Este es un texto más, ni el mejor ni muy diferente, entre varios que aparecen hoy entre mis conocidos. Tal vez no será muy meloso, ni cursi, ni lleno de halagos que suelen abundar hasta que alguien parte, siendo ya algo tarde a mi parecer. Lo que sí sé es que estas, como todas mis palabras, están llenas de honestidad, de historia, y más que elogios, de profundo reconocimiento.
Lo conocí muy chica, hasta sin saberlo. Eran días en los que mi yo prepratoriana tenía fascinación por hacer sus tareitas muy bien hechecitas, herencia de la miss Consuelo, maestra de Español que me inspiró en secundaria. Esa inspiración no solo no se fue, sino que en las ya mencionadas tareas iniciales de la prepa se sumaron a un espíritu investigador, por lo que surgió un monstruo ñoñil que buscaba lecturas por doquier. Entonces fue que una tía, quien ni siquiera vivía en mi ciudad, me recomendó un par de libros, y así continué con un hobbie -secreto- que he tenido desde siempre: escribir.
Entre aquellos libros, mi tía me obsequió algunas viejas ediciones tituladas "El guión" y "Principios básicos de Comunicación", carrera que, de nuevo, en ese entonces yo ignoraba que sería mi futura profesión. Así, ambos entraron a mi biblioteca personal.
Algunos años después, y solo porque así son los caminos de la vida (como cita la canción), ingresé a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. No, ni de broma para seguir el entonces trend de "salir en la tv". Todo lo contrario, en todo caso a mí me interesaba más todo el behind de scenes, y claro, el mundo de las letras. Escribir, escribir, escribir. Fue entonces que, desde el semestre 1 hasta el último día de clases de universidad, mi grupo y yo fuimos recibidos siempre por un muy solemne profesor.
Mi clase y yo teníamos una fuerte responsabilidad sobre los hombros, al ser nosotros la primera generación de comunicólogos de la Universidad La Salle Cancún. Esa responsabilidad (ahora como maestra lo entiendo) naturalmente estaba implícita e intrínsecamente relacionada con nuestros docentes. Varios pasaron por nuestras aulas. Varios no solo pasaron por ellas, sino también se quedaron en nuestros recuerdos e incluso, aún ahora tenemos la dicha de llamarles amigos.
En lo personal, yo siempre he visto con absoluto respeto a quien se pare frente a una audiencia a dar cátedra. Hay quienes imponen, hay quienes dan confianza, hay quienes generan admiración. Hay quienes cuentan historias interesantes. Él era uno de ellos. Me gustaba mucho que, al iniciar sus clases, siempre nos narraba alguna anécdota, alguna noticia, algo para despertar nuestro interés, o avivarlo, según cada caso. Tampoco mentiré diciendo que era mi profesor favorito o que yo estuviera en su top, pero sin duda en cada una de sus materias (y repito, él tuvo el valor de soportarnos durante 8 semestres) APRENDÍ. Las disfruté. De hecho, me parece que era en donde no se me hacía complicado tener buenas notas, y no porque fueran sencillas, sino que era bastante agradable para mí esmerarme en cumplir con buenos escritos para él.
La joya de esta corona fue el re-conocerlo. Porque no salía de mi asombro en aquella clase de guionismo cuando él nos pidió que como parte de nuestra bibliografía tomáramos como base una de sus obras. Sí, esa vieja edición obsequiada por alguna tía de alguna otra cuidad, ese pequeño libro que yo ya tenía en mi colección, era de su autoría. En mi cabeza, descubrir que oficialmente estaba frente a un autor publicado y reconocido desde años atrás, para mí fue elevarlo -aún más- a categoría de rockstar de idioma. Wow, no porque no tuviera desde siempre mi reconocimiento, sino que ahí más que nunca me dí cuenta de que cada nota, cada observación suya en mis apuntes, eran más bien autógrafos llenos de sabiduría. Más que alumna, me declare fan. Y repito, sin idealizarlo o que fuera de mis favs, pero sí otorgando mi máximo respeto y honor a quien tarde a tarde nos instruía en una materia que, al menos a mi grupito de amigos (que eran más prácticos que teóricos) no les fascinaba.
"¡Rana! -me decían-, rífate con el guión junto con el Alan, y ya nosotros editamos". Me lo decían como asignándome el castigo de hacer la parte escrita del trabajo en equipo, cuando esa tarea para mí era un placer. Y es que con él a cargo de la materia, incluso los temas que tocaban fibras delicadas en mí (como hablar de perros callejeros o sobre la fiesta brava) eran siempre oportunidades de desarrollar talentos.
"Me gusta mucho tu forma de escribir", me dijo un día, "tu forma de redactar es como leer tus pensamientos, cual si te escuchara platicarlos, y haces la narración amena, me agrada leerte". Quedé speechless. Acto seguido, sacó de su portafolios otro de los libros de su autoría, uno muy pequeñito y curioso que nada tenía que ver con las teorías de McLuhan o Weber, se titulaba "De gamborimbos y carreteras", y me lo obsequió. Nunca me sentí más honrada al recibir un presente, ese momento trascendió para siempre entre mis recuerdos universitarios por el poderoso significado que representó para mí.
Fueron tantos momentos que nos hicieron unidos a él, como cuando nos compartió la próxima publicación de su "Diccionario de comunicación", el cual orgullosamente se jactaba de decir que era inspirado por y para sus alumnos. Personalmente, tuvimos también algún desencuentro, como aquella vez a mitad de la carrera en la que yo había exentado con calificación perfecta su materia, y por llegar 3 minutos tarde a firmar el examen me retiró dicho privilegio. "Reglas son reglas", señaló molesto aún después de explicarle mi incidente. "Reglas son reglas", repitió. Mi inconformidad en ese momento no me dejó ver que él seguía dándome lecciones, no solo académicas sino profesionales, que por supuesto hoy no nada más agradezco sino que las replico con mis alumnos. De igual manera, un 9 final bajó mi promedio mas no borró todo lo que yo había aprendido con él durante el curso.
Dos años más tarde y varios chistes después (aún me rio con la pregunta que nos hizo sobre las mujeres y el delineador de ojos), a semanas de egresar, mis escritos sobre un revulsivo Chiapas, los hoyos funkies de los 80's, la entonces incipiente economía china elevándose cono dragón o el movimiento del '68 se iban profesionalizando, siempre bajo su guía; hasta esa tarde entre sus asesorías, cuando yo estaba llena de conflictos mentales acerca del tema a desarrollar para presentar mi proyecto final, con unas preguntas mayores pero contundentes me aclaró el panorama. Unas palabras que día a día resuenan en mi cabeza aún hasta hoy. Simplemente me dijo: "¿Quieres escribir? ¡Pues escribe! Solo pregúntate porqué lo haces, ¿porqué estás estudiando esto?, ¿qué quieres transmitir?". Todo fluyó a partir de esas premisas, y eso siempre se lo deberé a él. Nunca sabré si mi trabajo fue lo suficientemente bueno o no, pero tampoco olvidaré jamás que, cuando nos llamó uno a uno a si escritorio para darnos la calificación, me vio a los ojos, con esa severidad suya siempre envuelta en ternura paternal, y me dijo en tono nostálgico: "Yo en una de mis materias te quedé a deber un punto, ¿verdad? -haciendo alusión a aquella remota anécdota del examen exento, la cual yo francamente ya ni tenía presente y tardé un instante en conectar-... Pues bueno, aquí me falta donde ponerlo, porque claro que tienes tu 10. Ve por ese promedio que buscas para titularte...".
No, "profe", no. Nunca me debió nada, todo lo contrario, y el 10 yo ya lo tenía, todos los tuvimos, tan solo con tenerlo como maestro. Hoy con profundo asombro me entero de su partida. Inevitablemente conmueve, nos conmueve a todos quienes recordamos su encorvada silueta siempre enfundada en jeans que le daban ese aire relajado y cercano y siempre acompañada por un café en mano -sin importar la hora que fuese, mismo que le ganó el conocido mote cariñoso que nuestros compañeros de la segunda generación le pusieron-, su elocuencia y su cálida voz siempre sorprendiéndonos con vocabulario de alta gama (creo que ninguno de quienes fuimos sus alumnos superaremos el término de "párvulo" emanado de su léxico), su profesionalismo. Su cordialidad, sus merecidos regaños y sus oportunas risas. Su figura recargada en alguna barda del segundo piso mientras admiraba el atardecer en silencio hasta que alguno de nosotros llegábamos a hacerle plática. Su caligrafía inconfundible. Su legado en textos (como este), esperando con toda humildad rendirle honor a sus enseñanzas -y discúlpandome por el uso de anglicismos que tanto a él como a la Mtra. Alicia Uzcanga les parecían "innecesarios por ser siempre reemplazables"-.
Tal vez me haya explayado de más con mi escrito, sin embargo lo ofrezco a mis colegas comunicólogos lasallistas, para tener presente a quienes nos formaron; lo ofrezco a cada uno de nuestros maestros, para que sepan que no los olvidamos; lo ofrezco a su familia y amigos, si me leen, como un anecdotario más en memoria de un excelente docente que marcó muchas vidas, empezando por la mía al darme, con su ejemplo y sabiduría, la certeza de que las letras, claramente, más que mi hobbie son mi pasión. Aún no sé cómo puede agradecerse eso.
Así, este no será un adiós, o al menos lo ha de ser tan solo momentáneo, pues creo fielmente en ese místico entramado universal infinito que nos conecta a todos en una energía que trasciende, así como creo que algo del maestro Carlos Gonzalez Alonso permanecerá vivo en tantas y tantas generaciones que aprendimos de él.
No le he escrito a él, pero sí lo he hecho dedicado hacia él.
Ojalá lo hayamos reconocido lo suficiente en vida, ojalá lo sigamos reconociendo siempre.

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