domingo, 30 de julio de 2006

Clausura oficial

He vencido una adicción más.
Abandonar mi gusto por ir al supermercado no es nada comparado con lo lejos que llegué esta vez. Pero estoy en esa fase en la que aprendes a vivir sin tu vicio aunque te da un poco de temor, y es que estoy horrorizada ante la idea de no querer volver a besar nunca más.
Los besos no saben a nada ahora. Es más, mi sistema no los reconoce. No puedo identificar qué se siente besar.
Es extraño, hace muy poco me enteré que “no hay hombre a quien le guste que lo estén besando”. Sin excesos ni exageraciones, yo creía que hasta les era agradable. Varias veces, incluso, leí que mis besos eran extrañados. Pero equis.
El caso es que ahora estoy harta de escuchar la misma historia porque como el titiritero, sé cómo se mueven los hilos tras el escenario. No hubo nunca hombre a quien le interesaran mis absurdas, ridículas e intensas ganas de besar; esas ganas ya no están, así que no me salgan con eso ahora.
Ahora no me interesa ser la mujer de madrugada para un hombre comprometido, ni la perversa voz que anime las apasionadas noches de un amor imposible, ni el intento de una segunda oportunidad para un pasado que ya viví, ni tampoco la noviecita de cine, café y antro para un treintañero muy gentil y muy poco interesante.
Lo único que me interesa ser, es ser lo que no pudo verse que soy. Y no me sirve, porque, repito, ahora soy mucho más, pero ya no estoy.

Así que no me regalen besos, no los quiero más. No me los pidan, porque no hay y no habrán. No me los roben, no les van a gustar. Serán sólo intentos vacíos e inventados. Serán mentira. No serán nada.

Y si soy un huracán, qué?
Los huracanes no besan. No pueden hacerlo.
Ya no.
Los huracanes destruyen. Y yo he destrozado todo lo que he tocado.
Así que aléjense de mis mortales labios.
Yo era vida, hasta que morí, y no me interesa robar el aliento de nadie más.

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