sábado, 25 de junio de 2005

La simbiosis inesperada

The panic, the vomit,
God loves his children...”

T. Yorke


Ahí estaba ella, a las 11:42 de la noche de un viernes más, sentada en una mecedora de la sala de su casa. Una lámpara a sus espaldas era lo único que iluminaba el lugar, y la tenue luz era lo único que cubría su cuerpo desnudo. Desnudo de alegrías, de placeres. Desnudo para sentir, lo que fuera, lo que pudiera.

Su mirada se centraba en la nada, su cabeza inclinada levemente hacia la izquierda, con la espalda recargada por completo en el respaldo de la fría mecedora, la pierna derecha apoyada sobre la misma y la pierna izquierda sobre la pequeña mesa de madera que estaba a un costado. Frente a ella, un viejo televisor descompuesto hacía sonar a Radiohead en vivo para Film and Arts.

Ahí estaba ella, divagando bajo un ventilador que hacía mover un par de sus cabellos hasta cubrir su frente. Ahí, siempre bailando con la muerte, a veces amándola, otras tantas odiándola, pero nunca con temor. Desafiándola, seduciéndola. Así, perdida, recordaba cómo de pequeña se pasaba horas recostada en el jardín de la casa de sus padres, viendo las nubes pasar, viendo a la Luna salir; misma Luna que entraba por su ventana noche tras noche, observándola mientras ella descubría la bondad y la maldad, eso a lo que algunos llaman naturaleza humana.

Sentía que el dolor le arrancaba las piernas. Pero al menos sentía algo. Sus demonios danzaban a su alrededor, conspirando el mágico momento, mientras un delgado hilo de humo emergido del cigarro sabor a mentol se escapaba de entre sus dedos. Consumiéndose de a poco, quizás de la misma manera que ella.

Abandonada, sí. Abandonada hasta por ella misma, pero acompañada por su soledad. “Qué es esto?”, se preguntó en silencio al tocar su rostro. Al observar sus dedos, confirmó que algunas lágrimas brotaron de sus ojos color miel, color nostalgia. Pareciera que con su llanto, la voz de Thom Yorke se hiciera más intensa.

Quiso levantarse, y lo hizo sólo para buscar entre sus pertenencias más preciadas aquel revólver. Con la furia de un animal herido, lo tomó entre sus manos y quiso entonces acabar con todos aquellos que le infligieron tal dolor. Sin planear el crimen, cubrió su desnudez con una bata de seda color guinda y salió en búsqueda de la consumación del asesinato perfecto. Uno, o seis, o diez, los que fueran necesarios.

Caminaba, todavía podía caminar, y bajo la lluvia se preguntaba quién carajos era ella para terminar con una vida sólo por cobrar justicia, se preguntaba si tenía el derecho de destruir algo que ella misma no era capaz de crear. Pero tenía muy clara una cosa: no era el momento de dudar, no ahora. Y decidida, dejó como siempre el temor atrás.

Súbitamente, se vio con el cuerpo salpicado de sangre, sangre que se diluía con las gotas de lluvia. Sangre con sabor a su pasado, a su presente y a su futuro. Sangre sutil que se comparaba al grito sordo ahogado durante tantos años. Sangre que brotó al apretar firmemente el gatillo... El olor a hierro acompañó a esa presión fulminante que sólo consiguió abrir viejas heridas, tan profundas como el negro manto de la noche que presenciaba su pesar.

Era una pena tanta frustración. Era cuestión de volver al origen. Y fue entonces cuando descubrió que simplemente era la vida quien se estaba cobrando el derecho de matarla.

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