click total para embarrarme de un golpe en la cara todo lo que la memoria de mi nostalgia recuerda aún hasta el día de hoy, pero que claramente no estaba preparada para inesperadamente volver a ver de frente, y mis manitas temblorosas lo confirmaron. Era él.
Claro que no venía solo, claro que venía en compañía de una chica.
Y no, claro que no, no se supone que yo debería estar ahí, ni en ese momento ni en ese lugar.
Como si efectivamente, cada segundo en mis demoras, cada paso en mis fallidas rutas, cada escala en mi planeación improvisada, me hubieran hecho llegar justo ahí, en el momento preciso, exactamente a lo menos planeado, vaya, ni imaginado.
Entonces, sin mayor intro, sin siquiera un acercamiento para un saludo en forma, él solo detuvo a su acompañante para incluirla como una especie de testigo ante su frase: "¡justo esta mañana hablábamos de ti en clase! ¡justo hoy platicábamos sobre ti!" Procedo a disimular mi asombro con un simple, pero amigable y contundente "¡ay, ajá!", para escuchar como respuesta un "Sí, sí sí, con la teacher Katya"...
Así, lo único que escucho es una abrupta solicitud para resolver un favor, o al menos para orientarse al respecto. ¡¿Qué?! Más de año y medio sin tener idea el uno del otro, ¿y para lo único que soy necesaria es para resolver una consulta técnica? Va, entendido. Cambio mi tono de inmediato, mi sorpresa se volvió -nuevamente- decepción. Sí, cuenten con ello, me dará mucho gusto ayudarles, sin problema podemos hacerlo (y lo digo sinceramente, esa extraña fascinación por ayudarle al prójimo es como mi superpoder y me hace patológicamente feliz).
Así, resuelto el tema, una tensa mini despedida, que no lo fue totalmente porque entre frases cliché de bueno, nos vemos, él le dijo firmemente a su compañera: "no, yo me quedo aquí, al ratito te envío la info, ¿va?"... Y entonces, frente a frente, en medio de una banqueta y entre toda la gente, su sonrisa y un: "ahora sí... ¡hola!" con su respectivo beso en la mejilla. Para ese instante, estoy segurísima de que doña estúp*da estaba sonriendo con una cara de ídem. Una breve intro sobre lo molesto del sol (como en aquellas tardes solíamos platicar), y un par de preguntas del tipo cómo estás, reconociendo entre risas que esas frases cliché no suelen decir mucho, pero al menos sirvieron para comenzar una recopilación express en la que al menos yo sí mencioné que estoy bien. Porque lo estoy.
Algunas risas, algunas referencias puntuales a chistes locales -que me asombra que recuerdes-, algunos datos, ponerse al día de una forma express y tan repentina no es sencillo y mucho menos con esa vibra de que ahora solo somos dos desconocidos que se conocieron bien y que ahora solo tienen recuerdos en común. Peor aún cuando salió el asunto del "debo irme, tengo que enviar un examen antes de las dos... pero realmente me gustaría quedarme... ¿te gustaría que, no sé, en uno de estos días saliéramos para platicar? Yo descanso entre semana... ¿Te sigue gustando el azúcar?... He cambiado cuatro veces de teléfono, ¿me puedes dar tu número de nuevo?..."
Así, algo que a simple vista se ve muy lindo, mis paranoicos y desilusionados sobrepensamientos cuestionan. ¿Porqué pretendiste guardar mi contacto en tu celular, pero te arrepentiste sutilmente y decidiste mejor hacerlo anotándolo en una libreta? (sí, lo sigo analizando), y como chiste del destino, lo escribiste utilizando la pluma verde que yo te regalé cuando nos conocimos, y tú mismo me lo hiciste notar. Wow, qué random es eso, tan significativo y a la vez tan irrelevante. Sigo también analizando cada frase, cada comentario de nuestro diálogo, y también queriendo borrar -como si se pudiera- esas últimas palabras tuyas relacionadas con la última vez que nos vimos y algo sobre "haber bebido como un idiota, y no haber podido tener una conversación bien". No, no no. No caigas tan bajo. No recurras a una excusa tan pero tan barata. Se dijo lo que se dijo y lo sabemos los dos. Ahora sugieres que estaría muy bien platicar para dar ¿muchas "respuestas"? No, totalmente irrelevante, si dudas no tengo. Hubiese preferido explicaciones, quizás, y ya ni al caso, porque pienso que los actos gritaron lo que las palabras callaron, pero si no las recibí en su momento menos las quiero ahora que no las necesito porque ya no me interesan, dejaron de interesarme cuando entendí que para mí, mi paz valía mucho más que eso y que para ti ni siquiera eso merecía.
¿Sí cachas que es por tí que ahora detesto a Dostoievsky? ¿Que hay canciones que amo pero simplemente no puedo volver a escuchar? ¿Que cada noche al salir de mi trabajo tengo que voltear la mirada hacia el lado izquerdo de esa avenida, porque pasar a diario por ese esa heladería y ese cafecito que están a la derecha simplemente me rebasa? Claro que no lo sabes, no tendrías porqué saberlo, y de hecho tampoco es un reproche porque sé muy bien que ha sido mi mente la que inevitablemente rueda en el mismo sitio como un ratoncito enjaulado que, aun teniendo la puerta abierta para escapar, se encariñó demasiado con el lugar que le causa una penita en su roedor corazón. Toda esa parafernalia sobre anotar un número que -bien sabemos- no vas a marcar (y que para empezar si hubieras querido tener lo habrías pedido a una de las múltiples formas que tenías para obtenerlo), toda esa bonita historia de "vernos y platicar", todo eso... Just don't. No lo hagas porque si te sentiste comprometido a decirlo -sobre todo luego de iniciar nuestro encuentro meramente pidiendo informes sobre un trámite que quieres hacer-, es completamente innecesario, con todo gusto te puedo apoyar a ti y a tus compañeras. Si fuiste sincero, venga, sorpréndeme, porque yo sí concido honestamente con eso de que "a veces es necesario tener con quién platicar tan a gusto"; pero en caso contrario, solo te pido que no pienses que soy tan tonta como para creer que te interesa dar "respuestas" y "platicar" tantísimo tiempo depués.
"Ahora usas tennis", me dices. "Ahora vistes de amarillo y no de rosa", como notando diferencias entre entonces a hoy.
Pero también me dices "ven acá" y me acercas a ti para darme un abrazo, como entonces, para despedirte con un chiste local donde me dejas saber que mi perfume aún permanece en tu memoria.
So, what. Un beso en la mejilla y cada quién seguimos nuestro camino, tan real como figuradamente se escuche, y lo único que entiendo es que los cálculos del engranaje del tiempo no están en mis manos pues parece que aunque hagamos planes al final solo somos juguetes del "destino" (o más bien de nuestro subconsciente), pero no sé porqué (o para qué) fue necesario que cada segundo y cada minuto de lo sucedido o no durante mi mañana no fueran errores, mala planeación o casualidades, sino causalidades que inevitablemente me llevaran hasta ahí para coincidir... y nuevamente, seguir como si nada.
Ps. ¿Quién le atribuye significados al comportamiento? ¿O es tan solo que, como dijo Aristóteles, la memoria es la bitácora del alma?
No lo sé, pero me da gusto verte tan (hipocondriacamente) bien.
*Now playing: "Ojos noche" - Elsa y Elmar
Getting them out of your heart is another story.”
Eternal Sunshine of the Spotless Mind
Ahí estaba yo, doña estúp*da, cometiendo el mismo error más de dos veces en una misma mañana. ¿Por qué carambas te metes por esta calle si sabes que toda la zona centro está cerrada? Es tardísimo, hasta crees que encontrarás estacionamiento....
Bueno, no sé qué magia es esta, pero un único cajón en calle Mina se desocupa estratégicamente, como esperando por mí. Alabado sea aquel que se apiadó de mi mala suerte; pero ahora, dime, ¿por qué esa maldita mala manía de nunca revisar el celular? Si así lo hubiera hecho, sabría -antes de llegar justamente a la puerta del lugar a donde acudía- que no habría nadie porque me cancelaron hace una hora. Anda, corre, súbete al coche porque cada segundo que pierdes te demora todo el día... Y de nuevo, ¿por qué entras por este camellón si conscientemente sabes que podías tomar la otra avenida?
No, no se supone que debería estar ahí, ni en ese momento en ese lugar.
Ah, pero eso sí, la señorita muy cantorina al volante, como siempre, con esa playlist del viejo Blackberry de sieempre, escuchando las canciones que me llevan a momentos que jamás sucedieron con frases que me hacen recordar a las mismas lejanas personas de sieeempre. Focus, nena, en vez de estar pensando las mismas tonterías de sieeeempre, deberías enfocarte más en tu camino, porque mira, maldita sea, este semáforo que bien podías haber evitado tardará aún más por este gigantesco trailer que precisamente ahorita está intentando dar vuelta en U en un crucero... Es como un juego macabro en el que cada milimétrico movimiento altera los minutos de mi día por más que pretenda organizarlos de forma práctica. Hoy nada más no está saliendo el engranaje de la forma calculada.
OK, aprovechemos el rumbo porque no hay tiempo que perder, igual debías sacar una copia, y ya por ahí, pasar al banco. Y a ver qué tal, eh, porque mira que ni habrá lugar para estacionarse de nuevo... aunque bueno, místicamente lo hubo, otra vez. Agradecida con el de arriba, porque mira si tienes prisa, con tanto por hacer y tan poco tiempo no sería lo ideal detenerte a saludar a nadie, a menos, claro, que se te acerque el buen Arturo, ese alumno de la uni que acaba de egresar y quien con su tremenda sonrisa exclama un afectuoso: "¡hola, mi querida miss! ¡Qué gusto verla!". No puedo no detenerme a saludarlo, aunque eso implique tomarme un par de minutos más...
Llego a la copiadora. A lo lejos distingo que no había gente así que asumo que sacar la única fotocopia que requiero será algo rapidísimo, si no fuera porque me detuve un momento a ver un perrito que distrajo mi atención, y en el momento de voltear, dos pesonas se adelantan en la fila. Cómo es posible, ¡si solo fue una pausa de un par de segundos! Me recuerda a aquella escena del coche en The Truman Show, cuando Truman busca tomar una ruta y los extras proceden casi coreográficamente a saturar precisamente esa que Truman elige. Bien, perfecto. Asumo con serenidad que de nuevo los minutos se retrasan en mi lista de pendientes, y me pregunto en qué momento fue que ya pasa del mediodía...
Suspiro después de ver el reloj en la pantalla de mi celular, donde también veo una notificación de mi amiga Katya. What? Es raro porque es sábado y ella apenas si se reporta entre semana, en fin, no sé qué querrá decirme pero al ratito sin falta lo veré. Corre, sigue tu camino con la mayor velocidad que el tobillo aún torcido por el tropezón en días pasados te permita. Mientras, mi mente hace un repaso de todo lo que está planeado en el itinerario, pagar la renta, ir al súper, cuidado con la hojita de tu fotocopia, gran idea la tuya estarla paseando, ¿por qué no pasaste a la copiadora hasta el final del recorrido? Lo peor es que así lo pensaste, pero no lo hiciste, ¿por qué, por qué, por qué? Malísima tu planeación toda esta mañana, si sumamos todos los retrasos y desvíos, técnicamente ya ni tendrías que estar caminando ahorita por aquí.
En fin, mi remolino de pensamientos me acompañan al cruzar en automático la calle para adentrarme al mar de gente que se forma en dos filas sin fin sobre la banqueta a la entrada del banco. Tantas personas que vienen y van, tanta gente a mi alrededor, tantos rostros... hasta que precisamente uno de ellos topa de frente con el mío. No podría explicar, yo iba totalmente absorta en mis pensamientos, viendo hacia el frente desde mi minúscula estatura, pero sentí su cabeza girar mientras entre toda la multitud yo pasaba para -literalmente- chocar de lado con él, y me resultó inevitable voltear y mirarlo también. Esa cara me es familiar, muy familiar... Wow, qué lindísimos ojos, pero ¡¿por qué me ve tan fijamente, y por qué no lo reconozco?! Haciendo un disimulado repaso mental en una fracción de segundo, escucho un "hola", al cuál yo respondo igual, con un "¡hola!" algo más sonriente para dar espacio a mi mente para conectar que él es... espera, ese uniforme me dice que viene de... ¡¿QUÉ?! ¡Pero qué clase de micro-amnesia viví por unos segundos! ¿Cómo pude, cómo podría no saber quién era? Sus ojos y su voz haciendo click total para embarrarme de un golpe en la cara todo lo que la memoria de mi nostalgia recuerda aún hasta el día de hoy, pero que claramente no estaba preparada para inesperadamente volver a ver de frente, y mis manitas temblorosas lo confirmaron. Era él.
Claro que no venía solo, claro que venía en compañía de una chica.
Y no, claro que no, no se supone que yo debería estar ahí, ni en ese momento ni en ese lugar.
Como si efectivamente, cada segundo en mis demoras, cada paso en mis fallidas rutas, cada escala en mi planeación improvisada, me hubieran hecho llegar justo ahí, en el momento preciso, exactamente a lo menos planeado, vaya, ni imaginado.
Entonces, sin mayor intro, sin siquiera un acercamiento para un saludo en forma, él solo detuvo a su acompañante para incluirla como una especie de testigo ante su frase: "¡justo esta mañana hablábamos de ti en clase! ¡justo hoy platicábamos sobre ti!" Procedo a disimular mi asombro con un simple, pero amigable y contundente "¡ay, ajá!", para escuchar como respuesta un "Sí, sí sí, con la teacher Katya"...
Así, lo único que escucho es una abrupta solicitud para resolver un favor, o al menos para orientarse al respecto. ¡¿Qué?! Más de año y medio sin tener idea el uno del otro, ¿y para lo único que soy necesaria es para resolver una consulta técnica? Va, entendido. Cambio mi tono de inmediato, mi sorpresa se volvió -nuevamente- decepción. Sí, cuenten con ello, me dará mucho gusto ayudarles, sin problema podemos hacerlo (y lo digo sinceramente, esa extraña fascinación por ayudarle al prójimo es como mi superpoder y me hace patológicamente feliz).
Así, resuelto el tema, una tensa mini despedida, que no lo fue totalmente porque entre frases cliché de bueno, nos vemos, él le dijo firmemente a su compañera: "no, yo me quedo aquí, al ratito te envío la info, ¿va?"... Y entonces, frente a frente, en medio de una banqueta y entre toda la gente, su sonrisa y un: "ahora sí... ¡hola!" con su respectivo beso en la mejilla. Para ese instante, estoy segurísima de que doña estúp*da estaba sonriendo con una cara de ídem. Una breve intro sobre lo molesto del sol (como en aquellas tardes solíamos platicar), y un par de preguntas del tipo cómo estás, reconociendo entre risas que esas frases cliché no suelen decir mucho, pero al menos sirvieron para comenzar una recopilación express en la que al menos yo sí mencioné que estoy bien. Porque lo estoy.
Algunas risas, algunas referencias puntuales a chistes locales -que me asombra que recuerdes-, algunos datos, ponerse al día de una forma express y tan repentina no es sencillo y mucho menos con esa vibra de que ahora solo somos dos desconocidos que se conocieron bien y que ahora solo tienen recuerdos en común. Peor aún cuando salió el asunto del "debo irme, tengo que enviar un examen antes de las dos... pero realmente me gustaría quedarme... ¿te gustaría que, no sé, en uno de estos días saliéramos para platicar? Yo descanso entre semana... ¿Te sigue gustando el azúcar?... He cambiado cuatro veces de teléfono, ¿me puedes dar tu número de nuevo?..."
Así, algo que a simple vista se ve muy lindo, mis paranoicos y desilusionados sobrepensamientos cuestionan. ¿Porqué pretendiste guardar mi contacto en tu celular, pero te arrepentiste sutilmente y decidiste mejor hacerlo anotándolo en una libreta? (sí, lo sigo analizando), y como chiste del destino, lo escribiste utilizando la pluma verde que yo te regalé cuando nos conocimos, y tú mismo me lo hiciste notar. Wow, qué random es eso, tan significativo y a la vez tan irrelevante. Sigo también analizando cada frase, cada comentario de nuestro diálogo, y también queriendo borrar -como si se pudiera- esas últimas palabras tuyas relacionadas con la última vez que nos vimos y algo sobre "haber bebido como un idiota, y no haber podido tener una conversación bien". No, no no. No caigas tan bajo. No recurras a una excusa tan pero tan barata. Se dijo lo que se dijo y lo sabemos los dos. Ahora sugieres que estaría muy bien platicar para dar ¿muchas "respuestas"? No, totalmente irrelevante, si dudas no tengo. Hubiese preferido explicaciones, quizás, y ya ni al caso, porque pienso que los actos gritaron lo que las palabras callaron, pero si no las recibí en su momento menos las quiero ahora que no las necesito porque ya no me interesan, dejaron de interesarme cuando entendí que para mí, mi paz valía mucho más que eso y que para ti ni siquiera eso merecía.
¿Sí cachas que es por tí que ahora detesto a Dostoievsky? ¿Que hay canciones que amo pero simplemente no puedo volver a escuchar? ¿Que cada noche al salir de mi trabajo tengo que voltear la mirada hacia el lado izquerdo de esa avenida, porque pasar a diario por ese esa heladería y ese cafecito que están a la derecha simplemente me rebasa? Claro que no lo sabes, no tendrías porqué saberlo, y de hecho tampoco es un reproche porque sé muy bien que ha sido mi mente la que inevitablemente rueda en el mismo sitio como un ratoncito enjaulado que, aun teniendo la puerta abierta para escapar, se encariñó demasiado con el lugar que le causa una penita en su roedor corazón. Toda esa parafernalia sobre anotar un número que -bien sabemos- no vas a marcar (y que para empezar si hubieras querido tener lo habrías pedido a una de las múltiples formas que tenías para obtenerlo), toda esa bonita historia de "vernos y platicar", todo eso... Just don't. No lo hagas porque si te sentiste comprometido a decirlo -sobre todo luego de iniciar nuestro encuentro meramente pidiendo informes sobre un trámite que quieres hacer-, es completamente innecesario, con todo gusto te puedo apoyar a ti y a tus compañeras. Si fuiste sincero, venga, sorpréndeme, porque yo sí concido honestamente con eso de que "a veces es necesario tener con quién platicar tan a gusto"; pero en caso contrario, solo te pido que no pienses que soy tan tonta como para creer que te interesa dar "respuestas" y "platicar" tantísimo tiempo depués.
"Ahora usas tennis", me dices. "Ahora vistes de amarillo y no de rosa", como notando diferencias entre entonces a hoy.
Pero también me dices "ven acá" y me acercas a ti para darme un abrazo, como entonces, para despedirte con un chiste local donde me dejas saber que mi perfume aún permanece en tu memoria.
So, what. Un beso en la mejilla y cada quién seguimos nuestro camino, tan real como figuradamente se escuche, y lo único que entiendo es que los cálculos del engranaje del tiempo no están en mis manos pues parece que aunque hagamos planes al final solo somos juguetes del "destino" (o más bien de nuestro subconsciente), pero no sé porqué (o para qué) fue necesario que cada segundo y cada minuto de lo sucedido o no durante mi mañana no fueran errores, mala planeación o casualidades, sino causalidades que inevitablemente me llevaran hasta ahí para coincidir... y nuevamente, seguir como si nada.
Ps. ¿Quién le atribuye significados al comportamiento? ¿O es tan solo que, como dijo Aristóteles, la memoria es la bitácora del alma?
No lo sé, pero me da gusto verte tan (hipocondriacamente) bien.
*Now playing: "Ojos noche" - Elsa y Elmar
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



