Las pequeñas luces han regresado a nuestro parque. No lo pude evitar. Iba caminando hacia mi casa, en realidad ya no frecuento esas calles, pero inevitablemente me encontraba en ellas. Así de pronto, lo ví, y no pude detenerme, era como si mis piernas supieran el trayecto pero desobedecieran a mi mirar. Entonces pude ver como estos dos años han seguido ahí sin moverse ni un ápice. Sí, claro que hay diferencias: en nuestras noches no habían más testigos que tus historias y las curiosas hojas que se mecían con el frío viento de otoño. Hoy no era así: una pareja de jóvenes patinaban sobre los andadores renovados después del paso del huracán, y un perro color castaño con un collar rojo me ladraba eufóricamente conforme me iba acercando a nuestra banca.
Al pararme frente a ella, miré fijamente al perro, quien yo creo que compendió que no sólo no le haría daño, sino que yo simplemente quería estar ahí, sólo estar. Dejó de ladrar y me senté. Y fue como si nada, absolutamente nada hubiera cambiado. Excepto que ahora pude utilizar perfectamente ambas piernas sin necesidad de llevar fierros incrustados en la espalda o un bastón en la mano izquierda. Me senté en el mismo lugar y cerré mis ojos. Escuchaba tu voz, te estaba poniendo toda la atención del mundo. Sobre todo en esos momentos en los que coincidíamos en gustos, en opiniones, en los que me cuestionabas cosas simples y te gustaban mis respuestas. Abrí mis ojos y busqué en el fondo de mi bolsa un cigarro. Sólo me quedaban tres. Pero no traía encendedor. Así que aunque durante un buen rato sostuve entre mis dedos aquel cigarro jamás pude fumarlo. Mientras, te veía ahí, hablando de no sé qué con tu maltrecha cajetilla de Malboro rojos en la mano y tu mirada analizando cada movimiento entre silencios y sonrisas. (Porque sí, lo he pensado y sí te llegué a ver sonreir).
Me estaba empezando a dar un poco de frío, y ví pasar a una señora que paseaba a su diminuto perro. La señora me vio y ambas sonreimos. Una leve brisa movíó las breves mechas de cabello que tenía en la frente. Entonces te grité, te grité con todas las fuerzas que salieron de mi corazón. No, más bien de mi estómago, mi corazón estaba muy ocupado sacudiendo los restos de nostalgia. Y te grité muy fuerte: “No te entiendo! Dices que me extrañas, pero qué es exactamente lo que extrañas de mí?”
Sólo conseguí la atención de dos policías que vigilaban la obscuridad del callejón.
No escuché ninguna respuesta, Y los argumentos que mi mente exponía eran muy ambiguos para ser mínimamente creíbles; no te creo, porque cuando me querías no me tenías, y cuando me tuviste ya no me querías…
Entonces solté mi mayor carcajada mientras dejaba que fluyeran un par de tímidas lágrimas. Sí, otra vez. Me acomodé en la banca, cruce mis brazos, doblé mis piernas. Caí dormida.
Me quedé ahí, me quedé por horas. Permanecí tanto tiempo sentada que me dí cuenta hasta que me dolió. Me perdí en las lucecitas de los árboles, en la blancura de la banca, en la fila de hormigas que seguían estando ahí.
La primera vez fue un veintiocho de noviembre, lo recuerdo bien. Y es más, hasta recuerdo que era domingo porque no me interesó en absoluto el perderme mis series de televisión.
La única diferencia en esta ocasión, es que anoche tú no estabas ahí.
Ví el reloj y me fui a mi casa. Sin voltear hacia atrás.
1 comentario:
Mmm, no. Ya lo pensé bien.
No es nuestro parque, es sólo mío.
Así está bien.
Publicar un comentario